existencia.

En el instituto, gracias a Umberto, me obsesione con el mundo clasico, y mis fijaciones fueron el espartano Leonidas, el romano Escipion e incluso, un tiempo, el emperador Augusto, hasta que descubri su lado oscuro. Cuando empece la universidad, ya me habia retrotraido tanto en el tiempo que mi heroe era un cavernicola anonimo que habitaba la estepa rusa, mataba mamuts y tocaba melodias inolvidables con su flauta de hueso, bajo la luna llena, en soledad.

La unica que me hizo ver que todos mis novios tenian algo en comun fue, claro esta, Janice.

– Lastima que ya esten todos criando malvas -me dijo una noche que intentabamos dormirnos en una tienda de campana del jardin y habia conseguido sonsacarme uno a uno todos mis secretos a cambio de unos caramelos que en realidad eran mios.

– ?Eso no es cierto! ?Los famosos viven eternamente! -proteste, arrepentida de haberle confesado mis secretos.

A lo que Janice respondio con sorna:

– Puede, pero ?quien quiere besar a una momia?

Sin embargo, a pesar de mi hermana, no era fruto de mi imaginacion sino de la costumbre el cosquilleo que me producia la idea de acechar al fantasma de Romeo en su propio domicilio; para que nuestra hermosa relacion durase solo hacia falta una cosa: que siguiera muerto.

Eva Maria hacia los honores en la sala de conciertos, rodeada de hombres con traje oscuro y mujeres con vestidos deslumbrantes. Era una estancia de techos altos, decorada en tonos crema y rematada con toques dorados. Se habian dispuesto unas doscientas sillas para el publico, que, a juzgar por el numero de personas ya presentes, no tardarian en ser ocupadas. Al fondo afinaban sus instrumentos los miembros de una orquesta, y una mujer aparatosa vestida de rojo amenazaba con cantar. Como en casi toda Siena, no habia alli nada moderno que pudiera distraer, salvo algun que otro adolescente con calzado deportivo bajo los pantalones de pinzas.

En cuanto me vio entrar, Eva Maria me dedico una distinguida sena para que me agregara a su sequito. Al acercarme oi que me presentaba con inmerecidos superlativos y, poco despues, ya era amiguisima de algunos de los peces gordos de la cultura sienesa, entre ellos el presidente del banco Monte dei Paschi, en el palazzo Salimbeni.

– Monte dei Paschi es el maximo mecenas de las artes en Siena -me explico Eva Maria-. Nada de lo que ves a tu alrededor habria sido posible sin el respaldo financiero de la fundacion.

El presidente me miro sonriendo apenas, como su esposa, que estaba de pie a su lado, cogida de su brazo. Al igual que la de Eva Maria, su elegancia no tenia edad y, aunque yo me habia vestido para la ocasion, sus ojos me decian que me quedaba mucho por aprender. Incluso se lo susurro a su marido, o eso me parecio.

– A mi esposa le parece que no se lo cree usted -bromeo el presidente, con el acento y la entonacion dramatica de quien recita los versos de una cancion-. Quiza piensa que estamos demasiado… -tuvo que buscar la palabra- orgullosos de nosotros mismos.

– No necesariamente -dije con las mejillas encendidas por el constante escrutinio-. Me resulta… paradojico que la supervivencia de la casa de los Marescotti dependa de la buena voluntad de los Salimbeni, eso es todo.

El presidente valido mi argumento con un leve cabeceo, como confirmando el acierto de los superlativos de Eva.

– Paradojico, ciertamente.

– El mundo esta lleno de paradojas -dijo una voz a mi espalda.

– ?Alessandro! -exclamo el presidente, de pronto rebosante de audacia y jovialidad-. Ven a conocer a la signorina Tolomei. Esta siendo muy…dura con todos nosotros. Sobre todo contigo.

– Lo es, logicamente. -Alessandro me beso la mano con socarrona caballerosidad-. De lo contrario, jamas creeriamos que es una Tolomei. -Me miro fijamente a los ojos antes de soltarme la mano-. ?No es asi, senorita Jacobs?

