humanidad vuestras simpatias en este asunto!
Cuando Romeo callo al fin, ningun hombre lo miraba. Algunos se mostraron estupefactos por la blasfemia, otros avergonzados de ver a Marescotti forjar un trato tan egoista y tan singular con la Virgen Maria, pero la mayor parte simplemente sintieron lastima de su padre, el comandante Marescotti, un hombre admirado en todas partes. A ojos de la mayoria, ya fuera por intervencion divina tras semejante profanacion o por necesidades de la politica humana, el joven Marescotti no sobreviviria al Palio.
IV. III
?Si! ?Si! ?Un rasguno! ?Nada mas! ?Suficiente! ?Donde esta mi paje? Corre, tu…, un medico.
Al salir del museo de la Lechuza me senti descorazonada. Por una parte, me aliviaba que el
De camino al hotel, mas de una vez me vi tentada de regresar para reclamar mis tesoros. Logre resistir la tentacion porque sabia que la satisfaccion de recuperarlos pronto se veria eclipsada por el temor a que les ocurriera algo. ?Quien podia asegurar que estuvieran mas seguros en la caja fuerte del director Rossini que en la de Peppo? A fin de cuentas, el maton sabia donde me alojaba -?como, si no, iba a desvalijarme la habitacion?-, y tarde o temprano averiguaria donde escondia mis cosas.
Creo que me pare en medio de la calle. Hasta ese momento no se me habia ocurrido que volver al hotel era lo menos inteligente que podia hacer, aun sin llevar encima mis tesoros. Obviamente, el maton estaria esperando que hiciera eso. Ademas, despues de nuestro particular juego del escondite en el archivo de la universidad, probablemente no estuviera de buen humor.
Tendria que cambiar de hotel, y tendria que hacerlo sin dejar rastro. O quiza aquello fuera una senal para que cogiera el primer avion de vuelta a Virginia.
No, no podia rendirme, ahora que por fin estaba consiguiendo algo. Cambiaria de hotel, quiza esa misma noche, cuando oscureciera. Me haria invisible, sagaz, perversa. Esta vez Juliet se echaria a las trincheras.
Habia una comisaria de policia en la misma calle del hotel. Me quede a la puerta un rato, viendo entrar y salir a los agentes, y preguntandome si seria buena idea que me diese a conocer a las fuerzas del orden locales y me arriesgara a que descubriesen mi doble identidad. Al final, decidi que no. Por mi experiencia en Roma y Copenhague, sabia que los agentes de policia son como los periodistas: te escuchan, pero prefieren inventarselo todo.
Asi que opte por regresar al centro, volviendome cada diez pasos para ver si me seguian y pensando en cual seria mi estrategia a partir de entonces. Incluso entre en el banco del palazzo Tolomei, por si el presidente Maconi tenia tiempo para recibirme y aconsejarme; por desgracia, no fue asi, pero la cajera de las gafas de montura fina - de repente amiguisima mia- me aseguro que estaria encantado de atenderme cuando volviera de sus vacaciones en el lago Como dentro de diez dias.
Desde mi llegada a Siena, habia pasado varias veces por la imponente entrada principal de Monte dei Paschi, y siempre habia apretado el paso para alejarme de la fortaleza de los Salimbeni sin ser vista; incluso agachaba la cabeza, por si el despacho del jefe de seguridad daba al Corso.
Pero ese dia fue distinto. Ese dia cogi el toro por los cuernos y le di una buena sacudida. Me acerque al portal gotico y entre, asegurandome de que las camaras de seguridad captaban bien mi nueva actitud.
Para ser un edificio incendiado por familias rivales -entre ellas, la mia-, destrozado por una turba furiosa, reconstruido varias veces por sus propietarios, confiscado por el gobierno y resurgido finalmente como entidad financiera en 1472 -lo que lo convertia en el banco mas antiguo del mundo-, el palazzo Salimbeni era un lugar excepcionalmente tranquilo. En su interior convivian respetuosamente lo medieval y lo moderno, de forma que, al acercarme a la recepcion, tuve la sensacion de que pasado y presente se fundian en torno a mi persona.
