mas sentido que mi madre se hubiera preocupado de rastrear nuestro linaje.
Mi habitacion seguia siendo un desastre, pero no me apetecia ordenar el equipaje aun. Al menos los cristales ya no estaban, y habian puesto una ventana nueva durante mi ausencia; si alguien mas queria colarse en mi cuarto esa noche, tendria que despertarme primero.
Desplegue el largo documento encima de la cama y pase un buen rato tratando de orientarme en aquella marana de nombres. No era un arbol genealogico normal, porque seguia nuestras raices solo por la rama femenina y se centraba unicamente en justificar la conexion entre la Giulietta de 1340 y yo.
Por fin nos encontre a Janice y a mi al final del documento, debajo de los nombres de nuestros padres:
Tras mi carcajada inicial al descubrir que el nombre de pila de Janice era en realidad
Y asi sucesivamente. La lista que habia entremedio era tan larga que podria haberla colgado de mi balcon a modo de escala. Era increible que alguien -o mejor dicho, decenas de personas a lo largo de los siglos- hubiera seguido tan diligentemente el rastro de nuestro linaje, partiendo de 1340, con Giulietta y su hermana Giannozza.
De cuando en cuando, aquellos dos nombres aparecian uno junto al otro en el arbol, aunque siempre con un apellido distinto, nunca Tolomei. Lo que me resulto mas interesante fue que, por lo visto, Eva Maria no estaba del todo en lo cierto al decirme que Giulietta Tolomei era mi antepasada, porque, segun el documento, las tres -mama, Janice y yo- descendiamos de la hermana de Giulietta, Giannozza, y su marido, Mariotto da Gambacorta. En cuanto a Giulietta, no habia constancia de que se hubiera casado con nadie, ni de que hubiera tenido hijos.
Presa de un presentimiento, deje de lado el documento y volvi a sumergirme en los otros. Sabiendo que mi antepasada era, en realidad, Giannozza Tolomei, valore mucho mas los fragmentos de las cartas que Giulietta le habia escrito y los comentarios ocasionales sobre su tranquila vida en el campo, lejos de Siena.
«Tienes suerte, querida, de que tu casa sea tan grande y a tu esposo le cueste tanto caminar» le habia escrito en una ocasion, y en otra: «?Ay, quien fuera tu, que puedes salir a tumbarte sobre el tomillo silvestre y disfrutar de una hora de paz…»
Al final me quede traspuesta y dormi profundamente un par de horas, hasta que me desperto un gran estruendo cuando aun era de noche.
Todavia algo ajena al mundo de los despiertos, tarde un momento en identificar aquel follon con el ruido de una moto atronando en la calle, bajo mi balcon.
Pase un rato tumbada, molesta por la falta de civismo de la juventud sienesa en general, y aun tarde un rato mas en percatarme de que aquello no era una pandilla, sino un solo motorista que intentaba llamar la atencion de alguien, y ese alguien, empece a temer, era yo.
Me asome por la rendija de la persiana, pero no se veia la calle. Mientras estaba de pie intentando ver algo, empece a oir ruido a mi alrededor, dentro del hotel. Al parecer, los otros huespedes se habian despertado tambien, y subian de golpe las persianas para ver que demonios estaba ocurriendo.
Animada por el alboroto colectivo, abri las puertas de mi balcon para asomarme y entonces lo vi por fin; era, sin duda, el motorista que me perseguia, que dibujaba ochos perfectos a la luz de una farola. Estaba convencida de que se trataba del mismo tio que me habia seguido dos veces -una para salvarme de Bruno Carrera y la otra para mirarme a traves de la puerta de cristal del cafe de Malena-, porque iba de negro, con la visera bajada, y yo en mi vida habia visto otra moto como aquella.
De pronto volvio la cabeza y me vio en el balcon. El ruido del motor se redujo a un mero ronroneo, casi sofocado por los alaridos de otros huespedes asomados a las ventanas y los balcones del hotel Chiusarelli. A el, sin embargo, le dio igual. Se llevo la mano al bolsillo, saco un objeto redondo y, cogiendo impulso, me lo lanzo al balcon con asombrosa punteria.
Aterrizo a mis pies con un extrano sonido esponjoso e incluso boto ligeramente y rodo antes de detenerse. Sin mediar otra comunicacion, mi misterioso amigo acelero a fondo la Ducati, que estuvo a punto de encabritarse y tirarlo. Segundos despues, doblaba la esquina y desaparecia y, de no haber sido por los otros huespedes, que refunfunaban o reian, la noche habria sido de nuevo tranquila.
Me quede quieta un momento, mirando el proyectil, hasta que al fin me atrevi a cogerlo; volvi a la habitacion y cerre la puerta del balcon. Tras encender las luces, descubri que se trataba de una pelota de tenis envuelta en un papel sujeto con gomas. El papel resulto ser un mensaje manuscrito por una mano fuerte y segura en el rojo intenso de las cartas de amor y de las notas de suicidio. Decia lo siguiente:
V. I
No solo desciendo al lecho de la muerte para volver a contemplar el rostro de mi amada sino para rescatar de sus dedos sin vida un anillo preciado.
Siena, 1340
La noche del fatidico Palio, el cuerpo del joven Tebaldo se expuso en la iglesia de San Cristobal, al otro lado de la
Todas las mujeres de la familia Tolomei estaban reunidas en la iglesia de San Cristobal esa noche, planendo y rezando con la madre de Tebaldo, mientras los hombres iban de la iglesia al
Decia mucho de ella que lamentase tanto la perdida de un primo con el que jamas habia intercambiado una sola palabra; las lagrimas que Giulietta derramo esa noche se entremezclaron con las de sus primas y su tia como rios que desembocaran con fuerza en el mismo mar, y fueron tan abundantes que nadie se preocupo de averiguar su verdadero origen.
– Supongo que lo sientes
Alli sentada, sola y triste, se vio tentada de probar a huir de San Cristobal a pie. Aunque no tenia dinero ni nadie que la protegiera, con la ayuda de Dios quiza lograra llegar hasta el taller del maestro Ambrogio. No obstante, las calles de la ciudad estaban plagadas de soldados que buscaban a Romeo, y un punado de guardias custodiaba la entrada al templo. Solo un angel -o un espiritu- podria pasar por delante de ellos sin ser visto.
Poco despues de medianoche, Giulietta alzo la vista del regazo y vio a fray Lorenzo hacer la ronda de las dolientes. Le extrano, porque habia oido decir que un franciscano habia ayudado -supuestamente- a Romeo a
