– ?Vamos!, llegamos tarde al almuerzo -nos llamo madame Blanchard, haciendonos un gesto desde la mesa-. Tendremos problemas con la cocinera si se estropea la ensalada.

– ?Acaso nos vamos a saltar las presentaciones? -pregunto monsieur Blanchard, conduciendonos hacia una mesa puesta con una vajilla de porcelana blanca y ramilletes de flores silvestres.

Madame Blanchard se ruborizo pero no miro a su marido. Me presento a la mujer y al hombre que la acompanaban: la hermana de Andre, Guillemette, y su marido, Felix. Les salude, pero ninguno de los dos me sonrio. Guillemette no habia heredado la atractiva apariencia fisica de sus padres, ni tampoco su dignidad ni su compostura. Si Andre no me hubiera dicho que su hermana acababa de cumplir los treinta, habria pensado que tenia al menos diez anos mas.

Guillemette y yo estabamos sentadas en diagonal y Felix se sento frente a mi, pero descubri que conversar con ellos era francamente dificil. Mirar a Felix a los ojos era imposible: cuando no se dedicaba a picotear su comida, observaba fijamente algo por encima de mi coronilla. Guillemette, por su parte, me estudiaba atentamente.

– Andre me ha contado que le apasiona montar a caballo -comente, tratando de entablar conversacion con ella-. ?Es cierto que monta por el Bois de Boulogne todas las mananas?

– Si. -Fue su monosilabica contestacion.

Por su tono, parecia casi como si yo le hubiera pedido dinero. Percibi un trasfondo de resentimiento, aunque no tenia ni la menor idea de cual podia ser la causa.

Andre estaba discutiendo un asunto de negocios con su padre, asi que me volvi hacia Veronique con la intencion de aligerar un poco la situacion, pero la muchacha estaba totalmente dominada por la presencia de su hermana mayor. Mas tarde, cuando sirvieron el primer plato, Veronique se acerco sigilosamente a Andre para susurrarle algo al oido, pero se paro en seco por la expresion de censura que le estaba dedicando su hermana.

– Si tienes algo que decir, Veronique, dilo en alto para que lo oiga todo el mundo -le espeto.

Los ojos de Veronique se llenaron de lagrimas y le temblaron los labios. Aquella no era la alegre nina que habia conocido en la salita de madame Blanchard cuando Andre y yo las visitamos antes del estreno del espectaculo. Guillemette tenia la habilidad de cargar el ambiente de un relajado almuerzo al aire libre en un dia de verano para convertirlo en un autentico rancho militar. Tenia curiosidad por ver cual era la relacion que mantenia con su padre, pero monsieur Blanchard solo le dirigia la palabra a Felix.

– ?Como va el hotel de Londres? -le pregunto monsieur Blanchard a su yerno.

Felix se froto la cabeza, que era tan lisa y lampina que le conferia el aspecto de una salamandra.

– Necesitare ayuda para organizarlo -contesto, lanzandole una significativa mirada a Andre.

– Pues tendras que buscarte a otro -replico Andre bondadosamente-. Yo me voy a llevar de gira a mademoiselle Fleurier.

Guillemette me fulmino con la mirada desde el otro lado de la mesa.

– ?Y que pasa con los negocios serios? -pregunto, volviendose hacia Andre-. Parece que ahora ya no te ocupas de los hoteles.

Andre me habia contado que, cuando entrara a trabajar con su padre, todos los hoteles pasarian a estar dirigidos por Felix. Me imagine que era por eso por lo que Guillemette parecia tan preocupada por ellos.

– Vamos, vamos -dijo monsieur Blanchard, secandose los labios con una servilleta-. Habra tiempo para todo eso cuando Andre cumpla treinta anos. Le he prometido que hasta entonces puede divertirse como le apetezca.

Monsieur Blanchard me sonrio y guino un ojo. Hice lo que pude por no contestarle con una mueca. Mire de reojo a Andre, pero no parecio notar el comportamiento de su padre. Me sorprendio ver como era Andre con su familia. Cuando yo estaba con el a solas, me parecia alegre y buen conversador. Pero en medio de los suyos, se retraia a su mundo interior.