El recepcionista estaba al telefono, pero cubrio el auricular con una mano para preguntarme -primero en italiano, luego en ingles- a quien habia ido a ver. Cuando le dije que era amiga del jefe de seguridad y que tenia un asunto urgente que tratar con el, el hombre sonrio y me dijo que encontraria lo que buscaba en el sotano.
Gratamente sorprendida de que me dejase pasar sin mas, sin escolta y sin anunciarme, empece a bajar la escalera con fingida indiferencia, mientras una legion de mariposas me revoloteaba en el estomago. Habian permanecido inmoviles mientras huia veloz del maton del chandal unas horas antes, y ahora se desmadraban porque iba a ver a Alessandro.
Lo cierto era que, cuando lo habia dejado en el restaurante la noche anterior, no habia albergado deseo alguno de volver a verlo, sinceramente. La sensacion, estaba segura, era mutua. Sin embargo, alli iba yo, directa a su despacho sin otra razon que el instinto. Janice solia decir que el instinto era la logica de las emergencias; yo no lo tenia tan claro. Mi logica me decia que era muy improbable que Alessandro y los Salimbeni tuvieran nada que ver con todo lo que me estaba pasando, pero mi instinto me aconsejaba que podia contar con el, aunque solo fuera para que me dejase claro lo mal que le caia.
Al bajar al sotano note el aire bastante mas frio y, de pronto, las paredes me parecieron mas toscas y estropeadas, restos de la estructura original del edificio. En la Edad Media, aquellos cimientos habian sostenido una torre altisima, quiza tan alta como la torre Mangia del Campo. Por aquel entonces, la ciudad estaba repleta de construcciones como aquella, que habian servido de fortificaciones en epocas de disturbios.
Al fondo de la escalera, un pasillo estrecho se perdia en la oscuridad y las puertas blindadas conferian al lugar el aspecto de una mazmorra. Empezaba a pensar que habia girado por el pasillo equivocado en algun momento cuando oi un repentino estrepito de voces, seguido de vitores, desde el otro lado de una puerta entreabierta.
Me acerque con cierta desazon. Tanto si Alessandro estaba alli como si no, tendria que dar muchas explicaciones, y la logica nunca habia sido mi fuerte. Asome la cabeza y pude ver una mesa repleta de artilugios metalicos y bocadillos a medio comer, una pared forrada de rifles y tres hombres en camiseta y pantalon de uniforme -uno de ellos, Alessandro- de pie alrededor de un pequeno monitor. Al principio pense que observaban lo que captaba una de las camaras de seguridad del edificio, pero, al verlos protestar y llevarse las manos a la cabeza, supe que estaban viendo un partido de futbol.
Como no me oyeron llamar, me asome un poco mas -solo un poco- y carraspee. Alessandro volvio al fin la cabeza para ver quien osaba interrumpir el partido y, al verme alli, forzando una sonrisa, reacciono como si le hubieran dado un sartenazo en la cabeza.
– Siento molestar -dije, procurando no parecer Bambi con zancos, aunque asi era exactamente como me sentia-. ?Tienes un momento?
Al cabo de pocos segundos salian del cuarto los otros dos, cogiendo las armas y las chaquetas del uniforme a su paso, con los bocadillos a medio comer en la boca.
– Bueno… -dijo Alessandro al tiempo que apagaba el televisor y tiraba por ahi el mando a distancia-, satisfaz mi curiosidad. -Obviamente no pensaba que necesitara la segunda parte de la frase, si bien, por como me miro (aunque yo perteneciera al subestrato criminal de la sociedad), en el fondo se alegraba de verme.
Me sente en una silla vacia, examinando los artilugios colgados de las paredes.
– ?Este es tu despacho?
– Si… -Se puso los tirantes y se sento al otro lado de la mesa-. Aqui es donde interrogamos a los sospechosos. Sobre todo norteamericanos. Antes era una camara de tortura.
El descaro de su mirada casi me hizo olvidar mi desazon y el motivo de mi presencia alli.
– Te pega.
– Eso mismo pense yo. -Apoyo una de sus pesadas botas en el canto de la mesa y se balanceo para apoyarse en la pared-. Bueno, te escucho. Debes de tener una buena razon para venir aqui.
– Yo no lo llamaria «razon». -Aparte la mirada, tratando en vano de recordar la historia oficial que habia ensayado por la escalera-Esta claro que piensas que soy una intrigante…
– Las he visto peores.
