Los dos sabiamos que, en el universo de Umberto, solo un perverso delincuente pasearia por una calle elegante vestido con un chandal.

– Bueno, tal vez solo era un carterista -dijo el-. Vio que salias del banco y se imagino que habias sacado dinero…

– Si, puede ser. No veo por que alguien podria querer este cofre. No encuentro nada en el que tenga que ver con «los ojos de Julieta»…

– ?«Los ojos de Julieta»?

– Si, eso fue lo que me dijo Peppo. -Suspire y me tire sobre la cama-. Al parecer, ese es el tesoro. Aunque yo creo que todo es una inmensa filfa. Me da que mama y tia Rose deben de estar partiendose de risa en el cielo. En fin…, ?que tal tu?

Tarde al menos cinco minutos en enterarme de que Umberto ya no se hospedaba en casa de tia Rose, sino en un hotel de Nueva York, buscando trabajo o algo asi. Me costaba imaginarmelo sirviendo mesas en Manhattan, gratinando con parmesano la pasta de otros. A el debia de pasarle lo mismo, porque parecia cansado y deprimido. Me habria encantado poder asegurarle que estaba a punto de hacerme con una sustanciosa fortuna, pero ambos sabiamos que, aun habiendo recuperado el cofre de mi madre, no tenia ni idea de por donde empezar.

II. III

La muerte que sorbio la miel de tus labios no pudo nada contra tu belleza.

Siena, 1340

El golpe letal no llego. En su lugar, fray Lorenzo -aun arrodillado en oracion ante el bandido- oyo un resuello fragil y aterrador seguido de un temblor que sacudio la carreta entera y el estruendo de un cuerpo desplomandose al suelo. Despues… silencio. Un breve vistazo con un ojo medio abierto le valio para confirmar que, efectivamente, quien pretendia asesinarlo ya no se alzaba sobre el blandiendo su espada, por lo que fray Lorenzo se estiro nervioso para ver donde habia ido a parar el bandido tan de repente.

Alli estaba, roto y ensangrentado, al borde de la cuneta, el individuo que hacia apenas unos instantes era el engreido cabecilla de una banda de salteadores de caminos. Cuan fragil y humano parecia ahora, penso fray Lorenzo, con la punta de un cuchillo brotandole del pecho mientras un hilo de sangre se le escurria de aquella boca diabolica a un oido que habia sido testigo de muchas suplicas desesperadas sin atender jamas ninguna.

– ?Madre de Dios! -alzo las manos juntas al cielo-. ?Gracias, Virgen santa, por salvar a tu humilde servidor!

– No hay de que, padre, pero no soy ninguna virgen.

Al oir aquella voz espectral y comprobar lo cerca que estaba su propietario, espeluznante, con su casco empenachado, su peto y su lanza en ristre, fray Lorenzo se levanto de un brinco.

– ?Noble San Miguel, me habeis salvado la vida! -grito, a un tiempo exaltado y aterrado-. ?Ese hombre, ese granuja, estaba a punto de matarme!

San Miguel se levanto la visera y revelo su joven rostro.

– Si -dijo con voz ahora humana-, lo he supuesto, pero, para vuestra desilusion, debo anadir que tampoco soy un santo.

– ?Sea cual sea vuestra condicion, noble caballero, vuestra llegada ha sido de verdad milagrosa, y estoy seguro de que la Virgen os compensara en el cielo! -exclamo fray Lorenzo.

– Gracias, padre, pero la proxima vez que hableis con ella, ?os importaria decirle que preferiria una compensacion terrenal -replico el caballero con un destello de picardia en los ojos-. ?Otro caballo, quiza? Porque, con este, seguro que no me toca ni un cerdo en el Palio.

Fray Lorenzo pestaneo una vez, tal vez dos, mientras empezaba a darse cuenta de que su salvador le habia dicho la verdad: no era ningun santo. Ademas, a juzgar por el modo en que habia hablado de la Virgen Maria -con impertinente familiaridad-, tampoco era un alma piadosa.

