pinceles humedos que descansaban ahora encima de la tapa.

– ?Habeis terminado ya la pintura? -pregunto en cambio-. Quiero verla.

Ambrogio cerro la puerta despacio, consciente de que su visitante habia bebido demasiado para guardar bien el equilibrio.

– ?Por que deseais ver la imagen de una joven muerta? Habra muchas vivas por ahi.

– Cierto -coincidio Romeo, detectando al fin la nueva incorporacion-, pero eso seria demasiado facil, ?no os parece? -Se acerco al retrato y lo examino con la mirada de un experto, no en arte, sino en mujeres. Al poco, asintio con la cabeza-: No esta mal. Bonitos ojos le habeis dado. ?Como habeis…?

– Os lo agradezco -intervino en seguida Ambrogio-, pero el verdadero artista es Dios. ?Mas vino?

– Claro. -Romeo tomo la copa y se sento en el ataud, evitando los pinceles humedos-. ?Que os parece si brindamos por vuestro amigo, Dios, y por todos los juegos a que nos somete?

– Es muy tarde -dijo Ambrogio, retirando la paleta para sentarse junto a Romeo-. Debeis de estar cansado, amigo mio.

Como atrapado por el retrato que tenia delante, Romeo no lograba apartar los ojos de el lo bastante para mirar al pintor. Cuando por fin hablo, lo hizo con una sinceridad novedosa, incluso para el.

– No estoy tan cansado como despierto. Me pregunto si alguna vez lo he estado tanto.

– Eso sucede a veces cuando estamos medio dormidos. Solo entonces abrimos de verdad los ojos del alma.

– Pero no estoy dormido, ni deseo estarlo. Nunca volvere a dormir. Creo que vendre todas las noches y me sentare aqui en lugar de dormir.

Sonriendo ante tan apasionada declaracion, privilegio envidiable de la juventud, Ambrogio contemplo su obra maestra.

– ?Os complace, pues?

– ?Complacerme? -dijo Romeo, casi ahogandose con la palabra-. ?La adoro!

– ?Honrariais un santuario asi?

– ?Acaso no soy un hombre? Sin embargo, como hombre, siento tambien una gran pena al ver tanta belleza desaprovechada. Ojala pudiera persuadirse a la muerte de que renunciara a ella.

– ?Entonces, que? -Ambrogio logro fruncir el ceno oportunamente-. ?Que hariais vos si esta angelical mujer viviera y respirara?

Romeo tomo aire, pero las palabras se le escaparon.

– No se… La amaria, obviamente. Se como amar a una mujer. He amado a muchas.

– Quiza sea preferible que no viva, pues me temo que esta requeriria un mayor esfuerzo. De hecho, imagino que, para cortejar a una dama asi, habria que entrar por la puerta principal, en lugar de esconderse bajo su balcon. -Al ver que el otro enmudecia de pronto y una pincelada de ocre recorria su noble rostro, Ambrogio prosiguio con mayor tranquilidad-: Una cosa es el deseo y otra el amor. Aunque estan relacionados, son cuestiones bien distintas. Para disfrutar de lo primero basta con poco mas que dulces palabras y un cambio de vestimenta; para lograr el ultimo, sin embargo, el hombre debe renunciar a su costilla. A cambio, la mujer deshara el pecado de Eva y lo devolvera al paraiso.

– Pero ?como sabe el hombre cuando debe renunciar a su costilla? A muchos amigos mios no les queda ninguna, y os aseguro que no han estado en el paraiso ni una sola vez.

La preocupacion visible en el rostro del joven hizo asentir con la cabeza a Ambrogio.

– Vos lo habeis dicho -reconocio-. Un hombre lo sabe; un muchacho, no.

Romeo rio a carcajadas.

– ?Os admiro! -exclamo, poniendole una mano en el hombro-. ?Teneis valor!

– ?Que tiene de extraordinario el valor? -replico el artista con mayor audacia una vez aprobado su papel de mentor-. Sospecho que esa virtud ha matado a mas hombres buenos que todos los vicios juntos.

