miro de nuevo, cogiendome por los hombros-. ?Cuanto me alegro de que hayas venido a verme!
– Lo que no entiendo es que llevo al maestro Ambrogio a ocultar estas cosas en la pared. O quiza no lo hizo el…, fue otra persona…
– ?No pienses tanto! -me advirtio Lippi-. Se te arruga la cara. -Hizo una pausa, asaltado por una subita inspiracion-. La proxima vez que vengas te pintare. ?Cuando vuelves? ?Manana?
– Maestro… -Sabia que debia aprovechar ese momento de lucidez-. Me preguntaba si podria quedarme aqui un poco mas. Por esta noche.
Me miro intrigado, como si fuese yo y no el quien mostraba indicios de demencia.
Senti la necesidad de explicarme.
– Hay alguien ahi fuera… No se que pasa. Ese tipo… -Menee la cabeza-. Le parecera una locura, pero me siguen, y no se por que.
– Ah -dijo Lippi. Con sumo cuidado, cubrio el retrato de Giulietta Tolomei y me condujo de nuevo al taller. Alli, me sento en una silla, me paso el vaso de vino, tomo asiento el tambien y me miro como el nino que espera que le cuenten un cuento-. Me parece que lo sabes. Dime por que te sigue.
En la hora siguiente se lo conte todo. No queria hacerlo, pero en cuanto empece a hablar ya no pude parar. Habia algo en el maestro y en su forma de mirarme -con los ojos brillantes de emocion, asintiendo con la cabeza de vez en cuando- que me hizo creer que tal vez podria ayudarme a descubrir lo que se ocultaba tras todo aquello, si es que se ocultaba algo.
Asi que le hable de mis padres y de los accidentes en los que habian perdido la vida, e insinue que un tal Luciano Salimbeni podria haber tenido algo que ver con su muerte. Despues pase a describirle el cofre de documentos de mi madre y el diario del maestro Ambrogio, y le hable de «los ojos de Julieta», el tesoro desconocido que me habia mencionado mi primo Peppo.
– ?Ha oido hablar de algo asi? -le pregunte a Lippi al verlo fruncir el ceno.
En vez de contestar, se levanto y alzo la cabeza como si escuchara una llamada distante. Cuando se puso en marcha, supe que debia seguirlo y pase tras el a otro cuarto, subi un tramo de escaleras y entre en una biblioteca alargada y estrecha forrada de viejas estanterias desvencijadas. Una vez alli, me limite a verlo ir de un lado a otro en busca -supuse- de algun libro concreto que no se dejaba encontrar. Tras localizarlo al fin, lo cogio y lo sostuvo en alto, triunfante.
– ?Sabia que lo habia visto en alguna parte!
Resulto ser una antigua enciclopedia de monstruos y tesoros legendarios -por lo visto, inseparables- y, mientras el maestro lo hojeaba, pude ver varias ilustraciones mas relacionadas con cuentos de hadas que con mi vida hasta la fecha.
– ?Ahi lo tienes! -exclamo, senalando entusiasmado una entrada-. ?Que te parece?
Incapaz de esperar a que volvieramos abajo, encendio una bamboleante lampara de pie y leyo el texto en voz alta con una entusiasta mezcla de italiano e ingles.
El texto venia a decir que «los ojos de Julieta» eran un par de zafiros etiopes grandisimos, originalmente llamados «los gemelos etiopes», que, al parecer, el senor Salimbeni de Siena habia comprado en 1340 como regalo de compromiso para su futura esposa, Giulietta Tolomei. Tras la tragica muerte de Giulietta, los zafiros habian pasado a ser los ojos de la estatua de oro que presidia su tumba.
– ?Escucha esto! -El maestro Lippi, emocionado, recorrio la pagina con el dedo-. ?Shakespeare tambien conocia la estatua! -Y paso a leer las siguientes lineas del final de
Cuando al fin termino de leer, Lippi me enseno la ilustracion y la reconoci de inmediato. La estatua representaba a un hombre y una mujer; el arrodillado, sosteniendola a ella en brazos. Salvo por algunos detalles, era identica a la estatua que mi madre habia intentado captar al menos una veintena de veces en el cuaderno que habia encontrado en su cofre.
– ?Cielo santo! -Me acerque para verla mejor-. ?Dice algo de donde esta la tumba?
– ?La tumba de quien?
– De Julieta, ?o deberia decir de Giulietta? -Senale el texto que acababa de leerme-. En el libro dice que se levanto una estatua de oro junto a la tumba, pero no
Lippi cerro el libro y lo coloco en la estanteria que tenia mas cerca.
– ?Para que quieres saberlo? -inquirio, de pronto agresivo-. ?Para llevarte los ojos? Sin ojos, ?como reconocera a su Romeo cuando vaya a despertarla?
– ?No quiero llevarmelos! -proteste-. Solo quiero… verlos.
– Bueno… -contesto el maestro, apagando la lampara bamboleante-, entonces tendras que hablar con Romeo. No se quien mas podria encontrarla. Pero ten cuidado. Hay muchos fantasmas por aqui, y no todos son tan amables como yo. -Se me acerco en la oscuridad, encontrando algun extrano placer en asustarme, y me susurro furioso-: ?La peste! ?Caiga la peste sobre vuestras dos familias!
– Ah, estupendo -dije-. Gracias.
Luego rio a carcajadas, dandose palmadas en las rodillas.
– ?Venga! ?No seas gallina! ?Te estoy tomando el pelo!
De nuevo abajo, tras varios vasos de vino, logre retomar el tema de «los ojos de Julieta».
– ?Que ha querido decir con que
– ?Lo sabe? -Lippi me miro perplejo-. No estoy seguro. Pero creo que deberias preguntarle. El sabe mas que yo de todo esto. Es joven. A mi se me olvidan las cosas.
Trate de sonreir.
– ?Habla de el como si estuviera vivo! El maestro se encogio de hombros.
– Va y viene. Siempre de madrugada…, se sienta ahi a contemplarla. -Miro hacia el almacen donde estaba el retrato de Giulietta-. Creo que aun la quiere. Por eso dejo la puerta abierta.
– Escuche -le dije, cogiendole la mano-, Romeo no existe. Ya no. ?De acuerdo?
El maestro me miro furioso, casi ofendido.
– ?Tu existes! ?Por que no iba a existir
– Si tuviera que hacerle unas preguntas a Romeo… -prosegui, tomando obediente otro sorbo-, ?como podria hacerlo? ?Donde puedo encontrarlo?
– Bueno… -dijo el maestro, meditando la pregunta-. Me temo que tendras que esperar a que te encuentre el. -Al verme decepcionada, se inclino sobre la mesa y escudrino mi rostro-. Aunque me parece que ya te ha encontrado -anadio-. Si, creo que si. Lo veo en tus ojos.
III. IV
Con las alas livianas de amor salte estos muros, pues que para el amor no hay limites de piedra.
Siena, 1340
Romeo paso la piedra por la hoja con movimientos largos y cautos. Llevaba un tiempo sin usar la espada y la hoja tenia restos de herrumbre que debia amolar antes de engrasarla. Solia hacerlo con la daga, pero se la habia clavado en la espalda a un salteador de caminos y, en un momento de distraccion impropia de el, habia olvidado
