?Apesta!

– ?No tanto como tu, zorra! -le grito el hombre de la cicatriz en la cara-. ?Tu si que apestas a pescado podrido!

Algunos integrantes del publico se echaron a reir. El hombre de la nariz rota corrio hacia la barra y agarro al de la cicatriz por el cuello. Pero su victima era demasiado rapida: antes de que el de la nariz rota pudiera estrangularlo, el de la cicatriz le propino un punetazo en el estomago. Despues de ese, vinieron mas golpes. Los amigos del de la nariz corrieron en su ayuda. El propietario retiro las botellas del mostrador justo a tiempo. Los jugadores de cartas cogieron al hombre de la cicatriz y lo lanzaron por encima de la barra contra el espejo. Sus acolitos respondieron cogiendo sillas y estampandolas en las espaldas de los tahures.

El pianista me sonrio y continuo tocando mi cancion. Me quede en la parte delantera del escenario por miedo a moverme. Algo puntiagudo me pincho en el estomago. Mire hacia abajo. El hombre que habia escupido el hueso de aceituna me estaba apretando una navaja contra las costillas. Tenia los ojos inyectados en sangre. Mire fijamente su boca cavernosa y sus labios de color rojo rubi. Estaba segura de que me iba a matar sin ninguna otra razon que por entretenerse un rato.

– Vete de aqui, puta -me dijo-. Graznas como un pajaro moribundo y no le gustas a nadie.

Proferi un chillido y trate de bajarme del escenario, pero mis pies no se movian del sitio. El hombre asesto una punalada imaginaria con la navaja y aquel gesto me impulso a moverme. Cogi el bolso y el abrigo, salte al suelo y corri entre la multitud, esquivando las botellas y sillas que volaban por los aires. Sali corriendo por la puerta y continue por el bulevar, casi derribando a la gente, aterrorizada por escapar de alli. Solo me pare a recuperar el aliento una vez que hube alcanzado las intensas luces de la estacion de metro.

De vuelta en mi glacial apartamento en Montparnasse, me tire sobre la cama, me cubri la cabeza con la almohada y me eche a llorar.

A la manana siguiente, los acontecimientos de la noche anterior comenzaron a parecer una especie de sueno trastornado. Me imaginaba ante mi una sucesion de rostros grotescos con cicatrices, narices rotas, dentaduras melladas y gruesas papadas, y todavia sentia la afilada navaja presionando contra mi piel. ?Realmente habia ocurrido algo de todo aquello? Me resultaba dificil creer que un agente serio pudiera enviar a nadie a un local asi, de tan dudosa reputacion, por eso fui caminando hasta la Rue Saint Dominique con la intencion de hacerselo saber a monsieur Etienne.

Para mi sorpresa, fue el propio monsieur Etienne, y no mademoiselle Franck, el que contesto a mi impaciente llamada al timbre.

– Bueno, ?que es lo que ocurre? -me pregunto, haciendome pasar a la recepcion-. Algo ha sucedido. Lo se por la expresion de su rostro. Y ademas, no acudio usted a la audicion de ayer por la noche.

– ?Claro que fui!

Monsieur Etienne arqueo las cejas y me hizo un gesto para que tomara asiento.

– ?Que sucede, mademoiselle Fleurier? -me pregunto, cruzandose de brazos-. No se presento usted a la audicion en el Cafe des Singes ayer por la noche, y yo ya le habia hablado de usted a la encargada. Me llamo esta manana para preguntarme por que no habia aparecido usted.

– ?Pero si estuve alli! -insisti.

Le describi mi audicion, incluyendo las banquetas y que solo nos iban a pagar mediante las propinas. Monsieur Etienne palidecio cuando le conte que me habian amenazado con una navaja en las costillas.

– Nunca habia oido una cosa semejante -exclamo, mirandome como si estuviera tratando de averiguar si estaba loca-. Nunca enviaria a una dienta mia a un sitio como ese.

