– Si, de un ladron, pero de un ladron al que le dan mas de lo que quiere y, por eso, se considera mas generoso que codicioso, mas favorito que enemigo. Corregidme si me equivoco: sois un hombre al que nunca se le ha privado de nada. ?Como puede alguien asi tener penas?
Romeo combatio su mirada burlona con confianza.
– Ningun hombre ha sufrido jamas una tribulacion cuyo fin no deseara. No obstante, ?que peregrino rechaza cama y alimento en el camino? No me negueis el merito de mi viaje, pues, de no haber sido viajero, nunca habria atracado en vuestra orilla.
– ?Que exotica indigena puede retener a un hombre de mar? ?Que peregrino no se hastia con el tiempo de su comodo sillon y parte en busca de santuarios virgenes aun mas lejanos?
– Vuestras palabras no nos hacen justicia. Os ruego que no me tacheis de inconstante antes de saber siquiera mi nombre.
– Es mi naturaleza barbara.
– Yo no veo sino belleza.
– Entonces no me veis en absoluto.
Romeo le tomo la mano y la forzo a acariciarle la mejilla.
– Yo os vi, mi barbara, antes que vos a mi, aunque vos me oisteis a mi primero. Y asi podriamos haber vivido, nuestro amor disuelto por los sentidos, si esta noche la diosa Fortuna no os hubiera dado ojos a vos ni me hubiese concedido oidos a mi.
La joven fruncio el ceno.
– Vuestra poesia es misteriosa. ?Pretendeis que os entienda, o esperais que mi estupidez me haga creeros sabio?
– ?Por Dios! -exclamo Romeo-. ?La diosa Fortuna nos ha enganado! Os ha dado ojos pero os ha robado los oidos. Giulietta, ?no reconoceis la voz de vuestro caballero? -Le acaricio la mejilla como cuando ella aun se fingia muerta en aquel ataud-. ?No identificais sus caricias? -le susurro.
Durante un brevisimo instante, Giulietta se ablando y apoyo la mejilla en su mano, buscando el consuelo de su proximidad, pero cuando Romeo la creia rendida, lo sorprendio verla fruncir los ojos. En lugar de abrirle la puerta de su corazon -hasta entonces sospechosamente entornada-, retrocedio de pronto, apartandose de su mano.
– ?Embustero! ?Quien os manda para que jugueis conmigo?
El hizo un aspaviento de sorpresa.
– Dulce Giulietta…
Pero ella se negaba a escucharlo y se limito a apartarlo de si para que la dejase en paz.
– ?Iros! ?Marchad a reiros de mi con vuestros amigos!
– ?Os lo juro! -Romeo se mantuvo firme e intento tomarle las manos, pero ella no quiso darselas. A falta de algo mejor, la cogio por los hombros y la enderezo, desesperado por que escuchase lo que tenia que decirle-. Soy quien os salvo a fray Lorenzo y a vos de los asaltadores -insistio-, y entrasteis en esta ciudad bajo mi proteccion. Os vi despues en el taller del maestro, cuando yaciais en el ataud…
Mientras hablaba, vio que Giulietta abria mucho los ojos, de pronto consciente de que decia la verdad, pero, en lugar de manifestar gratitud, su semblante se lleno de angustia.
– Entiendo -dijo con voz tremula-. Supongo que habeis venido a cobraros vuestra deuda.
Solo entonces, al ver su temor, se le ocurrio a Romeo que habia sido un atrevimiento cogerla por los hombros de aquella manera y que eso le habria hecho dudar de sus intenciones. Maldiciendose por ser tan impulsivo, la solto despacio y retrocedio, confiando en que no huyera. Aquel encuentro no estaba saliendo como habia previsto, en absoluto. Llevaba muchas noches sonando con el momento en que Giulietta saldria al balcon, atraida por su serenata, y se llevaria las manos al pecho, admirada de su persona, si no de su cancion.
– He venido a oiros pronunciar mi nombre con vuestra dulce voz -confeso, rogandole perdon con la mirada-. Eso es todo.
Conmovida por su sinceridad, ella se atrevio a sonreir.
