Habia cierta gravedad, en el sentido literal del termino, en aquel conjunto arquitectonico -el del palacio y la torre-, como si la plaza entera sucumbiese bajo su peso. Rossini me habia dicho que, si lo dudaba, imaginase que soltaba una pelota en cualquier punto de la plaza. La pelota siempre terminaria rodando hacia el Palazzo Pubblico. La idea me fascinaba, quiza fuera el hecho de imaginarme una pelota botando por aquel adoquinado tan antiguo. O tal vez fuese el modo en que Rossini habia pronunciado las palabras, en un dramatico susurro, como un mago dirigiendose a unos ninos de cuatro anos.

Como cualquier otro organo de gobierno, elpalazzo habia ido creciendo con los anos. Desde sus origenes en forma de pequena sala de reuniones para nueve administradores, se habia convertido en una estructura formidable, por lo que entre en el patio interior sintiendome vigilada. No por nadie en particular, sino por las sombras perpetuas de generaciones preteritas, entregadas a la vida de aquella ciudad, de aquella pequena parcela de tierra, de aquel universo en si mismo.

Eva Maria Salimbeni me esperaba en el salon de la Paz, sentada en un banco en el centro de la estancia, mirando al aire, como si mantuviera una conversacion silenciosa con Dios. Sin embargo, en cuanto me vio entrar por la puerta se puso firme y esbozo una sonrisa de satisfaccion.

– ?Al final has venido! -exclamo, levantandose para besarme ambas mejillas-. Empezaba a preocuparme.

– Siento haberla hecho esperar. No me he dado cuenta de…

Su sonrisa invalidaba cualquier cosa que yo pudiera decir.

– Ya estas aqui, eso es lo que importa. Mira… -Senalo con un amplio barrido del brazo los enormes frescos que cubrian las paredes de la sala-. ?Habias visto algo tan esplendido? Nuestro gran maestro, Ambrogio Lorenzetti, los hizo a finales de la decada de 1330. Probablemente terminara este, el que hay sobre las puertas, en 1340. Se llamaEl buen gobierno.

Me volvi a mirar el fresco en cuestion. Cubria la pared, con lo que su realizacion debio de implicar el uso de un complejo andamiaje, y quiza de plataformas suspendidas del techo. En la mitad izquierda se veia una ciudad tranquila cuyos habitantes se ocupaban en sus asuntos cotidianos; la derecha era una amplia vista del campo que se extendia mas alla de los muros de la ciudad. Entonces cai en la cuenta y dije, desconcertada:

– ?Se refiere a…el maestro Ambrogio?

– Si, claro -asintio Eva Maria, en absoluto sorprendida de que me sonara el nombre-. Uno de los grandes. Pinto estas escenas para celebrar el fin de la rivalidad entre nuestras familias, los Tolomei y los Salimbeni. Por fin, en 1339, hubo paz.

– ?Ah, si? -Recorde a Giulietta y a fray Lorenzo huyendo de los bandidos de Salimbeni que los habian asaltado camino de Siena-. Me parece que, en 1340, nuestros ancestros aun estaban en guerra. En el campo, por lo menos.

Eva Maria esbozo una sonrisa criptica: o le agradaba que me hubiera tomado la molestia de informarme sobre la familia o la ofendia que osara contradecirla. Si se trataba de lo ultimo, tuvo la elegancia de reconocer que yo estaba en lo cierto.

– Tienes razon. La paz tuvo consecuencias inesperadas, como siempre que los burocratas intentan ayudarnos. Si alguien quiere zurrarse, no hay quien lo detenga -dijo alzando los brazos-. Si les prohibes que lo hagan en la ciudad, lo haran en el campo y, ahi fuera, se saldran con la suya. Al menos, en Siena, las peleas se detenian antes de que llegara la sangre al rio. ?Por que?

Me miro para ver si adivinaba la respuesta, pero ?como iba yo a saberlo?

– Porque en Siena siempre hemos tenido milicia -prosiguio agitando un dedo delante de mi nariz-, y para controlar a los Salimbeni y los Tolomei, los ciudadanos debian ser capaces de repartir sus tropas por las calles de la ciudad en cuestion de minutos -asintio convencida-. Creo que por eso la tradicion de las contradas sigue siendo tan solida hoy en dia: la dedicacion de la antigua milicia de los barrios fue lo que hizo posible la republica sienesa. Si se quiere atar corto a los malos, los buenos deben ir bien armados.

