– No nos limitaremos a Paris, Simone -me dijo-. Tambien estan Londres y Nueva York. ?Y no te olvides de Sudamerica!

Kira salto de mi estomago y arrastro una de mis zapatillas de ballet por la alfombra, cogiendola por los lazos. No era una gata destructiva, pero sentia debilidad por las cosas sedosas y brillantes. Si no los quitaba de su vista, mi ropa interior y mis pendientes siempre se perdian, y luego acababa encontrandolos en el platillo de Kira.

Deje de prestar atencion a Kira para volverme hacia Andre y me sorprendio descubrirle sentado en una silla con la cabeza entre las manos.

– ?Andre?

Durante un minuto, quiza dos, no se movio. Era un cambio de humor tan radical que me pregunte que habria sucedido.

– Simone -me dijo, levantando la mirada-, ?alguna vez te has puesto nerviosa al subir al escenario?

Tenia los ojos enrojecidos y una expresion triste asomaba en ellos. Hubiera querido inclinarme, acariciarle su bello rostro y decirle que lo que le estuviera preocupando se iba a solucionar. En su lugar, respondi:

– ?Que si me pongo nerviosa? ?Por donde quieres que empiece?

Se echo a reir y nego con la cabeza.

– Tu siempre pareces tan segura de ti misma… No me puedo imaginar nada que te atemorice.

?Segura de mi misma? ?Era eso lo que veia en mi? Jamas hubiera dicho algo asi de mi.

– ?Te preocupa algo? -le pregunte.

Bajo la mirada hacia la alfombra y asintio.

– Si, me preocupa que no se me considere lo bastante bueno.

– ?Que no te considere bueno quien? -le pregunte, aunque sabia que se referia a su padre.

Pense en el resto de hombres de la clase social de Andre, como Antoine y Francois, y en lo vanidosos que eran. Andre no tenia nada que ver con ellos. Me acorde de que, cuando su amiga logro localizar a la nina hambrienta y a su familia, Andre habia realizado una considerable donacion a la organizacion benefica en mi nombre.

Me miro directamente a los ojos durante un instante y despues se puso en pie y camino hasta la ventana.

– Yo nunca sere Laurent -confeso, inclinandose contra el marco de la ventana-. Mi hermano se habria horrorizado de pensar que vivo a su sombra, pero asi es como me ve mi padre. A veces, le he sorprendido mirandome y creo que desearia que hubiera sido yo el que muriera en Verdun y no Laurent.

Segui a Andre hasta la ventana.

– Seguro que no -replique-. Cualquier padre estaria orgulloso de tener un hijo como tu.

Andre nego con la cabeza y sonrio con tristeza.

– Que tu triunfes es importante para mi -me dijo-. No te estoy utilizando para impresionar a mi padre, pero desearia poder demostrarle que soy tan bueno como el hijo que perdio.

Se volvio hacia mi, a punto de anadir algo mas, pero le interrumpio el timbre del telefono. Se acerco a zancadas al escritorio y levanto el auricular.

– Es el conde -anuncio-. Esta esperando abajo en el vestibulo. - Despues, le echo un vistazo a su reloj y se echo a reir-. ?Que le sucede al tiempo cuando estoy contigo, Simone? No hay necesidad de que te apresures, me tomare una copa con el conde. Baja cuando estes lista.

Andre se dirigio hacia la puerta. Antes de abrirla, me sonrio y dijo:

– ?Sabes? Te haran trabajar mas duro que yo en Nueva York, cuando actues en Broadway.

– Me parece bien -le respondi, devolviendole la sonrisa-, estoy deseandolo.

Mi ocupado horario hizo que el resto de 1925 pasara volando. Mientras Andre y mademoiselle Canier iban y volvian de Paris a Berlin, yo actuaba en el White Horse Cabaret en Kurfurstendamm. Era un pequeno teatro lleno de humo, pero tenia una clientela muy chic: actores y actrices, banqueros y magnates de los negocios. A medida que avanzaba la velada, las actuaciones eran cada vez mas picantes y los bailes se cargaban de morbo. En Paris, aludiamos al sexo y bromeabamos sobre ello mediante insinuaciones; en cambio, los cantantes alemanes mencionaban descaradamente temas como la masturbacion o la homosexualidad. Las canciones que yo cantaba en el White Horse contenian alguna que otra alusion ocasional a «frotar la lampara magica», pero Ulla Farber, la estrella del espectaculo, cantaba a pleno pulmon con su voz rota un numero que se titulaba Der Orgasmus.

Si el conde no me hubiera advertido de que los berlineses estaban obsesionados con el sexo y la muerte o si no hubiera visto con mis propios ojos la crudeza de la vida en la Friedrichstrasse, me habria escandalizado de la vulgaridad de mis companeros artistas. En lugar de eso, les estudiaba con el entusiasmo de un cientifico que mira por el microscopio a un protozoo que acaba de descubrir. Me di cuenta de que la voluptuosa Ada Godard, que llevaba un monoculo y una boa de plumas, dominaba a su publico gracias a su ingenio, y me percate de que las coristas agitaban sus pechos desnudos mas como armas que como objetos de deseo. La capacidad que ellas tenian para escandalizar incluso a los berlineses mas decadentes no funcionaba con mi estilo. Pero si que adquiri mas confianza y aprendi a envolver al publico en mi red desde el momento en el que pisaba el escenario. Lo hacia bajando el tono de voz una octava y ralentizando conscientemente la velocidad de mis palabras. Aquel tenia mucho mas impacto que mi metodo en el Casino de Paris, que consistia en apresurarme a entrar en el escenario y desear gustarle a todo el mundo.

Despues del espectaculo, el cabare se transformaba en un club nocturno. Una noche, cuando estaba sola en la pista de baile, bailando el black bottom para divertir a una mesa de banqueros, me percate de que una elegante mujer ataviada con un vestido blanco adornado con un ramillete de violetas me estaba observando. De repente, me senti atraida hacia ella como una aguja hacia un iman. La banda ralentizo el ritmo para tocar un tango, como si ella se lo hubiera ordenado con aquellos ojos hipnoticos suyos.

– Es usted bellisima -me dijo en frances, acariciandose su estilizada garganta.

La mujer me cogio con una mano y apoyo la otra en mi espalda. Era mas menuda que yo, pero me dirigia en el tango con la fuerza de un hombre.

Tenia un aire de dura frialdad que me recordo a Camille, pero cuando apreto su pecho contra el mio me di cuenta de que no llevaba ropa interior y me sorprendi de la suavidad de su piel femenina apretada contra mis propios pechos. Era como abrazar a mi madre, aunque no exactamente igual.

– Eres como una pluma -me dijo-. Podria aplastarte entre mis dedos.

Aquella mujer era una bailarina habil que interpretaba bien la musica. Me parecia vagamente familiar, pero no tenia idea de donde podia haberla visto antes.

Cuando el baile termino, le di las gracias a aquella mujer y me escabulli de entre sus brazos, deseando secretamente que Andre estuviera alli para protegerme. No era comun que las mujeres se me acercaran de una manera tan amenazadora. Y si la mujer en cuestion era hermosa, a veces me sentia halagada. Pero algo en aquella me hacia sentir incomoda. Note que me clavaba la mirada en la espalda mientras yo me dirigia hacia la barra.

– Ya veo que acabas de escaparte de las garras de Marlene Dietrich

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