todo aquel que se opusiera. Sin embargo, para inmenso alivio de Giulietta, cuando los guardias volvieron al palco despues de una hora, tan solo traian un caballo espumante, el estandarte del Aguila y elcencio. De Romeo Marescotti no quedaba rastro. Por mas que habian preguntado, la respuesta habia sido siempre la misma: nadie lo habia visto salir de la piazza.

Solo cuando empezaron a ir de casa en casa, un pobre hombre -por salvar a su esposa y a sus hijas de aquellos bandidos uniformados- confeso haber oido decir que Romeo habia escapado por un acueducto subterraneo en compania de un joven fraile franciscano.

Cuando Giulietta se lo oyo comentar a los criados por la noche, dio gracias a la Virgen. No le cabia duda de que el franciscano era fray Lorenzo, y lo conocia lo bastante como para estar segura de que haria todo lo posible por salvar al hombre al que sabia que ella amaba.

IV. V

?Menudo hombre es! A su lado Romeo es una insignificancia. Ni el aguila, senora, tiene ojos tan verdes, tan vivos, como Varis.

El banco Monte dei Paschi, oscuro y vacio fuera de horario, nos recibio con un balsamico silencio. Alessandro me habia preguntado si me importaba que parasemos un momento antes de ir a cenar, y yo, claro esta, le habia contestado que no. De pronto, mientras subia con el la escalera, empece a preguntarme adonde me llevaba exactamente y por que.

– Tu primero… -Abrio una robusta puerta de caoba y espero a que entrara en lo que resulto ser una enorme oficina esquinera-. Dame un minuto. -Encendio una lampara y se metio en un cuarto trasero, dejando la puerta entreabierta-. ?No toques nada!

Eche un vistazo a los lujosos sillones y al imponente escritorio con su extraordinaria silla. El despacho apenas mostraba signos de uso. El archivador que ocupaba solitario la mesa parecia haber sido colocado alli para aparentar. La unica decoracion de las paredes eran las ventanas que daban a la piazza Salimbeni; no habia efectos personales como diplomas o fotos por ninguna parte, ni nada mas que identificara a su propietario. Acababa de pasar un dedo por la mesa para palpar el polvo cuando salio Alessandro abotonandose una camisa.

– ?Cuidado! -dijo-. ?Esos escritorios matan a mas personas que cualquier arma!

– ?Este es tu despacho? -pregunte como una boba.

– Lo siento… -Cogio una chaqueta de una silla-. Se que prefieres el sotano. Para mi… -miro sin entusiasmo la opulenta decoracion-, esta es la verdadera camara de tortura.

De nuevo fuera, se detuvo en medio de la piazza Salimbeni y me miro con socarroneria.

– Bueno, ?adonde me llevas?

Me encogi de hombros.

– Me gustaria ver donde cenan los Salimbeni.

Su sonrisa se desvanecio.

– No lo creo. Salvo que quieras pasar el resto del dia con Eva Maria. -Al ver que no, anadio-: ?Por que no vamos a otro lado? ?A algun sitio de tu barrio?

– Pero no conozco a nadie de la contrada de la Lechuza -proteste-, salvo a mi primo Peppo. No tendria ni idea de donde comer.

– Bueno. -Empezo a caminar-. Asi no nos molestara nadie.

Terminamos en la Taverna di Ceceo, a la vuelta de la esquina del museo de la Lechuza. Era un local pequeno y bullicioso, fuera de la ruta turistica, frecuentado por gente del barrio. Todos los platos -algunos servidos en recipientes de barro- tenian aspecto de comida casera. Al echar un vistazo alrededor, no vi ningun experimento culinario, ningun plato medio vacio decorado con hierbas por los bordes; alli se servian buenas raciones y las especias estaban donde debian: mezcladas con los alimentos.