Sonrei con su conclusion, procurando que pareciera que no me iba nada en todo aquello. No era el momento de decirle que no creia en las armas y que sabia de buena tinta que los «buenos» no eran mejores que los malos.

– Precioso, ?no te parece? -prosiguio Eva Maria, senalando el fresco con la cabeza-. Una ciudad en paz consigo misma.

– Supongo -respondi-, aunque la gente no parece muy feliz, la verdad. Mire esa… -senale a una joven atrapada entre un punado de bailarinas-. Se la ve…, no se…, distraida.

– Quiza habia visto pasar al cortejo nupcial -propuso Eva Maria, senalando un tren de personas que seguian a lo que parecia una novia a caballo-. Tal vez le recordara a un amor perdido…

– Esta mirando el tambor -volvi a senalar-, o la pandereta, y las bailarinas parecen… malas. Fijese en como la atrapan con su baile. Ademas, una de ellas le mira el vientre. -Me volvi hacia Eva Maria, pero no supe interpretar su expresion-. O a lo mejor son imaginaciones mias.

– No -respondio serena-, es obvio que el maestro quiere que nos fijemos mas en ella. Las bailarinas de ese grupo son de mayor tamano que cualquier otra persona de esa pintura. Ademas, si te fijas bien, es la unica que lleva diadema en el pelo.

Force la vista y descubri que tenia razon.

– ?Quien era? ?Se sabe?

Eva Maria se encogio de hombros.

– Oficialmente, no, pero, entre nosotras… -Se inclino para susurrarme-. Yo creo que es tu antepasada. Se llamaba Giulietta Tolomei.

Me sorprendio tanto oirla decir ese nombre -el mio- y formular la misma idea que yo le habia formulado a Umberto por telefono que tarde un instante en hacerle la pregunta logica:

– ?Como demonios lo sabe? Que es mi antepasada, quiero decir…

Eva Maria estuvo a punto de echarse a reir.

– ?No es obvio? ?Por que, si no, iba a llamarte tu madre como ella? De hecho, ella misma me lo dijo: eres descendiente directa de Giulietta y Giannozza Tolomei.

Aunque me emocionaba oir aquello -expuesto con tanta contundencia-, me costaba digerir de golpe tanta informacion.

– No tenia ni idea de que hubiera conocido usted a mi madre -replique, preguntandome por que no me lo habria dicho antes.

– Vino a verme una vez, con tu padre. Antes de casarse. -Eva Maria hizo una pausa-. Era muy joven. Mas que tu. Dabamos una fiesta con un centenar de invitados, pero nos pasamos la velada hablando del maestro Ambrogio. Ellos me contaron todo lo que yo te cuento ahora. Tenian mucho interes en nuestras familias, sabian mucho de ellas. Fue una lastima lo que ocurrio.

Guardamos silencio un instante, sin movernos. Me miraba socarrona, como si supiera que me bullia en la cabeza una pregunta que no me atrevia a hacer: ?cual era su parentesco -si lo habia- con el malvado Luciano Salimbeni, y cuanto sabia de la muerte de mis padres?

– Tu padre creia -prosiguio sin darme tiempo a preguntar- que el maestro Ambrogio ocultaba una historia en esta pintura, una tragedia ocurrida en su epoca de la que no podia hablarse abiertamente. Mira… -senalo el fresco-, ?ves la pequena jaula de la ventana, arriba? ?Y si te dijera que ese edificio es el palazzo Salimbeni y que el hombre que ves dentro es el propio Salimbeni, entronado como un rey, mientras la gente se arrodilla a sus pies para pedirle dinero?

Note que, por alguna razon, la historia la entristecia y sonrei, decidida a no permitir que el pasado se interpusiera entre nosotras.

– No parece muy orgullosa de el.

Hizo una mueca.

– Ah, era un gran hombre, pero al maestro Ambrogio no le gustaba. ?No lo ves? Fijate…, una boda…, una joven triste bailando…, y luego un pajaro en una jaula. ?Que conclusion sacas? -Al ver que no respondia, miro por la ventana-. Tenia veintidos anos. Cuando me case con el. Con Salimbeni. El, sesenta y cuatro. ?Te parece viejo? -Me miro fijamente a los ojos, intentando leerme el pensamiento.

– No necesariamente -repuse-. Como sabe, mi madre…

– Pues a mi si -me interrumpio Eva Maria-. Pense que era muy viejo y moriria pronto. Pero era rico. Tengo una casa preciosa. Tienes que venir a verme.

Me desconcerto tanto su franqueza -y la posterior invitacion-que me limite a decir:

– Claro, encantada.

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