– Cuidado. No voy a preguntarte quien te ha dicho eso. ?Acierto al suponer que no tienes intencion de contarles nada mas a estos agentes? -Me miro un segundo para confirmarlo, luego siguio-: En ese caso, te sugiero que te finjas traumatizada para que podamos salir de aqui. Ya te han pedido dos veces el numero de la seguridad social.
– Si no me equivoco -le susurre-, ?has sido tu el que me ha traido aqui!
– Y ahora te voy a sacar. -Me paso el brazo por el hombro y me acaricio el pelo como si necesitara consuelo-. No te preocupes por Peppo, se pondra bien.
Siguiendole el juego, me recoste en su hombro y proferi un suspiro hondo y lloroso que casi parecio autentico. Al verme tan compungida, los agentes se retiraron y nos dejaron solos; cinco minutos despues saliamos juntos de la comisaria.
– Buen trabajo -me dijo Alessandro en cuanto nos hubimos alejado un poco.
– Lo mismo digo. Aunque… no he tenido un buen dia, y no estoy para fiestas.
Se detuvo y me miro, algo cenudo.
– Al menos ahora ya sabes quien te ha estado siguiendo. ?No era eso lo que querias cuando has venido a verme esta tarde?
Habia anochecido mientras estabamos en la comisaria, pero el aire aun era calido y las farolas lo iluminaban todo con una luz tenue y amarillenta. De no ser por las vespas que pasaban disparadas en todas las direcciones, la
– ?Que significa
Alessandro se metio las manos en los bolsillos y empezo a caminar.
– He supuesto que si les decia que eras mi novia dejarian de pedirte el numero de la seguridad social ?Y el telefono!
Rei.
– ?Y no les ha extranado que Julieta salga con un Salimbeni?
Alessandro sonrio, pero note que la pregunta le habia molestado.
– Me temo que en las comisarias italianas no se ensena a Shakespeare.
Caminamos en silencio un rato, sin rumbo. Lo logico habria sido que nos despidieramos, pero no me apetecia retirarme aun, no solo porque Bruno Carrera bien podria estar esperandome en la habitacion del hotel a mi regreso, sino porque estaba a gusto con Alessandro.
– ?Seria este un buen momento para darte las gracias? -le pregunte.
– ?Ahora? -Se miro el reloj-.
– ?Te apetece ir a cenar? Te invito.
Mi propuesta le hizo gracia.
– Claro. Salvo que prefieras esperar a Romeo en tu balcon.
– Por mi balcon se ha colado alguien, ?recuerdas?
– Ya. -Fruncio ligeramente los ojos-. Quieres que te proteja.
Estuve a punto de soltarle una groseria, pero me di cuenta de que no me apetecia hacerlo. Lo cierto era que, con todo lo que habia pasado y lo que podia pasar aun, nada me habria gustado mas que tener a Alessandro a mi lado -armado- durante el resto de mi estancia en Siena.
– Bueno…, digamos que no me molestaria que lo hicieras -dije tragandome el orgullo.
IV. IV
Tu estas enamorado. Toma alas de Cupido y empinate hasta donde puedas.
Siena, 1340
Era el dia del Palio y el pueblo de Siena flotaba radiante en un oceano de canciones. Todas las calles se tornaban en rios, las
La oleada de devotos ya habia reventado las compuertas de la ciudad y habia chorreado por el campo hasta Fontebecci, unos kilometros al norte de Porta Camollia, donde un mar creciente de cabezas presenciaba con atencion la salida de los quince jinetes participantes, enfundados en su uniforme de campana y dispuestos a honrar con un vistoso despliegue de hombria a la Virgen recien coronada.
Al maestro Ambrogio le habia llevado buena parte de la manana salir de la ciudad, abriendose paso a codazos entre la muchedumbre. De haberse sentido un poco menos culpable, habria dado media vuelta un millar de veces antes de llegar siquiera a Fontebecci. Pero no podia. ?Cuan desdichado se sentia esa manana! ?Cuan desafortunada habia resultado su intervencion en los asuntos de aquellos dos jovenes! Si no se hubiera empenado en juntar belleza con belleza por el bien de la belleza misma, Romeo jamas habria sabido que Giulietta vivia y ella no se habria contagiado de su pasion.
Cuan extrano era que la devocion de un artista por la belleza pudiera tornarse en punible tan facilmente. Cuan cruel la diosa Fortuna por darle a un anciano una leccion a costa de la dicha de dos jovenes amantes. ?Acaso se equivocaba al tratar de justificar su delito con sus ideales? ?Seria su mera humanidad, y solo eso, lo que habia condenado a los amantes desde el principio? ?Podria ser que hubiese transferido su propio deseo enfermizo al admirable cuerpo de Romeo y que todo su empeno en la feliz union de los jovenes no fuese sino una forma de ganarse el acceso indirecto al lecho nupcial de Giulietta Tolomei?
El maestro no era dado a los acertijos misticos, salvo que fuesen parte de una pintura debidamente retribuida, pero de pronto se le ocurrio que la leve nausea que le producia el verse como lascivo titiritero debia aproximarse a lo que Dios sentia cada minuto del dia. Si es que sentia algo. A fin de cuentas, era un ser divino y era logico pensar que la divinidad lo privara de emociones. Si no, compadecia sinceramente a Dios, porque la historia de la humanidad no era sino un infinito valle de lagrimas.
Con la Virgen Maria era distinto. Ella habia sido humana y comprendia el sufrimiento de los mortales. Era ella quien escuchaba siempre las aflicciones de uno y se encargaba de que Dios enviara sus rayos en la direccion correcta. Como la esposa de un hombre poderoso, era ella quien lo cautivaba y lo camelaba, la que sabia como llegar a su divino corazon. Era a ella a quien Siena habia entregado sus llaves, ella la que sentia especial devocion por los sieneses y los protegeria de sus enemigos como una madre protege al pequeno que se ampara en sus brazos ante el acoso de sus hermanos mayores.
El aire de inminente apocalipsis del maestro no se reflejaba en los rostros de quienes iba apartando en su afan por llegar a Fontebecci antes de que comenzase la carrera. Estaban de fiesta y nadie tenia especial urgencia por avanzar; mientras lograran apostarse en el camino despejado, no habria necesidad de recorrerse el estado entero hasta Fontebecci. Habria cosas curiosas que ver en el punto de partida-las tiendas de campana, las multiples salidas falsas y las familias nobles de los jovenes participantes-, pero ?que espectaculo podia ser mas interesante que el estrepito de los quince caballos de batalla al galope?
Cuando por fin llego, Ambrogio fue directo hacia los colores del aguila de Marescotti. Romeo habia salido ya de la tienda amarilla, rodeado por los hombres de su familia, entre los que escaseaban las sonrisas. Incluso el comandante Marescotti, conocido por sus frecuentes palabras de aliento hasta en las situaciones mas desesperadas, parecia un soldado consciente de que se le habia tendido una emboscada. Fue el quien sujeto el caballo mientras Romeo montaba y el unico que abordo a su hijo directamente.
– No temas -lo oyo decirle, ajustando la armadura que cubria el rostro de la fiera-, aunque parezca un angel, correra como un demonio.
Romeo se limito a asentir con la cabeza, demasiado nervioso para hablar, y cogio la lanza con la bandera del aguila que le entregaban. Tendria que empunarla todo el camino y, si la Virgen asi lo queria, la canjearia por el
