omnipresentes aqui.

Andre tambien se inclino hacia delante y susurro en un tono conspiratorio:

– Afortunadamente, a diferencia de los ingleses y los estadounidenses, los franceses no nos escandalizamos tan facilmente.

Por alguna razon, aquel comentario le hizo gracia al conde. Su rostro se ruborizo y escondio la barbilla hacia el cuello, haciendo todo lo posible por controlar la risa. Pero se le estremecio el pecho y la dejo escapar en forma de rugido. Aquel sonido paso por encima de las mesas y reboto contra las paredes, mucho mas alto que el tintineo de las tazas de cafe y las apagadas conversaciones que nos rodeaban. Cuanto mas trataba de contenerse el conde, mas carmesi se le ponia la cara y mas alto se reia. Entonces, Andre exploto a reir, emitiendo un sonido grave semejante a un ladrido, haciendole eco a la alegria del conde, como un mastin tras una pelota. Mire a uno y a otro, ambos con los rostros contraidos y los torsos temblorosos. Eran como un duo musical interpretando la musica de la alegria.

Mademoiselle Canier llego con su sirvienta y tres compartimentos llenos de equipaje al dia siguiente. Parecia como si planeara mudarse a Berlin de manera permanente. Cuando me vio esperando en la estacion con Andre, fruncio el ceno fugazmente.

Andre ayudo a mademoiselle Canier a bajar al anden y ella le planto un prolongado beso en los labios. Su actitud parecia haber cambiado en los ultimos dias. Se comportaba igual que en Le Boeuf sur le Toit, colgandose del brazo de Andre como un alga al casco de un barco.

Tras un almuerzo en el que solo nos intercambiamos monosilabos y durante el cual mademoiselle Canier se comio un pepinillo y aparto el resto de su comida a un lado del plato, me alivio enterarme de que tenia que volver a Paris quince dias mas tarde para asistir a un baile celebrado por su prima. Al menos, tendriamos un respiro. Mientras habia estado a solas con Andre, el se habia comportado de manera muy informal. Tan pronto como mademoiselle Canier llego, volvio a llamarme mademoiselle Fleurier. Me di cuenta de que tendria que sentirme de una manera con respecto a el y comportarme de otra muy distinta.

El conde Kessler se nos unio para la cena en el Adlon aquella noche. Una sonrisa divertida aparecio en la comisura de sus labios cuando vio a mademoiselle Canier dirigirse al personal en frances. A mi y al conde nos ignoraba, excepto cuando Andre se dirigia especificamente a nosotros durante la conversacion. Despues, los cuatro dimos un paseo por la Friedrichstrasse. Todos los edificios parecian albergar cabares, cines, burdeles, salas de baile o fumaderos de opio. Las prostitutas atestaban todas las esquinas y merodeaban por todos los soportales. Estaba acostumbrada a las fulanas de Marsella y a las estridentes prostitutas de Montmartre, pero las putas de la Friedrichstrasse me resultaban muy agresivas: tenian un aspecto brutal y peligroso, envueltas en boas de plumas, cadenas y borlas. Un ama dominatriz guardaba su esquina con paso de pantera, blandiendo un latigo y ensenando los dientes al grunir. Habia otra mujer sentada sobre una boca de incendios completamente desnuda, a excepcion de un par de botas de cordones. Pero lo que mas me sorprendio fue que la gente que paseaba arriba y abajo por las aceras de la calle no eran hordas de obreros, sino hombres con pajarita y camisas con botones de madreperla y mujeres ataviadas con vestidos de seda oriental. Se bajaban de limusinas Mercedes Benz y contemplaban lo que habia a su alrededor con una actitud de diversion voyeurista. «No todo el mundo ha debido de perder su dinero durante la crisis», pense. Los magnates, los especuladores y los delincuentes parecian haber amasado buenas fortunas.

Andre y mademoiselle Canier paseaban delante de nosotros. El conde caminaba a mi ritmo.

– ?No cree usted que mademoiselle Canier tarda muchisimo en prepararse? -me susurro-. Pense que no ibamos a comer hasta medianoche. Las he cronometrado a las dos con mi reloj. Usted bajo en solo veinte minutos.