Al detectar que, por una minuscula rendija, la ocupante del ataud intentaba ver a su osado redentor, fray Lorenzo no dudo en sentarse sobre la tapa para evitar que la caja se abriera, ya que su instinto le decia que aquellos dos jovenes no debian conocerse.

– Ejem -dijo, decidido a ser cortes-. ?Donde andais batallando, noble caballero? ?Partis para Tierra Santa, quiza?

El otro lo miro incredulo.

– ?De donde salis, extrano fraile? Cualquier hombre de Dios sabe bien que los tiempos de las cruzadas ya pasaron. Esas colinas, esas torres…, ?esa es mi Tierra Santa! -anadio extendiendo el brazo en direccion a Siena.

– Entonces, ?me alegro sinceramente de no haber topado con viles intenciones!

El caballero no parecia convencido.

– ?Puedo preguntar que os trae a Siena, padre? -dijo frunciendo los ojos-. ?Que llevais en ese ataud?

– ?Nada!

– ?Nada? -El otro miro el cuerpo tirado en el suelo-. Me extrana que los Salimbeni sangren por nada. Seguro que ahi llevais algo valioso.

– ?En absoluto! -insistio el fraile, muy agitado aun para confiar en otro desconocido con demostradas habilidades asesinas-. En esta caja descansa uno de mis pobres hermanos, brutalmente desfigurado de una caida desde nuestro ventoso campanario hace tres dias. Debo entregarselo a mi senor…, eh…, a su familia de Siena esta noche.

Para alivio del fraile, el gesto del otro mudo la creciente hostilidad por la compasion, y no hizo mas preguntas sobre el ataud. En cambio, volvio la cabeza y miro inquieto camino abajo. Fray Lorenzo le siguio la mirada, pero no hallo otra cosa mas que el sol poniente, si bien la vista le recordo que, gracias a aquel joven, pagano o no, podia disfrutar del resto del dia y, Dios mediante, de muchos mas como ese.

– ?Primos! -bramo su redentor-, ?la mala fortuna de este desdichado fraile ha interrumpido nuestro ensayo de la carrera!

Solo entonces vio fray Lorenzo a otros cinco jinetes surgir del sol y, segun se aproximaban, entendio que se trataba de un punado de jovenes que practicaban algun deporte. Ninguno de los otros llevaba armadura, pero uno -casi un nino- portaba un reloj de arena. Cuando el chico vio el cadaver en la cuneta, el artilugio se le escapo de las manos, cayo al suelo y se partio por la mitad.

– Un mal augurio para nuestra carrera, primito -le dijo el caballero al muchacho-, aunque quiza nuestro santo amigo pueda deshacerlo con una oracion o dos. ?Que decis, padre? ?Podriais bendecir mi caballo?

Fray Lorenzo miro furioso a su redentor, creyendose victima de una broma, pero el otro, a la grupa de su caballo, tan comodo como cualquiera podria estarlo en una silla de su casa, parecia sincero. No obstante, al ver el ceno fruncido del monje, el joven sonrio y dijo:

– ?Da igual! No hay bendicion que valga a este jamelgo. Pero, decidme, antes de que partamos, si he salvado a amigo o enemigo.

– ?Nobilisimo maestro! -Avergonzado de haber pensado mal, siquiera un instante, del hombre que el Altisimo habia enviado a salvarle la vida, fray Lorenzo se levanto de un brinco y, con la mano en el pecho, anadio sumiso-: ?Os debo la vida! ?Que otra cosa podria ser sino vuestro devoto subdito para siempre?

– ?Hermosas palabras! Pero ?a quien favoreceis?

– ?Favorecer? -Fray Lorenzo los miro a todos, uno por uno, en busca de una pista.

– Si, ?por quien haceis campana en el Palio? -lo insto el muchacho al que se le habia caido el reloj de arena.

Seis pares de ojos se fruncieron mientras el fraile se esforzaba por articular una respuesta, mirando primero el pico dorado del casco empenachado del caballero, despues las alas negras de la banderola que llevaba sujeta a la lanza y, por ultimo, la enorme aguila que decoraba su peto.

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