En la mayoria de las mesas habia cinco o seis personas, todas riendo y charlando animadamente, sin preocuparse en absoluto por alborotar mucho o manchar los manteles. Entonces entendi por que Alessandro habia querido ir a algun sitio donde nadie lo conociera: a juzgar por el modo en que la gente se reunia alli con sus amigos -invitando a todo el mundo a unirse a ellos y armando bulla si se negaban-, debia de ser dificil disfrutar de una cena tranquila para dos en Siena. Cuando pasamos delante de todos ellos para instalarnos en un rincon apartado, observe que Alessandro se sentia visiblemente aliviado de no conocer a nadie.

En cuanto nos sentamos, se metio la mano en el bolsillo de la chaqueta, saco la daga de Romeo y la puso sobre la mesa, entre ambos.

– Parece que te debo una disculpa -dijo, pronunciando muy despacio esas inusuales palabras.

– Bueno, bueno… -respondi ocultando tras la carta mi sonrisa de satisfaccion-, tampoco te emociones. Ya has visto mi expediente. Aun soy una amenaza para la sociedad.

Pero todavia no estaba preparado para reirse de aquello, y se hizo un silencio incomodo durante el que fingimos estudiar la carta y toqueteamos la daga por turnos.

Hasta que tuvimos una botella de prosecco y un plato deantipasto delante, no sonrio -como pidiendo disculpas, eso si- y alzo su copa.

– Espero que esta vez lo disfrutes mas. El mismo vino, una botella distinta.

– Si llego al primer plato, sera un triunfo -dije brindando con el-. Y si despues puedo evitar huir descalza por las calles, seguro que esta noche supera con creces la anterior.

Hizo una mueca.

– ?Por que no volviste al restaurante?

– Lo siento, pero el maton de mi amigo Bruno era mucho mejor compania que tu -rei-. Al menos el siempre ha creido que soy Giulietta.

Alessandro miro hacia otro lado y pense que quiza solo yo le veia la gracia a la situacion. Sabia que tenia sentido del humor -y sarcasmo de sobra-, pero en ese momento, obviamente, no le apetecia que le recordasen su conducta tan poco caballerosa.

– A los trece -dijo al fin, recostandose en el asiento-, pase un verano con mis abuelos en Siena. Tenian una granja preciosa: vinedos, caballos, agua corriente… Un dia los visito una mujer norteamericana, Diane Tolomei, con sus dos hijas, Giulietta y Giannozza…

– ?Un momento! -lo interrumpi-. ?Te refieres a mi?

Me dedico una sonrisa rara, de medio lado.

– Si. Llevabas un…, ?como se dice?…, un panal. -Ignorando mis protestas, prosiguio-: Mi abuela me pidio que jugara con vosotras mientras ellas hablaban, asi que os lleve al establo para ensenaros los caballos. Tu te asustaste y te caiste sobre un bieldo…, fue espantoso. -Meneo la cabeza, reviviendo aquel momento-. Berreabas y sangrabas muchisimo. Te lleve hasta la cocina, pero no parabas de llorar y patalear, y tu madre me miro como si te hubiera torturado a proposito. Por suerte, mi abuela ya sabia que hacer: te dio un helado grande y te cosio el corte como se los habia cosido a todos sus hijos y sus nietos montones de veces. -Tomo un sorbo de prosecco antes de seguir-. Dos semanas despues, mis padres leyeron en el periodico que Diane Tolomei habia muerto en un accidente de coche, junto con sus pequenas. Se sintieron desolados. -Alzo la mirada y me miro al fin-. Por eso no creia que fueras Giulietta Tolomei.

Estuvimos un rato mirandonos, sin mas. Era una historia triste para los dos, pero, a la vez, habia algo agridulce e irresistible en la idea de que nos hubieramos conocido antes, de ninos.

– Es cierto que mi madre murio en un accidente -dije con tristeza-, pero no ibamos con ella ese dia. El periodico se equivoco. En cuanto a lo del bieldo -prosegui, mas alegre-, agradezco que me cuentes lo que ocurrio. No te haces a la idea de lo inquietante que resulta tener una cicatriz y no saber de que es.

Alessandro me miro incredulo.

– ?Aun tienes la cicatriz?

– ?Por supuesto! -Me subi la falda y le ensene la marca blanca del muslo-. Fea, ?eh? Por lo menos ahora se a quien culpar.

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