– Me he acostumbrado a cambiarme con rapidez en el teatro -le confese.

El conde sonrio y nos detuvimos a mirar a un artista callejero medio desnudo que se estaba poniendo cabeza abajo. Llegamos a verle parte del vello pubico cuando el hombre se enderezo para volver a ponerse en pie.

– Me da la sensacion de que ya ha tenido suficiente, mademoiselle Fleurier -me dijo el conde-. Realmente, a mi tampoco me emocionan estos espectaculos. Pero a muchos turistas les gustan, y por lo menos ya podra usted decir que ha visto la Friedrichstrasse.

El conde aviso a Andre, se bajo del bordillo y llamo a un taxi.

– Llevemos a las damas a algun lugar mas divertido. Algun sitio en el que mademoiselle Fleurier pueda aprender un par de cosas.

El taxi nos condujo Unter den Linden abajo, hacia el barrio de Schoneberg, y se detuvo en la esquina entre Motzstrasse y Kalckreuthstrasse. Levante la mirada hacia las luces art deco de un club, Eldorado, y el cartel que habia debajo, que rezaba: «?Ya lo ha encontrado!».

– Aqui jugaremos a algo especial -anuncio el conde mientras su boca se curvaba para formar una sonrisa-. Pero todavia no les dire que es.

Dejamos los abrigos a la chica del guardarropa y me fije especialmente en su piel lechosa y su boca color rubi. Era extraordinariamente hermosa, incluso mas despampanante que mademoiselle Canier o Camille, y demasiado exotica como para ser solamente la encargada del guardarropa.

– Buenas noches -nos saludo la encargada-. ?Desean una mesa junto al escenario?

El conde asintio y la encargada nos condujo hacia el interior de la estancia cargada de humo. Andaba deslizandose de manera majestuosa. «Seria maravillosa sobre el escenario», pense. Cuando nos hubimos sentado, mire a mi alrededor, la iluminacion rosada y la barra de cristal que no parecia casar demasiado con las mesas redondas y los estridentes saleros y pimenteros. La banda se subio al escenario: una pianista, una trombonista, una clarinetista y otra mujer que tocaba el banyo. Todas ellas eran mujeres, y tan glamurosas como la chica del guardarropa o la encargada.

– Creia que las mujeres que habiamos visto por Berlin hoy eran hermosas, pero las empleadas de este club son asombrosas -le dije al conde-. ?Esa es la razon por la que le gusta tanto a usted este sitio?

– Creo que vienen de Baviera especialmente por su belleza -contesto el conde, volviendose para hacerle un gesto a una de las camareras-. ?Pedimos cerveza o champan?

– Probemos la cerveza alemana -propuso Andre, tosiendo contra un panuelo.

Le di un golpecito en la espalda, lo cual provoco que mademoiselle Canier frunciera el ceno.

– Hay mucho humo aqui dentro -comente.

Andre asintio y se seco los ojos llenos de lagrimas.

– Si -admitio el conde-, es sorprendente que alguien que fuma pueda ser tan sensible al humo.

Andre dejo escapar lo que sonaba como uno de sus accesos de risa, pero degenero en un violento ataque de tos, tapado por el panuelo.

La camarera era muy alta, incluso tratandose de una alemana, y cuando regreso de la barra para servirnos nuestras bebidas, no pude apartar la mirada de sus enormes manos y la cuidadosa manicura que lucian.

– Pensaba que las bavaras eran como las austriacas -le susurre a Andre-. Mas bien de complexion menuda.

Antes de que pudiera contestarme, volvio a sufrir otro violento ataque de tos y rapidamente bebio un sorbo de cerveza. Mademoiselle Canier me dedico una mirada recelosa antes de sacar su estuche de maquillaje compacto y retocarse la nariz.

– Mire alli -le comento el conde a Andre, senalando con la cabeza hacia la puerta-. Esta herr Egermann, el banquero, hablando con herr Stroheim, del Reichstag. Se lo prometo, hoy en dia cualquiera que tenga un nombre viene a Eldorado.

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