Madame Blanchard, que no le habia dirigido la palabra directamente a su marido en ningun momento de la comida, cambio de tema para hablar de cosas menos trascendentes. Charlo sobre un pueblo fortificado que visitariamos esa misma tarde y sobre sus labores beneficas con los huerfanos. Senti que ella, Andre y Veronique eran los integrantes amables de la familia Blanchard, mientras que los demas rayaban en la hostilidad. Me sentia tan incomoda en compania de la hermana y el cunado de Andre que si madame Blanchard no hubiera hecho un gran esfuerzo por incluirme en la conversacion seguramente me hubiera pasado el resto del tiempo en silencio.

– Digame, mademoiselle Fleurier, ?no tiene alguna vez miedo escenico? Parece usted tan comoda bajo los focos… -me pregunto madame Blanchard.

?Como podia contestar a una pregunta como aquella? Se suponia que las estrellas no podian revelar sus defectos, excepto para confesar «caprichos publicitarios», como que les gustara comer fresas con nata despues de cada actuacion o que sintieran debilidad por fumar pipas indias.

– Siempre me siento muy emocionada antes de cada representacion, madame Blanchard -le conteste.

Andre sonrio, cubriendose la boca con el puno, pero no me miro.

«Emocionada» era el eufemismo que Andre y yo habiamos acunado para los temblores, los sudores frios, los ojos llorosos y las innumerables visitas al aseo que me sobrevenian antes de que comenzara el primer numero del espectaculo. La noche del estreno habia sido la peor, pero la respiracion se me cortaba todas las noches cuando me montaba en el coche para ir al teatro. Tenia por costumbre llevarme a Kira al camerino, aunque nos habia traido problemas alguna que otra vez, como cuando la ayudante de vestuario dejo mi vestido fuera y Kira, con su atraccion por las cosas brillantes, mordio todas las lentejuelas.

Parte del ritual para calmar mis nervios consistia en no vestirme hasta el ultimo minuto. Cuando me llamaban a escena, abria el medallon que contenia la fotografia de boda de mis padres y lo dejaba asi, abierto en el camerino, hasta despues de salir a saludar. Durante los descansos, encendia una vela que llevaba escrito en el lateral el deseo de lograr hacer una buena interpretacion, algo que mi madre me habia sugerido. Sin embargo, los rituales y las tazas de manzanilla no lograban calmar mis nervios. La sensacion de mareo y el estomago revuelto solamente me abandonaban cuando salia al escenario y cantaba la primera nota. Entonces, como por arte de magia, se me despejaba la cabeza y mi cuerpo se tranquilizaba, como un barco que acabara de salir de una tormenta a la calma chicha. Despues, todo iba bien.

– He oido que mademoiselle Fleurier es la artista mas tranquila de Paris -comento monsieur Blanchard-. La mayoria no logra salir a escena sin empinar el codo antes.

– Mademoiselle Fleurier nunca bebe antes del espectaculo -replico Andre, orgulloso-. No deja que nada afecte a su actuacion.

– Todos empiezan asi -comento despectivamente Guillemette. Su tono me recordo al de un cura dando un sermon, avisando a la congregacion sobre un desastre inminente-. Pero la falta de sueno y el estar constantemente en el punto de mira de la opinion publica acaba con ellos. Nadie tiene la compostura para vivir asi de deprisa durante demasiado tiempo.

– Gracias por tu lugubre prediccion, Guillemette -replico madame Blanchard, sonriendome.

– Pues no ha ido tan mal, ?no? -comento Andre al dia siguiente cuando regresabamos a Paris.

«Esta de broma», pense. Despues de haber crecido con tio Gerome y el agobio de vivir endeudados con el, no podia decir precisamente que proviniera de la mas feliz de las familias. No obstante, mis padres y tia Yvette siempre me habian querido. Al pobre Andre lo adoraban su madre y

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