que plasmeis sus rasgos en una pintura antes de que se pierdan para siempre.

– ?Dos dias? -se espanto Ambrogio, muy profesional-. ?Tanto tiempo lleva muerta? Mi querido amigo… -Sin esperar la aprobacion del monje, levanto la tapa del ataud para evaluar los danos, aunque, por fortuna, la joven del interior aun no habia sido victima de la muerte-. Parece que todavia tenemos tiempo -dijo gratamente sorprendido-. Aun asi, debo comenzar en seguida. ?Os ha sugerido vuestro patron algun motivo? Acostumbro a pintar una Virgen Maria de cintura para arriba; en este caso, incluire gratuitamente al Nino Jesus, dado que venis de tan lejos.

– Bien…, me quedo con la Virgen -respondio fray Lorenzo mirando nervioso a Romeo, que, arrodillado junto al ataud, admiraba a la joven muerta- y con Nuestro Senor Jesucristo, puesto que es gratis.

– Ahime! -clamo Romeo, ignorando la pose vigilante del monje-. ?Como puede Dios ser tan cruel?

– ?Deteneos! -grito fray Lorenzo, aunque ya era demasiado tarde: el joven le habia acariciado la mejilla a la muchacha.

– Una belleza asi jamas deberia morir -dijo con ternura-. Hasta la muerte reniega de su oficio esta noche. Mirad, aun no ha tenido sus labios de purpura.

– ?Cuidado! -advirtio fray Lorenzo, intentando cerrar la caja-. ?No sabeis la infeccion que portan esos labios.

– Si fuera mia -prosiguio Romeo, obstaculizando la voluntad del monje y obviando cualquier peligro-, la seguiria al paraiso y me la traeria de vuelta. O me quedaria alli con ella para siempre.

– Si, si, si -lo interrumpio fray Lorenzo, cerrando la caja a la fuerza, casi estampandola sobre la muneca del otro-, la muerte transforma a todos los hombres en extraordinarios amantes. ?Ojala hubieran sido tan apasionados cuando la dama aun vivia!

– Muy cierto, padre -asintio Romeo, levantandose al fin-. Bueno, ya he visto y oido bastantes miserias por una noche. Os dejo con vuestros tristes menesteres, yo ire a tomarme un vino a la salud de esta pobre alma. De hecho, creo que seran varios, por si el alcohol me lleva directo al paraiso y puedo conocerla alli en persona-Fray Lorenzo se abalanzo de pronto sobre el y le susurro furioso sin motivo aparente:

– ?Amarrad vuestra lengua, mi senor Romeo, no vaya a perderos!

El joven sonrio.

– …y presentarle mis respetos.

Hasta que salieron del taller todos los granujas y se extinguio por completo el sonido de los cascos de sus caballos, fray Lorenzo no volvio a levantar la tapa del ataud.

– Estais a salvo -dijo-. Podeis salir.

La joven abrio al fin los ojos y se incorporo, con las mejillas hundidas por el agotamiento.

– ?Dios todopoderoso!, ?que suerte de brujeria es esta? -exclamo espantado Ambrogio, persignandose con la mano del mortero.

– Os ruego, maestro, que nos escolteis al palazzo Tolomei -le imploro fray Lorenzo, ayudando a la joven a levantarse-. Esta joven dama es la sobrina de mi senor Tolomei, Giulietta. Ha sido victima de muchos males y debo ponerla a salvo cuanto antes. ?Podriais ayudarnos?

Ambrogio miro al monje y luego a la muchacha, tratando aun de digerir lo acontecido. A pesar del cansancio, la joven se mantenia erguida, su pelo alborotado, resplandeciente a la luz de la vela, sus ojos, tan azules como el cielo de un dia claro. Era, sin la menor duda, la creacion mas perfecta que habia contemplado jamas.

– ?Puedo preguntar que os ha impulsado a confiar en mi? -le pregunto al monje.

Fray Lorenzo senalo las pinturas que lo rodeaban.

– Un hombre que ve lo divino en las cosas mundanas, sin duda, es un hermano en Cristo.

El maestro miro tambien a su alrededor, pero no vio mas que botellas de vino vacias, obras inconclusas y retratos de personas que habian cambiado de opinion al ver la factura.

– Exagerais, aunque os lo agradezco -dijo meneando la cabeza-. No temais, os llevare al palazzo Tolomei, pero, primero, satisfaced mi descortes curiosidad y contadme que le acontecio a esta joven dama y por que se hacia pasar por muerta encerrada en ese ataud.

Por primera vez, Giulietta hablo, con una voz tan dulce y firme como tenso de dolor se mostraba su rostro.

