– Me corre la sangre empresarial por las venas -dijo, apartando su plato a un lado-. Y algo que un empresario no soporta ver es un buen potencial desperdiciado. Y cuando la miro a usted, eso es lo que veo: un estrellato de millones de francos que se esta desperdiciando. Un posible icono de la cultura francesa flotando a la orilla del rio como un pez moribundo.

Me asuste al pensar en ese pez que luchaba por respirar. Me eche a reir y el ambiente entre ambos se relajo.

– Escuche, usted sera mi proyecto de aprendizaje en el mundo empresarial y no espero nada mas que eso -me dijo Andre-. Este es el plan: la sacare de Paris y juntos trabajaremos para crear su nuevo estilo. Entonces, cuando consiga un enfoque extraordinario que pueda ofrecer, regresaremos.

Su tono firme me convencio y me decepciono al mismo tiempo. ?Realmente lo unico que yo deseaba era una relacion puramente profesional? Probablemente, deberia haberle hecho mas preguntas -despues de todo, era de mi vida de lo que estabamos hablando-, pero me intrigaba Andre Blanchard y me halagaba su interes por mi carrera.

Cuando menciono que mademoiselle Canier tambien nos acompanaria, me resigne al hecho de que quiza realmente solo estaba buscando algo intrepido a lo que poder aplicar sus cualidades empresariales.

– ?Donde propone que vayamos? -inquiri.

– A Berlin -me respondio, como si fuera la unica respuesta posible a aquella pregunta.

Le mire fijamente. ?Berlin? Cuando pensaba en Alemania, no podia dejar de recordar las discordantes canciones de Anke y el hecho de que fuera el pais cuyo ejercito casi habia volado por los aires a mi padre.

– Iremos a los cabares y asistiremos a los espectaculos musicales. Trabajara usted duro y aprendera -me explico Andre.

El brillo de sus ojos me incitaba a embarcarme en aquella aventura. ?Iba a ser aquel el vinculo entre nosotros? ?El de dos personas que amaban los desafios?

– Pero no hablo aleman -le dije.

– ?Ni siquiera «Guten Abend meine Damen und Herren»? -pregunto Andre.

– No.

– ?Tampoco « Wir haben heute sehr sebones Wetter»?

– No.

– ?Ni «Sie sind sehr bubscb und ich wurde Sie gerne kussen»}

Negue con la cabeza.

El rostro de Andre mostro repentinamente una amplia sonrisa.

– ?Hay algo mas que le preocupe sobre marcharse a Berlin, mademoiselle Fleurier?

– No… Es decir, si -le respondi, tomandome un trago de champan-. ?Puede venir mi gata conmigo?

Le explique a monsieur Etienne que me iba a Berlin durante un tiempo a desarrollar mis capacidades y escribi a mi familia para comunicarles la misma noticia. Entonces, una semana despues, Andre y yo abandonamos Paris. Llegamos a la Potsdammer Station justo despues de anochecer. Mientras Andre le pedia un billete para un taxi al policia a la entrada de la estacion, meti a Kira en su cesta de mimbre. Miro parpadeando a la gente que se apresuraba de aqui para alla y al mozo que empujaba el carrito con nuestro equipaje. Ni siquiera le perturbo que un hombre pasara junto a nosotros tras un perro alsaciano que tiraba de el manteniendo la correa en tension: sencillamente bostezo, se hizo un ovillo y se quedo dormida.

Andre le mostro el billete al taxista y el mozo coloco nuestro equipaje en el maletero. Mire por la ventana del taxi, absorta en mis pensamientos. A lo largo del bulevar, guirnaldas de bombillas electricas adornaban las entradas de los teatros, los restaurantes y los cabares con nombres como Kabarett der Komiker y Die Weisse Maus. Las terrazas de los cafes estaban atestadas de hombres y mujeres que bebian jarras de cerveza. «Asi que esto es Berlin», pense. Aparte de los carteles escritos en aleman con letras goticas, la ciudad no parecia tan diferente de Paris. Y, sin embargo, de algun modo, si que lo era. Me di cuenta de que me haria falta observarla con mas detenimiento para ser capaz de discernir cuales eran exactamente las diferencias.

El taxi se detuvo en el exterior de un edificio con columnas de piedra a cada lado de la entrada y una placa de bronce que rezaba: «Hotel Adlon».

Andre le pago al taxista.

– Aqui es donde nos alojaremos -anuncio, introduciendose el monedero en el bolsillo de la chaqueta.

Teniamos dos dias solos hasta que mademoiselle Canier se reuniera con nosotros. Habiamos tomado el desayuno con ella antes de dejar Paris y lo maximo que habia conseguido sacarle habian sido monosilabos: «Oui» o «Non». Para ser una mujer que lo tenia todo -incluido a Andre-, parecia muy descontenta con la vida. Miro a su alrededor en aquel restaurante tan elegante con la intencion de encontrar algo que le disgustara, independientemente de que fuera la consistencia de la mantequilla o los botones de la camisa del camarero. De vez en cuando yo miraba de soslayo a Andre, preguntandome si realmente se sentia atraido por ella. Para mi disgusto, Andre contemplaba a mademoiselle Canier como si no se creyera lo que estaba viendo y constantemente le acariciaba la mano o el brazo. Ella era hermosa, pero ?como un hombre con su vitalidad e inteligencia podia pasar el tiempo con aquella criatura amargada? Por su parte, mademoiselle Canier aceptaba sus atenciones con una sonrisa languida. No obstante, el verdadero insulto residia en su actitud despreocupada hacia mi: aunque iba a estar a solas en Berlin con su pareja, mademoiselle Canier ni siquiera me consideraba una amenaza.

Un botones con el pelo tan corto que podria haber sido perfectamente un joven oficial del ejercito recogio nuestras maletas del taxi.

Me parecio extrano que nos alojaramos en el Adlon cuando Andre me habia contado que su padre era el dueno del Ambassadeur y tenia acciones en el Central.

– ?Por que nos quedamos aqui si no es uno de los hoteles de su padre? -le susurre mientras mis tacones se hundian en la lujosa alfombra de la zona de recepcion.

– Para comparar -me respondio-. El Adlon se considera el mejor hotel de Berlin. Pero creo que con unos cuantos cambios el Ambassadeur podria superarlo.

Mientras Andre se ocupaba de nuestras habitaciones, contemple el vestibulo de marmol y las doradas lamparas de arana. Me volvi para observar una estatua de bronce y cruce la mirada con un hombre que estaba de pie junto al ascensor. Se paso los dedos por los mechones de pelo canoso que le surgian de las sienes y se aliso el bigote. Su expresion era seria, pero tambien parecia divertido.

Cuando Andre acabo con el registro, el botones nos condujo a los ascensores, donde estaba esperando el hombre. Miro con ojos entrecerrados a Andre.

– Buenas noches, monsieur Blanchard -saludo, en frances-. Siempre es un placer que un hombre de una categoria tan distinguida como la suya se aloje en nuestro hotel.

– Buenas noches tenga usted, herr Adlon -respondio Andre, con una sonrisa ironica en los labios-. ?Puedo presentarle a mademoiselle Fleurier?

– Enchante -me saludo herr Adlon, inclinandose para besarme la mano-. Confio en que disfrutara de Berlin y de su estancia en el hotel Adlon.

Una vez dentro del ascensor, Andre miro hacia el techo, tratando de no estallar en carcajadas. Tan pronto como las puertas se abrieron y el botones echo a andar delante de nosotros para mostrarnos donde estaban nuestras habitaciones, Andre me susurro:

– Hubo una epoca en la que herr Adlon habria echado a patadas de su

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