palabras aun, Romeo, y me despido», lo que descoloco por completo a Romeo e hizo que la escena terminase en caos.

Mas tarde, cuando yo hacia de candelabro en la alcoba de Julieta, logre que Janice amaneciera junto a Romeo y le soltase sin mas: «?Vete, que ya despierta!», algo que no genero muy buen ambiente para el resto de su tierna escena. Huelga decir que Janice se puso tan furiosa que me siguio por todo el instituto despues, jurando que iba a afeitarme las cejas. Al principio fue divertido pero, cuando se paso llorando una hora entera, encerrada en el bano, deje de reirme.

Pasada la medianoche, mientras hablaba con tia Rose en el salon, sin querer ir a mi cuarto por miedo a que Janice me afeitase en cuanto me quedara dormida, Umberto nos trajo un vaso devin santo. No dijo nada, se limito a darnos los vasos, y tia Rose ni siquiera menciono que yo era demasiado joven para beber.

– ?Te gusta esa obra? -me pregunto en cambio-. Pareces sabertela de memoria.

– No es que me guste mucho -confese-. Es que… la tengoahi, metida en la cabeza.

Tia Rose asintio despacio, saboreando su vino dulce.

– A tu madre le pasaba lo mismo. Se la sabia de memoria. Era… como una obsesion.

Contuve el aliento para por no interrumpirla y espere en vano otra pincelada de mi madre. Tia Rose se limito a alzar la vista, fruncir el ceno, carraspear y dar otro sorbo al vino. Nada mas. Esa fue una de las pocas cosas que me dijo de mi madre motu proprio; nunca se lo conte a Janice. Nuestra mutua obsesion por la obra de Shakespeare era un pequeno secreto que solo compartia con mi madre, igual que nunca le hable a nadie de mi temor creciente a morir a los veinticinco, como le habia sucedido a ella.

En cuanto Peppo me dejo a la puerta del hotel Chiusarelli, me fui directa al cibercafe mas proximo y busque a Luciano Salimbeni en Internet. Sin embargo, me costo varias acrobacias verbales dar con una combinacion de busqueda que produjera algo remotamente util. Solo al cabo de una hora y muchisimas frustraciones con el italiano, llegue a las siguientes conclusiones casi inamovibles:

Uno: Luciano Salimbeni estaba muerto.

Dos: Luciano Salimbeni era malo, posiblemente un asesino en serie.

Tres: Luciano y Eva Maria Salimbeni estaban emparentados de algun modo.

Cuatro: habia algo raro en el accidente de trafico que habia matado a mi madre, y a Luciano Salimbeni lo habian llamado para interrogarlo.

Imprimi las paginas para poder releerlas mas tarde, con la ayuda de mi diccionario. Aquella busqueda me reportaba poco mas de lo que Peppo me habia contado esa misma tarde, pero al menos ya sabia que mi anciano primo no se habia inventado la historia; realmente habia habido un peligroso Luciano Salimbeni suelto por Siena hacia unos veinte anos.

Lo bueno era que estaba muerto. En otras palabras, no podia ser el tipo del chandal que -quiza si, quiza no- me habia seguido el dia anterior al salir del banco del palazzo Tolomei con el cofre de mi madre.

En el ultimo momento se me ocurrio buscar «los ojos de Julieta» y, como era de esperar, ninguno de los resultados tenia nada que ver con tesoros legendarios. Casi todo eran debates seudoacademicos sobre la importancia de los ojos en elRomeo y Julieta de Shakespeare y, ya que estaba en ello, me lei un par de pasajes de la obra, tratando de detectar algun mensaje cifrado. Uno de ellos rezaba:

?Ay de mi! Temo el peligro de tus ojos

mas, mucho mas, que a veinte espadas.

Bueno, pense, si ese malvado Luciano Salimbeni realmente habia matado a mi madre por «los ojos de Julieta», lo que Romeo decia era cierto; cualquiera que fuese la naturaleza de aquellos ojos misteriosos, eran mucho mas peligrosos que una arma, asi de sencillo. En cambio, el segundo pasaje parecia algo mas que la tipica frase de ligoteo:

Dos estrellas del cielo entre las mas hermosas

han rogado a sus ojos que en su ausencia

brillen en las esferas hasta su regreso.

?Oh, si alli sus ojos estuvieran! ?Y si habitaran su rostro las estrellas!