Fue una situacion violenta. Obviamente no esperaba encontrarme alli, y su reaccion no nos favorecio a ninguno de los dos. Claro que no me extranaba que estuviese antipatico conmigo; al final no lo habia llamado despues de que viniera a verme al hotel hacia tres dias. Su tarjeta de visita se habia quedado tirada en mi escritorio como si estuviera maldita; esa misma manana la habia roto por la mitad y la habia tirado a la papelera, suponiendo que, si hubiera querido detenerme, ya lo habria hecho.

– Sandro, ?no te parece que Giulietta esta preciosa esta noche? -tercio Eva Maria, malinterpretando la tension que habia entre nosotros.

Alessandro se esforzo por sonreir.

– Cautivadora.

– Si, si -intervino el presidente-, pero ?quien guarda nuestro dinero si tu estas aqui?

– Los fantasmas de los Salimbeni -contesto Alessandro sin apartar la vista de mi-. Son formidablemente poderosos.

– ?Basta! -Aunque secretamente complacida por las palabras de su ahijado, Eva Maria se fingio cenuda y le atizo en el hombro con un programa enrollado-. Todos seremos fantasmas algun dia. Hoy celebramos la vida.

Despues del concierto, Eva Maria insistio en que fuesemos a cenar por ahi, los tres. Cuando empece a protestar, hizo sonar una tarjeta de cumpleanos y dijo que esa noche precisamente -«que pasaba otra pagina de la muy excelente y lamentable comedia de la vida»- su unico deseo era cenar en su restaurante favorito con dos de sus personas favoritas. Curiosamente, Alessandro no se opuso en absoluto. Al parecer, en Siena no estaba bien visto contradecir a las madrinas el dia de su cumpleanos.

El restaurante favorito de Eva Maria se encontraba en la via delle Campane, en los limites de la contrada del Aguila; su mesa favorita estaba situada sobre una plataforma exterior con vistas a una floristeria que cerraba ya sus puertas hasta el dia siguiente.

– Entonces, ?no te gusta la opera! -me dijo despues de pedir una botella de prosecco y un plato deantipasto.

– ?Claro que si! -proteste, incomoda, con el espacio justo para cruzar las piernas debajo de la mesa-. Me encanta la opera. El mayordomo de mi tia la escuchaba a todas horas. EspecialmenteAida. Solo que… se supone que Aida era una princesa etiope, no una cincuentona de tamano colosal. Lo siento.

Eva Maria rio con ganas.

– Haz lo que hace Sandro: cierra los ojos.

Mire de reojo a Alessandro. Se habia sentado detras de mi en el concierto, y habia notado que no me quitaba ojo de encima.

– ?Por que? La cantante sigue siendo la misma.

– ?Pero la voz proviene del alma! -arguyo Eva Maria por su ahijado, inclinandose-. Lo unico que tienes que hacer es escuchar y veras a Aida como es en realidad.

– ?Que amable! -Mire a Alessandro-. ?Eres siempre tan amable?

Alessandro no respondio. No tenia por que hacerlo.

– La magnanimidad es la mayor de las virtudes -prosiguio Eva Maria, probando el vino y juzgandolo digno de consumo-. Alejate de la gente mezquina, atrapada en almas pequenas.

– Segun el mayordomo de mi tia, la mayor de las virtudes es la belleza -dije-, aunque solia decir que la generosidad es una forma de belleza.

– La verdad es belleza; la belleza, verdad -proclamo al fin Alessandro-. Segun Keats. Viviendola asi, la vida es muy facil.

– ?Tu no la vives asi?

– No soy una urna.

Empece a reirme, pero el ni siquiera sonrio.

Aunque sin duda queria que fuesemos amigos, Eva Maria no era capaz de evitar intervenir.

– ?Hablanos mas de tu tia! -me insto-. ?Por que crees que nunca te dijo quien eras en realidad?

Mire a uno, luego al otro, y tuve la sensacion de que ya habian hablado de mi y no se habian puesto de acuerdo.

– No tengo ni idea. Creo que tenia miedo de que… O tal vez… -Baje la vista-. No se.

– En Siena, tu nombre significa mucho -confeso Alessandro, mirando su vaso de agua.

– ?Nombres, nombres, nombres! -suspiro Eva Maria-. Lo que no entiendo es por que tu tia…, ?Rose?…, nunca

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