– Hace tres dias -dijo-, los Salimbeni asaltaron mi casa. Mataron a todos los Tolomei (a mi padre, a mi madre y a mis hermanos) y a todos cuantos se interpusieron en su camino, salvo a este hombre, mi querido confesor, fray Lorenzo. Yo estaba confesandome en la capilla cuando tuvo lugar el asalto, si no tambien… -Aparto la mirada, presa de la desesperacion.

– Venimos en busca de proteccion -continuo el fraile-, y a contarle a mi senor Tolomei lo sucedido.

– Venimos en busca de venganza -lo corrigio Giulietta con los ojos muy abiertos, llenos de odio, y los punos cerrados apretados contra el pecho como para contener la ira-, y a destripar a ese monstruo de Salimbeni y colgarlo de sus propias entranas.

– Ejem… -la interrumpio el fraile-. Ejerceremos, por supuesto, el perdon cristiano…

Giulietta asintio con vehemencia, sin escucharlo, y prosiguio: ?y se las echaremos a los perros una por una!

– Os compadezco. Debeis de haber sufrido mucho… -confeso el maestro Ambrogio, deseando poder abrazar a la hermosa muchacha para consolarla.

– ?No he sufrido en absoluto! -Sus ojos azules perforaron el alma del pintor-. De modo que no os compadezcais de mi, limitaos a llevarnos a casa de mi tio sin mas interrogatorios. Por favor -anadio, mas serena, consciente de su arrebato.

Tras dejar a salvo al monje y a la muchacha en el palazzo Tolomei, el maestro Ambrogio volvio al taller en una especie de galopada. Nunca antes se habia sentido asi. Estaba enamorado, enfurecido…, todo a la vez. La inspiracion agitaba sus colosales alas en su cabeza y le desgarraba el pecho buscando un modo de escapar del continente mortal de aquel hombre de talento.

Desparramado en el suelo, eternamente confundido por el comportamiento humano,Dante miraba con un ojo medio inyectado en sangre como Ambrogio componia sus colores e iniciaba la plasmacion de los rasgos de Giulietta Tolomei sobre una pintura de una Virgen Maria hasta entonces descabezada. Tuvo que empezar por los ojos. En su taller, no habia habido hasta entonces un color tan fascinante; de hecho, aquella tonalidad no se encontraba en toda la ciudad, porque acababa de inventarla, presa de un frenesi casi febril, mientras la imagen de la joven seguia aun humeda en el lienzo de su mente.

Alentado por el resultado, no dudo en trazar el contorno del notable rostro que ocultaban aquellos llameantes riachuelos de pelo. Los trazos del artista eran rapidos y firmes; si la joven hubiese estado sentada ante el en ese preciso instante, posando para la eternidad, el artista no podria haber trabajado con mas vertiginoso acierto.

– ?Si! -Era lo unico que escapaba de su boca mientras, con avidez, casi con voracidad, devolvia a la vida aquellos rasgos arrebatadores.

Terminada la pintura, retrocedio varios pasos y al fin cogio el vaso de vino que se habia servido en una vida anterior, hacia cinco horas.

Justo entonces volvieron a llamar a la puerta.

– ?Calla! -le dijo aDante, amenazandolo con el dedo para que dejara de ladrar-.

Siempre supones lo peor. Quiza sea otro angel. -Sin embargo, al abrir la puerta y ver el demonio que le habia enviado el destino a tan intempestiva hora, supo que el perro tenia mas razon que el.

Fuera, a la luz titilante de la antorcha mural, se hallaba Romeo Marescotti, con su rostro enganosamente encantador partido en dos por una ebria sonrisa. Aparte de su reciente encuentro con el joven, Ambrogio conocia muy bien a Romeo desde hacia una semana, cuando todos los varones Marescotti se habian sentado ante el, uno por uno, para que sus rostros se incluyeran en un nuevo y formidable mural del palazzo Marescotti. El pater familias, el comandante Marescotti, buscaba una representacion de su clan que combinase pasado y presente, y en la que todos sus antepasados ilustres -mas unos cuantos menos ilustres- aparecieran en el centro, afanados, de algun modo, en la batalla de Montaperti, mientras los vivos flotaban en el cielo, vestidos y dispuestos como las Siete Virtudes. Para entretenimiento de todos, a Romeo le habia correspondido la menos ajustada a su caracter, con lo que el maestro Ambrogio se habia visto obligado a fundir pasado y presente aplicando habilmente los rasgos del mas infame playboy de Siena al principe apostado en el trono de la Castidad.

La castidad renacida aparto de un empujon a su benigno creador y entro en el taller buscando el ataud, que aun se encontraba -cerrado- en medio de la estancia. El joven no podia ocultar que ansiaba abrirlo y ver de nuevo el cuerpo que se ocultaba en su interior, pero, para ello, habria tenido que retirar la paleta del pintor y algunos

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