-me dijo Ada, acercandose a mi sigilosamente cuando pedi un agua de Seltz. Se echo a reir estruendosamente-. Podriais hacer un maravilloso numero juntas. Tu encanto y vivacidad franceses y su rubia actitud distante.

Asi que habia bailado un tango con la famosa Marlene Dietrich y ni siquiera lo habia sabido.

– Sobre el escenario, quiza si -conteste, mirando a mis espaldas.

Pero Marlene ya se habia marchado.

El conde Kessler me llevo al Ciro's a cenar una noche, cuando Andre estaba en Paris con mademoiselle Canier por el baile benefico que celebraba anualmente madame Blanchard. Yo disfrutaba de la compania del conde siempre que saliamos juntos. Aunque era un aristocrata, habia algo en el que me recordaba a mi padre. Quiza se trataba de la curiosidad que brillaba en su mirada, como si las maravillas del mundo nunca pudieran atenuarse a sus ojos.

Despues de que hubieramos pedido la cena, el conde se volvio hacia mi y comento:

– Creo que Andre esta empezando a hartarse de mademoiselle Canier, ?no cree? Esperemos que no la traiga de vuelta con el.

El conde debio de notar mi expresion estupefacta, porque dejo escapar una risotada campechana.

– ?Vamos! -me dijo-, admitalo. Preferiria usted pasar una semana encerrada en un compartimento de tren que una hora con mademoiselle Canier. He visto los esfuerzos que usted hace para soportarla con educacion. Dios, ?incluso he visto como el propio Andre hace esos mismos esfuerzos. Ella es como esos sorprendentes muebles que uno compra cuando va a un pais extranjero. No tiene ninguna utilidad practica, asi que lo pone en exposicion en una esquina y al cabo de un tiempo se olvida de su existencia.

– Pero el esta enamorado de ella -replique, recordando las carinosas miradas que Andre le dedicaba a mademoiselle Canier.

El conde me contemplo con una expresion de divertido interes.

– ?Usted cree? -pregunto-. Ella es la hija de una de las amigas de su madre. Mire, no es ni mas ni menos cabeza hueca que el resto de las chicas de su entorno. Andre probablemente hizo la mejor eleccion que podia… en su momento.

El conde me dirigio una mirada tan penetrante que me sonroje. Percibi que podia leerme el pensamiento y adivinar mis sentimientos por Andre.

– Esta siendo usted muy cruel -proteste.

– ?Ja! -Se volvio a reir-. No creo que vaya a herir tan facilmente los sentimientos de mademoiselle Canier. Andre sencillamente esta el primero de su lista de buenos partidos. Pasara a Antoine Marchais, a uno de los Michelin o al chico Bouchayer sin inmutarse.

Me pregunte si lo que decia el conde seria cierto. El y Andre eran intimos, asi que si alguien tenia que saber cuales eran los verdaderos sentimientos de Andre, ese era el conde.

– Si le pregunto algo, conde Harry, ?lo guardara en secreto y no se reira de mi?

– ?Reirme de usted, mademoiselle Fleurier? -replico el conde, fingiendo una expresion escandalizada-. ?Eso nunca!

– Cree usted…, es decir…, seria posible… que dos…, sin la menor probabilidad…

Yo sola me habia metido en camisa de once varas y ahora no encontraba el valor para terminar la frase. De repente, me di cuenta de lo ridiculo que seria declarar mis sentimientos. Yo era artista de variedades. Andre era el hijo de una poderosa familia. No habia razon alguna por la que no pudieramos relacionarnos socialmente, pero mas alla de ahi… No, cualquier otra cosa era imposible.

– ?Mademoiselle Fleurier? -me dijo el conde, dandome un toquecito en el brazo-. No ha terminado su pregunta. Ahora me tiene en suspense. ?Dos que sin la menor probabilidad de que?

Yo misma me habia metido en un agujero sin salida y ahora tendria que salir de el.

