– Por supuesto, favorezco… ?al aguila? -contesto fray Lorenzo con precipitacion-. ?Si! A la gran aguila…, ?la reina del cielo!
Para su alivio, la respuesta fue recibida entre vitores.
– ?Entonces sois de los nuestros! -concluyo el caballero-. Me alegro de haberlo matado a el y no a vos. Venid, os escoltaremos hasta la ciudad. Por la puerta de Camollia no se permite el paso de carretas despues de la puesta del sol, asi que debemos darnos prisa.
– Vuestra amabilidad me abruma -declaro fray Lorenzo-. Os ruego que me digais vuestro nombre para que pueda bendeciros en todas mis oraciones de ahora en adelante.
El casco picudo descendio brevemente en un gesto de cordial asentimiento.
– Soy el Aguila, pero me llaman Romeo Marescotti.
– ?Marescotti es vuestro nombre mortal?
– ?Que mas da el nombre? El Aguila vive eternamente.
– Solo Dios puede otorgar la vida eterna -espeto fray Lorenzo, dejando que su cicateria natural eclipsara por un instante su gratitud.
El caballero sonrio.
– Asi pues -replico, sobre todo por divertir a sus companeros-, ?el aguila debe de ser el ave favorita de la Virgen!
Cuando Romeo y sus primos dejaron por fin al monje y su carreta en su destino de Siena, el atardecer se habia tornado en noche cerrada y un cauto silencio se habia apoderado del mundo. Puertas y ventanas se hallaban cerradas y vedadas a los demonios de la noche y, de no haber sido por la luna y algun transeunte ocasional portador de una antorcha, fray Lorenzo se habria perdido hacia tiempo en aquel laberinto de callejuelas empinadas.
Al preguntarle Romeo a quien iba a visitar, el monje habia mentido. Sabia de la cruenta enemistad entre los Tolomei y los Salimbeni y que, en la compania equivocada, podia resultar fatal admitir que habia viajado a Siena en busca del gran senor Tolomei. A pesar de su voluntad de ayudar, quien sabe como habrian reaccionado Romeo y sus primos, y que lascivas historias contarian a sus familias si averiguaban la verdad. De modo que fray Lorenzo les habia dicho que se dirigia al taller del maestro Ambrogio Lorenzetti, el otro unico nombre que podia relacionar con Siena.
Ambrogio Lorenzetti era un pintor, un autentico maestro, muy apreciado en todas partes por sus frescos y sus retratos. Fray Lorenzo no lo conocia en persona, pero recordaba que alguien le habia dicho que aquel gran hombre vivia en Siena. Al principio se lo habia nombrado a Romeo con cierta inquietud, pero, al ver que la mencion del artista no contrariaba al joven, oso suponer que su eleccion habia sido acertada.
– Bueno…, hemos llegado -dijo Romeo, deteniendo su caballo en una calle estrecha-. Es la puerta azul.
Fray Lorenzo miro alrededor, sorprendido de que el famoso pintor no viviese en un barrio mas atractivo. Habia basura e inmundicia por toda la calle, y gatos escualidos que lo observaban desde portales y rincones oscuros.
– Agradezco vuestra ayuda, caballeros -dijo apeandose de la carreta-. El cielo os compensara en su debido momento.
– Apartad, padre -replico Romeo, desmontando-, para que entremos ese ataud por vos.
– ?No! ?No lo toqueis! -Fray Lorenzo trato de interponerse entre Romeo y el ataud-. Ya me habeis ayudado bastante.
– ?Sandeces! -Romeo casi aparto al monje de un empujon-. ?Como pretendeis meterlo en la casa sin nuestra ayuda?
– No pretendo… ?Dios proveera! Me ayudara el maestro…
– Los pintores tienen cerebro, no musculos. -Esta vez Romeo lo aparto, pero lo hizo con delicadeza, consciente de que se enfrentaba a un oponente mas debil.
El unico que parecia desconocer su debilidad era el fraile.
– ?No! -exclamo, empenado en defender su cometido de protector unico del ataud-. Os ruego…, ?os ordeno que…!
– ?Vos me lo ordenais? -Romeo lo miro divertido-. No haceis mas que incrementar mi curiosidad. Acabo de salvaros la vida, padre. ?Como es que ya no os sirve mi amabilidad?