Fui rumiando aquellos versos mientras caminaba por la via del Paradiso. Romeo pretendia piropear a Julieta diciendole que sus ojos eran como estrellas resplandecientes, pero lo hacia de una forma curiosa. A mi juicio, imaginar a una chica con las cuencas de los ojos vacias no era el mejor modo de enamorarla.

No obstante, aquella poesia me supuso una agradable distraccion de otras cosas que habia averiguado ese dia. Mis padres habian muerto de una forma horrible, por separado, y posiblemente incluso a manos de un asesino. Aunque hacia horas que habia dejado el cementerio, aun me costaba procesar tan espantoso descubrimiento. Aparte de la conmocion y la tristeza, notaba las cosquillas del miedo, igual que el dia anterior, cuando crei que me seguian al salir del banco. ?Habria hecho mal en desoir la advertencia de Peppo? ?Estaria en peligro despues de tantos anos? Si era asi, en teoria, solo tenia que volver a Virginia para ponerme a salvo, pero ?y si lo del tesoro era cierto? ?Y si, en algun lugar del cofre de mi madre, habia una pista para encontrar «los ojos de Julieta», fueran lo que fuesen estos?

Absorta en mis cavilaciones, entre paseando en el apartado jardin de un monasterio, a cierta distancia de la piazza San Domenico. Empezaba a oscurecer, y me detuve un instante junto a la arcada de una galeria a beberme los ultimos rayos de sol mientras las sombras de la noche trepaban despacio por mis piernas. No me apetecia volver al hotel, donde me esperaba el diario del maestro Ambrogio para devolverme al ano 1340 y tenerme en vela toda la noche.

Alli, inmersa en la penumbra, pensando solo en mis padres, lo vi por primera vez…

Al maestro.

Caminaba entre las sombras de la galeria opuesta, cargado con un atril y varios objetos mas que no paraban de escaparsele de las manos, forzandolo a detenerse para redistribuir el peso. Al principio, tan solo me lo quede mirando; era imposible no hacerlo. No se parecia a ningun otro italiano que hubiese conocido, con su pelo largo y cano, su rebeca dada de si y sus sandalias abiertas, como un viajero en el tiempo venido de Woodstock que vagase sin ganas por un mundo gobernado por otros canones.

De primeras no me vio y, cuando le di alcance y le entregue un pincel que se le habia caido, dio un respingo.

– Scusi… -dije-. Creo que esto es suyo.

Miro el pincel sin reconocerlo y, cuando al fin lo acepto, lo sostuvo desmanadamente, como si ignorase su utilidad por completo. Luego me miro a mi, aun perplejo, y me dijo:

– ?Te conozco?

Antes de que pudiese contestarle, una sonrisa se dibujo en su rostro y exclamo:

– ?Claro que si! Te recuerdo. Eres…, refrescame la memoria…, ?quien eres?

– Giulietta… Tolomei. Pero no creo que…

– ?Si, si, si! ?Por supuesto! ?Donde has estado?

– Acabo… de llegar.

Su rostro se ensombrecio al percatarse de su propia estupidez.

– ?Claro! No me hagas caso. Acabas de llegar. Y aqui estas. Mas guapa que nunca. Giulietta Tolomei. -Sonrio y meneo la cabeza-. Nunca he entendido eso del tiempo.

– Bueno… -dije, alucinada-. ?Se encuentra bien?

– ?Yo? ?Ah! Si, gracias. Pero… tienes que venir a verme. Quiero ensenarte algo. ?Conoces mi taller? Esta en la via Santa Caterina. La puerta azul. No hace falta que llames, pasa.

Entonces se me ocurrio que me habia tomado por una turista y queria venderme souvenirs. «Si, claro -pense-. Tranquilo, que me pasare por alli.»

Cuando hable con Umberto esa misma noche, le afecto mucho mi descubrimiento sobre la muerte de mis padres.

– ?Estas segura de que es cierto?

Le conteste que si. No solo todo apuntaba a que alguna fuerza oscura habia intervenido en los sucesos de hacia veinte anos, sino que, por lo visto, esas fuerzas seguian presentes, al acecho.

– ?Estas segura de que este tipo te seguia? -objeto Umberto-. Quiza…

– Umberto -lo interrumpi-, iba en chandal.

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