«Debe de ser por las hermosas mujeres», pense. Estaba segura de que habia sitios mas elegantes en Berlin. Un chico joven paso rozandome y la seda del chaque de su esmoquin me hizo cosquillas en la piel. Levante la mirada y me encontre con la de el. Llevaba el pelo alisado y tenia hombros y manos esbeltos. Lo contemple mientras se unia a un grupo de jovenes vestidos de manera similar que se apoyaban sobre la barra del bar.
– ?Ya esta lista para jugar, mademoiselle Fleurier? -me pregunto el conde.
Asenti.
– Muy bien -dijo, frotandose la barbilla-, mire a su alrededor y digame quienes son verdaderos hombres y quienes verdaderas mujeres.
Me percate de la sonrisa burlona en el rostro de Andre. No habia estado tosiendo, sino que se estaba riendo.
– ?Ninguno de ellos puede ser hombre! -exclame.
– Estudielos con mas detenimiento -replico el conde.
– Bueno, la chica del guardarropa puede que lo sea -reconoci, pensando en sus facciones angulosas-. Y la camarera tiene las manos muy grandes. Pero no habria notado nada si no me lo hubiera dicho.
Le sonrei a mademoiselle Canier. Era como tenderle una rama de olivo, para ver si podia unirse a la diversion. Pero tenia el mismo aspecto indiferente de siempre. Si los travestis de Eldorado no la divertian, ?que otra cosa podia hacerlo?
– ?Como puede uno adivinarlo? -le pregunto Andre al conde-. He oido que a muchos de ellos los han castrado y por eso tienen esa piel tan tersa y esas figuras tan curvilineas.
El conde nego con la cabeza.
– No tiene nada que ver con su piel o su nuez de Adan o lo que les cuelga entre las piernas. Lo que realmente les delata es que son mas femeninos que la muchacha mas hermosa. Solo los maricas saben el secreto para ser mujeres realmente eroticas.
– Creo que es una buena leccion para un artista -comento Andre volviendose hacia mi-. El arte de lo ilusorio. Si puedes convencerte de que eres algo, los demas se lo creeran tambien.
Mademoiselle Canier pesco una cajetilla plateada de su bolso y saco un cigarrillo sin ofrecer a nadie mas.
– Una mujer es una mujer -sentencio, insertandose el cigarrillo entre los labios y esperando a que Andre se lo encendiera-. Solo una mujer erotica puede llegar a ser realmente erotica.
– ?Cuanta sabiduria! -comento el conde. Su tono era cortes, pero vi el tinte ironico bailando en sus retinas. Senalo con la cabeza hacia la barra-. ?Y que pasa con aquellos chicos de alli? -me pregunto-. ?Son lo que parecen?
Me gire para ver a los hombres alineados en la barra. El que se habia chocado conmigo me guino un ojo. Volvi a mirar al conde.
– Ahora veo que son mujeres -le conteste-. No son tan convincentes como los hombres.
– No estan tratando de serlo -replico Andre-. El suyo es el arte de la sugestion, no el de la transformacion. Y de alguna manera su atuendo las hace parecer mas femeninas.
– Tengo que decir que encuentro muy atractivas a las mujeres vestidas de esmoquin -confeso el conde, pidiendo otra ronda de cerveza.
El espectaculo comenzo y el maestro de ceremonias, que se habia pintado la cara de blanco, presento a las coristas en aleman, frances e ingles:
– ?Las incomparables! ?Las fabulosas! ?No hay nada como ellas en el mundo! ?Las frauleins de Eldorado!
Una fila de «maricas» esculturales aparecio en el escenario con poco mas que unos corses y unas botas.
Durante la siguiente actuacion, los «chicos» de la barra bailaron un tango. Se deslizaban, descendian y se contoneaban de un modo muy sugestivo, pero la expresion glacial de sus rostros no cambiaba en ningun momento. El tango bailado por dos mujeres hacia que lo que Rivarola y yo bailabamos fuera torpe en comparacion. Nosotros nos moviamos con fuego y pasion, pero la actuacion de aquellas mujeres provocaba escalofrios entre el publico, que esperaba con una agonia expectante y con la sensacion de que estaban reservando en todo momento algo para mas tarde.
Observe con interes. Comprendi que al exponerme a aquellos artistas y nuevas ideas, Andre me estaba tentando para que saliera de mi cascaron. Cuanto mas abriera mi mente, mas facetas podria aprovechar en mi propio trabajo. Berlin tenia una escena fresca, sin referencias de ningun tipo, y yo estaba lista para absorberlo todo.
La mayoria de las actuaciones eran simpaticas farsas de travestismo, pero tambien hubo un extrano numero con un enano que tocaba una sierra musical. La extensa tira de metal que mantenia sujeta entre las rodillas era mas larga que el mismo. Sin embargo, lograba pasar el arco por el borde sin esfuerzo y doblaba habilmente el metal para producir las notas mas agudas o lo soltaba para las mas graves. La musica que interpretaba era un inquietante vibrato, tan etereo que los espectadores se quedaron inmoviles a lo largo de todo el numero, como si temieran que si se movian o hablaban, pudieran convertirse en piedra. Durante un instante me volvio a la cabeza el rostro de la nina famelica y me estremeci. El conde era un entendido sobre politica alemana: le preguntaria sobre ello cuando mademoiselle Canier no estuviera presente. Por la somera conversacion que habia tratado de mantener con ella, habia llegado a la conclusion de que el unico tema por el que sentia interes era por ella misma.
Terminamos la noche con algo que llegaria a convertirse para mi en uno de los recuerdos mas felices de Berlin. En el Residenz Casino -o «el Resi», como se le conocia informalmente-, el
– Asuntos de negocios -se disculpo-. Muy aburridos.
– Adelante -le dije.
Mademoiselle Canier se disculpo y se marcho al tocador, ya que obviamente no le interesaba quedarse a charlar conmigo. «Esta claro que no es Odette», pense, acordandome de mi amiga, cuyo exterior era tan hermoso como su interior. Mademoiselle Canier era todo apariencia. Era obvio que ahora se preocupaba por guardar a Andre mucho mas celosamente que antes, pero, por lo que yo percibia, no habia necesidad. Nada habia cambiado en sus sentimientos hacia mi.
Centre mi atencion en la alborotada multitud. Una banda de
– Hola -salude al auricular.
La persona al otro lado de la linea mascullo algo en aleman.
– No hablo aleman -le adverti.
– Ah, es usted francesa -comento el hombre-. Es usted preciosa. ?Puedo unirme a su mesa?
– ?Que?
– Saludeme -me dijo-, estoy aqui, en la mesa numero 22.
Levante la mirada para ver a un joven con mostacho y una pajarita color rojo que me estaba saludando con los dedos de la mano.
– Estoy aqui con mi prometido -le menti-, pero gracias de todas