Al otro lado de la puerta azul, dentro del taller del maestro Ambrogio, el pintor se ocupaba en lo que solia ocuparse a esa hora del dia: mezclar y probar colores. La noche pertenecia al audaz, al loco, al artista -a menudo, uno y trino-, y era un momento excelente para trabajar porque todos sus clientes estaban en sus casas, comiendo y durmiendo como hacen los humanos, y no llamarian a su puerta hasta despues del amanecer.
Gozosamente ensimismado en su trabajo, el maestro Ambrogio no reparo en el alboroto de la calle hasta que su perro,
En ese preciso instante, alguien aporreo la puerta, y
– ?Calla! -le dijo Ambrogio al perro-. Mas vale que te escondas, por si es el cornudo el que intenta entrar. Lo conozco bastante mejor que tu.
Tan pronto como el maestro abrio la puerta, lo envolvio un remolino de voces agitadas que irrumpieron en su domicilio en medio de una acalorada discusion sobre no se que objeto que debia meterse alli.
– ?Decidles, mi buen hermano en Cristo… -lo insto el monje, sin resuello-, decidles que ya nos encargamos nosotros de esto!
– ?De que? -quiso saber el maestro Ambrogio.
– ?Del ataud del campanero muerto! -espeto otro-. ?Este!
– Me temo que os equivocais de casa -senalo el maestro-. Yo no he pedido nada.
– Os suplico que nos dejeis entrar -le imploro el monje-. Os lo explicare todo.
No tenia mas que hacerse a un lado, de modo que abrio la puerta de par en par y dejo que los jovenes metieran el ataud en su taller y lo depositaran en el suelo, en el centro de la estancia. No le extrano que el joven Romeo Marescotti y sus primos anduvieran -como de costumbre- metidos en algun lio; lo que le asombro fue la presencia del inquieto monje.
– Este es el ataud mas ligero que he cargado jamas -observo uno de los acompanantes de Romeo-. Vuestro campanero debia de ser muy delgado, fray Lorenzo. La proxima vez, procurad encontrar uno mas fuerte que aguante mejor en el ventoso campanario.
– ?Eso haremos! -exclamo fray Lorenzo con descortes impaciencia-. Gracias, caballeros, por vuestros servicios. Gracias, mi senor Romeo, por salvarnos la vida…, ?por salvarme la vida! Tomad…, ?un
La moneda quedo al aire un rato, sin que nadie la reclamase. Al final, fray Lorenzo volvio a metersela bajo el habito, con las orejas encendidas como ascuas avivadas por una rafaga de viento inesperada.
– Lo unico que pido -dijo Romeo, por fastidiar- es que nos mostreis lo que contiene ese ataud. Porque no es un monje, ni gordo ni delgado, de eso estoy seguro.
– ?No! -La inquietud de fray Lorenzo se transformo en panico-. ?No puedo permitirlo! ?Os juro, y pongo a la Virgen Maria por testigo, que si este ataud se abre, una debacle caera sobre todos nosotros!
Ambrogio penso que jamas habia reparado en los rasgos de una ave, de un gorrioncillo caido del nido, con sus plumas desgrenadas y sus ojitos aterrados… Eso parecia precisamente aquel joven fraile, acorralado por los gatos mas celebres de Siena.
– Vamos, padre -dijo Romeo-. Os he salvado la vida esta noche. ?Acaso no merezco vuestra confianza?
– Temo -tercio Ambrogio dirigiendose a fray Lorenzo- que tendreis que cumplir vuestra amenaza y dejar que la debacle caiga sobre todos nosotros. El honor asi lo exige.
El monje meneo la cabeza con vehemencia.
– Muy bien, lo abrire, pero permitidme que os lo explique primero… -Miro inquieto a un lado y a otro en busca de inspiracion, luego asintio con la cabeza y dijo-: Teneis razon, no hay ningun monje en ese ataud, pero si alguien igualmente sagrado: la unica hija de mi generoso patron, que… -se aclaro la garganta para imprimir veracidad a su voz- fallecio tragicamente hace dos dias. Mi senor me envia a vos, maestro, con el cuerpo de la joven difunta para
