– La mayoria de nuestros cantantes no saben -replico mademoiselle Franck, ajustandose la bufanda y poniendose los guantes-. En el apartamento debajo del nuestro vive un profesor de piano. No nos quejamos por el ruido que hacen sus estudiantes y a cambio el les hace descuento a nuestros clientes para sesiones de practica. Le reservare una cita con el si lo desea.
Mademoiselle Franck sugirio que nos tomaramos un chocolate caliente en el cafe contiguo a la tienda de musica. El establecimiento estaba abarrotado de gente y tuvimos que abrirnos paso entre piernas y codos para llegar hasta una mesa cerca del mostrador. Me fije en el modo en el que los hombres miraban a mademoiselle Franck: no era la manera lujuriosa en la que observaban a Camille, sino que le dirigian miradas de admiracion. Era muy bonita a la vista, su manera de andar era bonita, su voz era bonita… Estar con ella me daba ganas de ser bonita yo tambien.
Aquel cafe era un lugar modesto, con paredes blancas y suelos pulidos. Los unicos elementos decorativos eran las ornamentadas cupulas de cristal que cubrian los pasteles y dos lamparas de arana de bronce que colgaban del techo.
– Ambas tienen diferentes disenos grabados en el cristal -observo mademoiselle Franck, mirando con ojos entrecerrados los cristales esmerilados de las lamparas-. La que tenemos encima tiene un dibujo de olivos y la otra es de guirnaldas.
– Tiene usted razon -asenti, impresionada por su ojo para el detalle. Yo no habria notado la diferencia si ella no me lo hubiera indicado.
Pense en la cancion que habiamos comprado. «Es a el a quien amo, aunque esta lejos. Es a el a quien amo, pero deberia vivir al dia.»
– ?Ha estado usted enamorada alguna vez, mademoiselle Franck? -le pregunte.
Se ruborizo.
– Ahora lo estoy -me respondio, presionando las palmas de las manos contra sus mejillas para enfriarlas-. Se llama Joseph. Trabaja en una tienda de muebles de lujo. Antiguedades, maderas raras, ese tipo de cosas.
Pense en la conversacion telefonica que habia escuchado el primer dia que estuve en el despacho y le sonrei.
– O sea, que el tambien tiene cualidades artisticas, como usted, ?no?
Mademoiselle Franck bajo la mirada, amagando una sonrisa.
– A ambos nos gustan las cosas hermosas, aunque Joseph no tiene dinero. Dice que debemos esperar hasta que abra su propio negocio antes de que podamos casarnos. -Levanto la mirada, frunciendo el ceno con expresion preocupada-. Por eso debe prometerme que no se lo contara a mi tio, mademoiselle Fleurier -me dijo, cogiendome de la mano-. Joseph es un buen muchacho judio y no hay razones para que mi tio no lo apruebe. Pero a veces se comporta como un esnob y Joseph no es ningun intelectual. Tenemos que esperar hasta que llegue el momento oportuno, o si no mi tio pondra a mis padres en nuestra contra.
«Esto debe de ser amor verdadero -pense-: Cuando eres capaz de percibir los defectos de la otra persona, pero la quieres de todas maneras». Yo a mi vez tambien le aprete la mano.
– No lo mencionare mientras usted no lo haga -le prometi.
El camarero anoto nuestro pedido y unos minutos mas tarde volvio con nuestros chocolates calientes. Aspire el aroma almendrado que ascendia flotando desde la cremosa superficie y sorbi el liquido aterciopelado con tanto placer como un gato lamiendo un platillo de leche.
– Estoy segura de que lo hara usted muy bien en el Cafe des Singes -me aseguro mademoiselle Franck, removiendo su chocolate-. Mi tio suele tener buen criterio sobre las posibilidades de triunfo de sus clientes. Le juro que lo hace todo por intuicion mas que por logica, aunque el le dira lo contrario. El siempre dice que independientemente de lo brillante que alguien parezca ser en la superficie o de lo buena que sea su voz, en el fondo tienen que ser trabajadores y tomarse las cosas con seriedad. En todo caso, asi es como la describio a usted.
Sonrei. Nunca me habian descrito como «trabajadora y seria» cuando vivia en la finca. Quiza por fin habia encontrado mi vocacion.
– El publico del Cafe des Singes es sofisticado -continuo mademoiselle Franck-. Algunos franceses y muchos extranjeros. Pero no turistas. La mayoria son escritores estadounidenses, fotografos alemanes y pintores rusos. Esperaran mucho de usted, pero le daran su apoyo a cambio.
Le explique que solo habia conocido dos tipos de publico: los pertenecientes a la alborotadora clase trabajadora marsellesa y el publico que habia tenido la desgracia de padecer durante la audicion de la noche anterior.
– No estoy segura de ser lo bastante refinada como para el Cafe des Singes -le confese.
– ?Oh, pues claro que lo es! -replico mademoiselle Franck, dejando sobre la mesa el vaso-. Mucho mas de lo que usted piensa. Pero me gustaria hacerle una sugerencia, si no le importa.
– No me importa en absoluto -le asegure.
– Tiene usted unos ojos y unos pomulos preciosos, pero su belleza queda reducida por culpa de su peinado. Creo que deberia llevar el pelo corto. Seria mucho mas chic y a madame Baquet le encantaria.
No podia pasar por alto un consejo de belleza de alguien tan elegante como mademoiselle Franck.
– Si, deberia -le dije-, pero no tengo aqui a nadie que me lo corte. Mi madre solia arreglarme el pelo en casa.
Mademoiselle Franck nego con la cabeza.
– Tiene usted que acudir a una peluqueria profesional. No querra acabar pareciendo un muchacho. Puedo llevarla a mi salon de belleza, si lo desea. Podemos ir ahora mismo.
Cogimos el
– Ese es un Rolls-Royce, ese, un Voisin, y ese otro es un Bugatti. - Despues me cogio del brazo y senalo el escaparate de una joyeria-. ?Mire eso! -exclamo.
Casi se me salieron los ojos de las orbitas cuando vi el busto de terciopelo engalanado con diamantes: ?diamantes de verdad! Diminutos focos se reflejaban en un espejo detras del busto y aumentaban el efecto ilusorio de las joyas. Junto a la joyeria habia un modisto. Los maniquies del escaparate llevaban puestos vestidos de
– Ese de ahi es el hotel Ritz -me explico mademoiselle Franck, senalando un suntuoso edificio a la izquierda de la plaza.
La opulencia de todo lo que me rodeaba me produjo panico.
– Mademoiselle Franck, no creo que pueda permitirme un corte de pelo en su peluqueria.
– Por favor, llamame Odette -me respondio, entrelazando su brazo con el mio y tirando de mi-. Yo invito al corte de pelo. Queria que vieras Vendome porque aqui es donde compraras cuando seas rica y famosa. Cuando actues en el Casino de Paris, podras devolverme el favor.
El salon de belleza de madame Chardin estaba en la Rue Vivienne. Aunque no era la Place Vendome, solo con ver los adornos dorados y el mostrador de recepcion de marmol comprendi por que monsieur Etienne retenia un tercio del sueldo de Odette. Las dientas no estaban agrupadas, como los hombres en las barberias. Cada mujer se ubicaba en un cubiculo individual creado con pantallas de seda japonesa. Alcance a ver a una dienta con un perro pequines sobre el regazo y la cabeza llena de rulos. En el
