documento y considerare vuestra oferta…
– ?No hareis tal cosa! -lo interrumpio Salimbeni, interponiendose entre ambos, enfurecido al verse ignorado-. Este asunto esta, zanjado.
El comandante retrocedio un paso. Aunque fuera un alto mando militar, siempre preparado para cualquier ataque por sorpresa, Salimbeni era mas peligroso que cualquier enemigo extranjero.
– ?Disculpadnos! -dijo-. Maese Tolomei y yo manteniamos una conversacion.
– Mantened cuantas conversaciones querais -espeto Salimbeni-, pero la joven es mia. Es mi unica condicion para hacer que perdure esta tregua absurda.
Debido al murmullo general que desato la monstruosa exigencia de Salimbeni, nadie oyo los gritos de horror de Giulietta. Agazapada tras la columna, se cubrio la boca con ambas manos y rezo para que aquello fuese un malentendido y que la joven en cuestion no fuera ella sino otra.
Cuando al fin se atrevio a mirar de nuevo, vio que su tio Tolomei rodeaba a Salimbeni para dirigirse al comandante Marescotti, con el rostro desencajado de verguenza.
– Mi querido comandante -dijo con voz tremula-, este es, como bien decis, un asunto delicado. Pero a buen seguro podremos llegar a un acuerdo…
– ?Ciertamente! -Su esposa, la senora Antonia, se atrevio a intervenir de nuevo, esta vez para ofrecerse obsequiosa al cenudo comandante-. Tengo una hija, con trece anos ya cumplidos, que seria una excelente esposa para vuestro hijo. Esta alli…?la veis?
El comandante ni siquiera se volvio a mirar.
– Senor Tolomei -dijo con toda la paciencia de que fue capaz-, nuestra proposicion se aplica unicamente a vuestra sobrina Giulietta, y hariais bien en consultarle el asunto. Ya no corren los tiempos barbaros en que se ignoraban los deseos de una mujer…
– ?La joven me pertenece y puedo hacer con ella lo que me plazca! -espeto Tolomei, furioso por la intromision de su esposa y molesto por el sermon-. Agradezco vuestro interes, comandante, pero tengo otros planes para ella.
– Os aconsejo que lo mediteis -lo amenazo Marescotti, acercandose a el-. La joven siente mucho apego por mi hijo, al que considera su salvador, y os dara problemas si la obligais a casarse con otro. Sobre todo con alguien… - lanzo una mirada despectiva a Salimbeni- a quien no parece importarle la tragedia que ha sufrido su familia.
Ante un argumento tan contundente, a Tolomei no se le ocurrio que objetar. Giulietta incluso sintio una punzada de compasion por el; de pie entre aquellos dos hombres, su tio parecia un naufrago en busca de algun tablon al que agarrarse, y el resultado no era en absoluto elegante.
– ?Debo entender que os oponeis a mi demanda, comandante? -inquirio Salimbeni, interponiendose de nuevo entre los dos-. No querreis cuestionar los derechos del senor Tolomei como cabeza de su familia. Tampoco querra la casa de Marescotti enemistarse con Tolomei
Giulietta, aun oculta tras la columna, no pudo contener las lagrimas por mas tiempo. Queria correr hacia los hombres y detenerlos, pero sabia que su presencia no haria sino empeorar las cosas. Cuando Romeo le habia comunicado su intencion de casarse con ella, en el confesonario, le habia dicho que entre sus familias siempre habia habido paz. Al parecer, por su culpa, a partir de entonces esas palabras ya no serian ciertas.
Niccolino Patrizi, uno de los nueve administradores de Siena, habia escuchado con creciente aprension la acalorada disputa que tenia lugar bajo la tribuna. No era el unico.
– Cuando eran enemigos mortales, los temia muchisimo -mascullo su vecino, mirando a Tolomei y a Salimbeni-. Ahora que son amigos, los temo aun mas.
– ?Somos el gobierno! ?Debemos estar por encima de las emociones humanas! -exclamo Niccolino Patrizi, levantandose-. ?Senor Tolomei! ?Senor Salimbeni! ?A que vienen esos aires clandestinos en la vigilia de la Asuncion? ?No estareis haciendo negocios en la casa de Dios?
Un silencio elocuente se apodero de la noble asamblea al oir las palabras pronunciadas desde la tribuna y, bajo el altar mayor, el obispo se olvido de bendecir por un momento.