– Romeo. Romeo Marescotti -susurro-, bendito del cielo. Ea, ?que mas os debo?
A punto estuvo de acercarse de nuevo, pero logro contenerse y guardar las distancias.
– No me debeis nada, pero lo quiero todo. Os he estado buscando por toda la ciudad desde que descubri que estabais viva. Sabia que debia veros y… hablar con vos. Hasta he rogado a Dios… -Se interrumpio, avergonzado.
Giulietta le dedico una mirada larga, con los ojos llenos de asombro.
– ?Y que os ha contestado Dios?
Romeo no pudo contenerse mas; le tomo la mano y se la llevo a los labios.
– Me ha dicho que estabais hoy aqui, esperandome.
– Entonces debeis de ser la respuesta a mis plegarias. -Lo observo admirada mientras el le besaba la mano una y otra vez-. Esta misma manana, en misa, he pedido a Dios que me enviara a un hombre, un heroe, que pudiera vengar la cruenta muerte de los mios. Ahora entiendo que me equivocaba al pedir a alguien diferente, porque fuisteis vos quien acabo con el bandido del camino y quien me protegio desde el instante en que llegue. Si -afirmo, llevandose al rostro la otra mano de Romeo-, creo que vos sois ese heroe.
– Me honrais, Giulietta -dijo Romeo irguiendose-. Nada me agradaria mas que ser vuestro caballero.
– Bien -respondio ella-, pues hacedme un pequeno favor: buscad a ese bastardo de Salimbeni y hacedlo sufrir como el hizo sufrir a mi familia y, cuando acabeis con el, traedme su cabeza en una caja para que vague descabezado por los pasillos del purgatorio.
Romeo trago saliva pero logro asentir con la cabeza.
– Vuestros deseos son ordenes, angel mio. ?Me concedeis unos dias para esta tarea o deseais que sufra esta misma noche?
– Lo dejo a vuestra eleccion -contesto ella con donosa modestia-. Sois vos el experto en matar Salimbenis.
– Cuando termine -dijo Romeo cogiendole ambas manos-, ?me concedereis un beso por las molestias?
– Cuando termineis, os concedere lo que deseeis -respondio Giulietta, mirandolo mientras el le besaba las munecas, primero una, luego la otra.
III. III
Se diria que adorna el rostro de la noche como preciado colgante que portara una etiope.
La ciudad de Siena dormia, ajena a mi sufrimiento. Los callejones por los que corria aquella noche no eran sino oscuros riachuelos de silencio, y todo lo que dejaba atras -escuters, contenedores de basura, coches- se encontraba envuelto en el velo nebuloso de la luz de la luna, como si llevara cientos de anos hechizado en la misma posicion. Las fachadas de las casas se me antojaban igual de desdenosas: las puertas no tenian pomos y todas y cada una de las ventanas y contraventanas estaban cerradas a cal y canto. Ocurriera lo que ocurriese en las calles oscuras de aquella centenaria ciudad, sus habitantes no querian saberlo.
Al hacer una breve pausa, detecte que el tipo, oculto entre las sombras, habia empezado a correr tambien. Ni siquiera se molestaba en ocultar que me seguia; sus pasos eran pesados e irregulares, las suelas de sus zapatos aranaban los adoquines desiguales, y hasta cuando paraba a olfatear mi rastro, jadeaba con fuerza, como quien no esta habituado a hacer ejercicio. Aun asi, no conseguia despistarlo; por muy rapida y sigilosamente que me moviera, siempre daba conmigo y me seguia por todas las esquinas, casi como si pudiera leerme el pensamiento.
Con los pies destrozados de correr descalza por el adoquinado, enfile a trompicones un estrecho pasadizo al final de un callejon, confiando en encontrar una salida, o varias, al otro lado. Pero no la habia. Fui a parar a una calle cortada y termine rodeada de altos edificios. De hecho, no habia ni un muro ni una valla por los que pudiera trepar, ni un solo contenedor en el que pudiese esconderme, y mi unica defensa eran los tacones puntiagudos de mis zapatos.