Lo interrumpio el sonido de la llave en la cerradura. Mademoiselle Franck entro tranquilamente en la habitacion con una pila de correspondencia bajo el brazo. Estaba aun mas chic que la primera vez que la habia visto: llevaba un vestido de georgette con zapatos de piel de cocodrilo.

– ?Que sucede? -pregunto, mirandonos alternativamente a monsieur Etienne y a mi.

Monsieur Etienne repitio lo que yo le habia contado sobre la audicion de la noche anterior y ella se quedo con la boca abierta.

– Pero, mademoiselle Fleurier -me dijo, haciendo un gesto con la mano, provocando que su fragancia de flor de azahar flotara por el aire-, el lugar que usted describe no se parece en nada al Cafe des Singes. Monsieur Etienne y yo conocemos a la encargada desde hace anos. Regenta un establecimiento con mucha clase. Por eso pensamos que, con su voz, tendria posibilidades alli.

– ?Encargada? -repeti-. El club nocturno en donde estuve ayer por la noche tenia un encargado y un pianista. A menos que, por supuesto, se este usted refiriendo a Deirdre.

– ?Deirdre? -Mademoiselle Franck fruncio el entrecejo y se volvio hacia monsieur Etienne-. El nombre de la encargada es madame Baquet.

Rebusque en mi bolso y saque el programa de audiciones.

– Miren, aqui es donde fui anoche a las diez en punto. El encargado era un hombre. Se llamaba Rene.

Mademoiselle Franck me cogio el papel de las manos.

– ?El numero doce? -murmuro, corriendo a su escritorio y consultando su tarjetero.

Encontro lo que estaba buscando y profirio un grito mientras sus mejillas se tenian de carmesi.

– Mais non! -exclamo, levantando en el aire una tarjeta-. El numero de la calle del Cafe des Singes es el veintiuno. Las cifras estaban al reves. ?Ha sido un error tipografico!

– El numero veintiuno esta al otro extremo del Boulevard de Clichy - aclaro monsieur Etienne, pasandose la mano por la frente-. Parece que el sitio al que usted fue era un cafe concierto.

Nos quedamos alli, los tres, mirandonos unos a otros. El rostro de mademoiselle Franck se ruborizo aun mas, incluso se le coloreo el dorso de las manos. Pense en el pianista fantasmal, en Deirdre llamandose a si misma «estrella», en la horrorosa clientela y en los ojos enloquecidos del psicopata que me amenazo con la navaja. Alli no era donde tendria que haber estado. Seguramente habia hecho la audicion de una cantante que no llego a presentarse. La coincidencia era tan horrible que resultaba graciosa: me eche a reir y no pude parar. Por un momento, mis preocupaciones por el dinero y el frio me parecieron absurdas. Trate de decir algo, pero monsieur Etienne tenia pintada una expresion tan perpleja en el rostro que me hizo doblarme de la risa.

– Ah -resoplo monsieur Etienne, estirandose la chaqueta y tratando de restablecer el decoro-, mademoiselle Fleurier ojala todo el mundo se tomara los errores con tanta afabilidad como usted. -Amago una sonrisa-. No tengo ni idea de que decir o de como disculparme. ?Quiza podriamos mi sobrina y yo compensarla invitandola a comer?

Monsieur Etienne y mademoiselle Franck vivian en un apartamento dos edificios mas abajo en la Rue Saint Dominique. La sirvienta nos recibio en la puerta.

– Tenemos una invitada para comer, Lucie -le anuncio monsieur Etienne-. Espero que esto no le suponga un problema…

La sirvienta nego con la cabeza y alargo la mano para recoger nuestros abrigos y bufandas. Era joven, quiza solo tenia diecinueve anos, pero sus codos estaban llenos de bultos y lucia un vientre rechoncho propio de una matrona.

Igual que la recepcion de su despacho, el apartamento de monsieur Etienne era elegante pero de tamano reducido. Nos lavamos las manos por turnos en un bano que era de las

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