– Honorable senor Patrizi -replico Salimbeni con sardonica cortesia-, vuestras palabras no dicen mucho de nosotros, ni de vos. Deberiais felicitarnos, porque mi buen amigo Tolomei y yo hemos decidido celebrar nuestra duradera tregua con un matrimonio.
– ?Mis condolencias por la muerte de vuestra esposa! -espeto Patrizi-. ?No estaba al corriente de su fallecimiento!
– Mi senora Agnese-dijo Salimbeni, imperturbable- no pasara de este mes. Yace en cama en Rocca di Tentennano y no ingiere alimento alguno.
– Es dificil comer cuando no te alimentan -mascullo uno de los magistrados de la Biccherna.
– Necesitareis la autorizacion del papa para celebrar una boda entre antiguos enemigos -insistio Niccolino Patrizi- y dudo que os la conceda. El camino entre vuestras casas lo ha regado tal torrente de sangre que ningun hombre decente enviaria a su hija por el. Un espiritu malefico…
– ?Solo el matrimonio puede ahuyentar a los espiritus maleficos!
– ?El papa no piensa del mismo modo!
– Posiblemente -replico Salimbeni, permitiendo que una sonrisa del todo impropia asomara a sus labios-, pero el papa me debe dinero. Y vos. Todos vosotros.
La grotesca afirmacion tuvo el efecto deseado: Patrizi se sento, encendido y furioso, y Salimbeni miro con descaro al resto del gobierno como esperando que alguien mas osara oponerse a su empeno. Pero la tribuna guardo silencio.
– ?Senor Salimbeni! -Una voz interrumpio el murmullo de domenada indignacion y todos se estiraron para ver al atrevido.
– ?Quien habla? -A Salimbeni siempre le satisfacia la oportunidad de poner en su sitio a hombres inferiores-. ?No seais timido!
– La timidez es para mi lo que para vos la virtud, senor Salimbeni -respondio Romeo.
– ?Y que podriais tener que decirme vos a mi? -inquirio Salimbeni con la cabeza bien alta para mirar con aire de superioridad a su contendiente.
– Solo esto -replico Romeo-: que la dama que codiciais ya pertenece a otro hombre.
– ?En serio? -Salimbeni lanzo una mirada a Tolomei-. ?Como es eso?
Romeo se irguio.
– El cielo la puso en mis manos para que la guarde siempre. ?Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre!
Salimbeni se mostro incredulo al principio, luego se echo a reir.
– Bien dicho, muchacho, ya te reconozco. Tu daga mato a un buen amigo mio hace poco pero no te guardo rencor, viendo que has cuidado tan bien de mi futura esposa.
Salimbeni dio media vuelta, dando a entender que daba por terminada la conversacion. Todas las miradas se centraron en Romeo, encendido de repulsion, y mas de uno sintio lastima por el pobre muchacho, que obviamente era victima del perverso Cupido.
– Vamos, hijo mio -dijo el comandante Marescotti, retirandose-. De nada sirve seguir cuando el juego esta perdido.
– ?Perdido? -grito Romeo-. ?Nunca ha habido juego alguno!
– Sea cual sea el trato al que han llegado esos dos hombres -lo tranquilizo su padre-, se han estrechado la mano bajo el altar de la Virgen. Si discutes con ellos, lo haras tambien con Dios.
– ?Pues lo hare -exclamo Romeo-, porque el cielo se ha vuelto contra si mismo permitiendo que esto suceda!
Cuando el joven volvio a adelantarse, no fue necesario gesto alguno para que hubiera silencio; todos los ojos se clavaron en sus labios, presos de una inquieta expectacion.
– ?Santa Madre de Dios! -grito Romeo, sorprendiendo a la concurrencia al alzar su voz a la cupula en lugar de dirigirse a Salimbeni-. ?Se ha cometido un grave delito en este templo, bajo vuestro manto, esta noche! ?Os ruego que endereceis a los canallas y os mostreis ante ellos para que nadie dude de vuestra divina voluntad! ?Que quien gane el Palio sea vuestro elegido! ?Concededme vuestra bandera sagrada para que pueda cubrir con ella mi lecho nupcial y descansar sobre ella con mi legitima esposa! ?Despues os la devolvere, oh, Madre misericordiosa, porque habra sido ganada conforme a vuestra voluntad y otorgada a mi por vuestra propia mano para demostrar a toda la