– Dos…, sin la menor probabilidad…, quiero decir…, Alemania y Francia, por ejemplo. ?Seguiran siendo siempre enemigos?

El conde parecio encontrarme extremadamente graciosa en ese momento, pero se irguio en su asiento y me contesto con mucha seriedad.

– Los franceses y los alemanes tienen mas en comun entre ellos que con ninguna otra nacion -dijo-. Durante la Gran Guerra, los hombres en las trincheras solian tirarse comida unos a otros cuando la batalla de ese dia habia terminado. No, la proxima vez que Alemania decida causar un desastre internacional, sera debido a una autocombustion. El enemigo mas peligroso es siempre el enemigo interno.

Le observe. ?Por que cuando la gente hablaba del futuro en Alemania siempre se mencionaba otra guerra?

– Ahora que se ha desahuciado a las clases medias y hemos convertido en mendigos a los pequenos comerciantes, ?quien mantendra la estabilidad de Alemania? -pregunto el conde.

La siniestra advertencia que contenian sus palabras me provoco un escalofrio. Juguetee con el pan de mi plato. Sabia que durante el resto de mi vida recordaria el rostro de la nina famelica. Ver de primera mano lo que los seres humanos eran capaces de hacerse unos a otros me habia cambiado. ?Pero que podia hacer yo ante tanto sufrimiento? El problema parecia abrumador. Mire al conde de nuevo. Estaba sonriendo.

– En respuesta a su otra pregunta, mademoiselle Fleurier -prosiguio-, dejeme decirle lo siguiente. Es usted una persona excepcionalmente serena. Es raro ver a alguien asi de su edad y aun mas raro entre artistas. Usted seria una companera mas que recomendable para cierto joven, mejor que ninguna otra que yo conozca. De hecho, si yo fuera treinta anos mas joven, me casaria con usted yo mismo.

Me incline sobre la mesa y le di un beso en la mejilla. Sabia que estaba mintiendo sobre la segunda parte de su afirmacion. El era el soltero empedernido mas famoso de toda Alemania.

La prediccion del conde era correcta con respecto a que Andre romperia su relacion con mademoiselle Canier y regresaria a Berlin en solitario. No presione a Andre para que me proporcionara mas informacion sobre el asunto y el no ofrecio ninguna explicacion. Sin embargo, si habia pensado que el hecho de que mademoiselle Canier desapareciera del mapa marcaria alguna diferencia en los sentimientos de Andre hacia mi, me senti profundamente decepcionada. En todo caso, Andre se volvio mas distante: me trataba como cualquier socio comercial trataria a otro, con amabilidad pero tambien con profesionalidad. Nunca volvio a hablarme sobre su hermano o sobre los sentimientos por su familia. Tras un par de noches en blanco, me resigne al hecho de que Andre Blanchard y yo no seriamos nunca nada mas que amigos. Y para quitarme de encima la decepcion, me concentre en mi trabajo.

Andre, el conde Kessler y yo dimos la bienvenida al ano nuevo asistiendo a una fiesta celebrada por Karl Vollmoeller, el dramaturgo.

– Vollmoeller celebra fiestas extranas -nos advirtio el conde de camino desde el Adlon a la Pariser Platz, donde vivia Vollmoeller-. Ha invitado a su editor y a los integrantes del mundo del teatro de Berlin, y despues se paseara en taxi por la ciudad, recogiendo a cualquier excentrico que encuentre, para anadir «un poco de animacion» al jolgorio.

– En su ultima fiesta -anadio Andre-, tenia a Kurt Weill a mi izquierda y a un loco que Vollmoeller habia recogido en el exterior del Charite Hospital a mi derecha. Durante toda la noche me vi obligado a charlar sobre la velocidad a la que se descomponen las diferentes partes del cuerpo.

– Sin embargo, la novia de Vollmoeller es muy atractiva -comento el conde.

– ?Cual es su nombre de pila? -pregunto Andre-. Vollmoeller solo se

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