Romeo rio de nuevo a carcajadas, como si no disfrutase a menudo de tan descarada oposicion, y el maestro descubrio inesperadamente que el joven le caia bien.

– A menudo -prosiguio Romeo, sin intencion de zanjar el tema-, oigo a los hombres decir que harian cualquier cosa por una mujer, pero, a la menor ocasion, protestan y se escabullen como perros.

– ?Y vos? ?Tambien os escabullis?

Romeo revelo una fila completa de dientes perfectos, asombroso para alguien con fama de liarse a punetazos donde quiera que fuese.

– No -respondio, aun sonriente-, tengo buen olfato para las mujeres que no piden mas de lo que quiero darles. Sin embargo, si existiera una mujer asi… -senalo el retrato con la cabeza-, me romperia gustoso todas las costillas por conquistarla. Mas aun, entraria por la puerta principal, como decis, y pediria su mano antes de tocarla siquiera. Y no solo eso, la convertiria en mi unica mujer y jamas volveria a mirar a otra. ?Lo juro! Mereceria la pena, lo se.

Complacido con lo que oia y queriendo creer que su obra habia logrado apartar al joven de sus libertinas costumbres, el maestro asintio con la cabeza, satisfecho en general del trabajo de aquella noche.

– La joven sin duda lo merece.

Romeo volvio la cabeza con los ojos entornados.

– Hablais como si aun viviera.

Ambrogio guardo silencio un instante y estudio el rostro del joven, tratando de averiguar la veracidad de su afirmacion.

– Giulietta se llama -confeso al fin-. Creo que vos, amigo mio, con vuestras caricias, la rescatasteis de la muerte anoche, pues, cuando salisteis para la taberna, vi su hermoso cuerpo alzarse por si solo del ataud…

Romeo se levanto de un brinco, como si ardiera de pronto el asiento.

– ?Que espeluznante afirmacion! ?No se si el temblor de mi brazo es de gozo o de miedo!

– ?Temeis las maquinaciones de los hombres?

– De los hombres, no; de Dios, mucho.

– Tranquilizaos entonces con lo que voy a deciros, pues no fue Dios quien la introdujo en este ataud, sino el monje fray Lorenzo, que temia por su seguridad.

Romeo se quedo boquiabierto.

– ?Insinuais que nunca ha estado muerta?

La expresion del joven hizo sonreir a Ambrogio.

– Siempre ha estado tan viva como vos.

Romeo se llevo las manos a la cabeza.

– ?Os burlais de mi! ?No os creo!

– Creed lo que querais -dijo el maestro, levantandose y retirando los pinceles-, o abrid el ataud.

Tras un instante de gran angustia, paseando de un lado a otro, Romeo se armo por fin de valor y abrio de golpe el ataud.

Al verlo vacio, en vez de alegrarse, miro al maestro con renovado recelo.

– ?Donde esta?

– No puedo deciroslo. Traicionaria la confianza que se ha depositado en mi.

– Pero ?vive?

Ambrogio se encogio de hombros.

– Vivia la ultima vez que la vi, en el umbral de la casa de su tio, despidiendose de mi.

– ?Quien es su tio?

– Repito que no puedo deciroslo.

Romeo se acerco un paso al maestro, retorciendose los dedos.

– ?Pretendeis que ronde todos los balcones de Siena hasta dar con la mujer que busco?

Dante se levanto en cuanto vio que el joven parecia amenazar a su dueno, pero, en lugar de grunirle una advertencia, echo la cabeza hacia atras y solto un largo y expresivo aullido.

– No creo que salga al balcon si la rondais -replico Ambrogio, inclinandose para darle una palmadita al perro-. No esta de humor para serenatas. Ni creo que vuelva a estarlo nunca.

– ?Por que me contais todo esto, entonces? -protesto Romeo, casi tumbando el caballete y el retrato de frustracion.

– Porque aflige a un artista ver a una paloma nivea coquetear con cuervos -respondio Ambrogio, divertido por la

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