– ?Ciertamente! -Tolomei le habia propuesto esa misma medida en varias ocasiones, pero Salimbeni siempre la habia rechazado. Suponia que, si los Salimbeni mezclaban su sangre con la de los Tolomei, seguramente serian menos dados a derramarla.
Deseando aprovechar la oportunidad, llamo nervioso a su esposa desde el lado opuesto de la estancia. Tras verlo hacerle senas varias veces, la senora Antonia se atrevio a interpretar que requerian su presencia, de modo que se dirigio a ellos con inusual humildad, acercandose inquieta a Salimbeni como una esclava se presentaria ante su amo impredecible.
– Mi querido amigo Salimbeni me ha propuesto un matrimonio entre nuestras familias -le explico Tolomei-. ?Que dices, querida? ?No te parece algo maravilloso?
La senora Antonia se estrujo las manos emocionada a la vez que halagada.
– Ciertamente, si. Seria algo maravilloso. -Casi le hizo una reverencia a Salimbeni-. Ya que teneis la amabilidad de proponerlo, senor, tengo una hija que acaba de cumplir trece anos y no seria del todo inapropiada para vuestro apuesto hijo Nino. La muchacha es muy callada, pero esta sana. Se encuentra alli… -senalo al fondo de la sala-, al lado de mi primogenito, Tebaldo, que participara en el Palio manana, como quiza sabreis. Si no os complace, tambien esta su hermana menor, que tiene ahora once anos.
– Os agradezco la generosa oferta, querida senora -dijo Salimbeni con una reverencia de perfecta cortesia-, pero no pensaba en mi hijo, sino en mi mismo.
Tolomei y la senora Antonia quedaron mudos de asombro. A su alrededor se produjo un estallido espontaneo de incredulidad, que pronto genero un murmullo nervioso, y hasta desde la tribuna siguieron lo que acontecia abajo con intensa desazon.
– ?Quien es esa? -prosiguio Salimbeni senalando a Giulietta, ajeno a la conmocion-. ?Ha estado casada antes?
La voz de Tolomei recobro parte de la furia inicial cuando dijo:
– Esa es mi sobrina. Solo ella sobrevivio a los tragicos sucesos que acabo de mencionar. Creo que vive unicamente para vengarse de los responsables de la matanza de su familia.
– Entiendo -Salimbeni no se mostro en absoluto descorazonado; mas bien parecia saborear el desafio-. Una mujer animosa, ?no es cierto?
La senora Antonia no pudo guardar silencio por mas tiempo y dio un paso hacia el.
– Mucho, senor. Una joven de todo punto desagradable. Seria preferible que os llevarais a una de mis hijas. Ellas no se opondran.
Salimbeni sonrio para si.
– Lo cierto es que me agrada encontrar algo de oposicion.
Incluso a distancia, Giulietta notaba que todos los ojos la miraban, y no sabia adonde ir para evitar el escrutinio. Sus tios habian abandonado a la familia para socializar con otros nobles, y los veia hablar con un hombre que rezumaba el confort y la magnanimidad de un emperador pero tenia los ojos de un animal escualido y hambriento. Lo inquietante era que aquellos ojos estaban -con breves interrupciones- fijos en ella.
Buscando refugio tras una columna, respiro profundamente un par de veces y se dijo que todo iria bien. Esa manana, fray Lorenzo le habia llevado una carta de Romeo en la que le comunicaba que su padre, el comandante Marescotti, abordaria cuanto antes a su tio Tolomei con una proposicion. Desde entonces no habia hecho otra cosa mas que rezar para que la proposicion fuese aceptada y pronto su dependencia de su familia fuese cosa del pasado.
Giulietta asomo por detras de la columna y diviso al guapo Romeo entre todos los nobles -o mucho se equivocaba o tambien el la buscaba, y parecia cada vez mas frustrado de no verla-, junto a un hombre que no podia ser sino su padre. Sintio una punzada de gozo al verlos, sabiendolos decididos a integrarla en su familia y, al comprobar que se acercaban a su tio Tolomei, no pudo resistirse. Fue avanzando de columna en columna hasta apostarse a una distancia desde la que pudiera oir sin que los hombres detectaran su presencia. Por suerte para ella, estaban todos demasiado absortos en su conversacion para prestarle atencion a nada mas.
– ?Comandante! -exclamo tio Tolomei al ver aproximarse a los Marescotti-. Decidnos, ?esta el enemigo a las puertas?
– El enemigo -replico el comandante, senalando al hombre de mirada animal situado junto a su tio- ya esta aqui. Se llama corrupcion y no se detiene a las puertas. -Hizo una breve pausa para que pudieran reirle la gracia-. Senor Tolomei, hay un asunto delicado del que quisiera hablaros. En privado. ?Cuando puedo haceros una visita?
Tolomei miro a Marescotti, visiblemente desconcertado. Aunque los Marescotti no poseyeran las riquezas de los Tolomei, la antorcha de la historia iluminaba su nombre, y el arbol genealogico de aquella familia habia brotado sin duda en el campamento de Carlomagno, hacia cinco siglos, si no en el mismo Eden. Nada, sospechaba Giulietta, satisfaria mas a su tio que asociarse a alguien de tanto renombre. De modo que, dandole la espalda al tipo de la mirada voraz, lo recibio con los brazos abiertos.
– Decidme, ?que teneis en mente?
El comandante Marescotti titubeo, incomodado por el entorno publico y los oidos que los rodeaban por todas partes.
– No creo que al senor Salimbeni le interesen nuestros asuntos -repuso con diplomacia.
Al oir el nombre de Salimbeni, Giulietta noto que todo su cuerpo se agarrotaba a causa del miedo. Solo entonces cayo en la cuenta de que el hombre de la mirada voraz -el que habia provocado tanta humildad en la senora Antonia hacia un momento- era el garante de la muerte de su familia. Habia pasado muchas horas imaginando el aspecto de aquel monstruo y, ahora que lo tenia delante, le sorprendio comprobar que, salvo por los ojos, no parecia tal.
Esperaba a un hombre terrible, con un cuerpo creado tan solo para la guerra y los abusos; en cambio, vio a uno que posiblemente nunca habia empunado una arma y parecia mas experto en retorica y vida social. No podia haber mayor contraste entre dos hombres que el que habia entre el comandante Marescotti y el senor Salimbeni: uno era experto en guerras pero no deseaba mas que la paz; el otro vestia una tunica de civismo pero, bajo sus finas ropas, ansiaba el conflicto.
– Os equivocais, comandante -dijo Salimbeni-. Me fascina cualquier asunto que no pueda esperar hasta manana. Ademas, como sabeis, el senor Tolomei y yo somos buenos amigos; seguramente no despreciara mi… - Salimbeni tuvo la honradez de mofarse de sus propias palabras
– Os ruego que me disculpeis -senalo el comandante retirandose prudentemente-, pero teneis razon. Esto puede esperar hasta manana.
– ?No! -Romeo era incapaz de retirarse sin exponer el motivo de su acercamiento, asi que se adelanto bruscamente antes de que su padre pudiera impedirselo-. ?No puede esperar! Senor Tolomei, deseo casarme con vuestra sobrina, Giulietta.
A Tolomei lo sorprendio tanto aquella proposicion tan directa que enmudecio de pronto. No fue el unico asombrado de la impulsiva intromision de Romeo en su conversacion; a su alrededor, todos se estiraron para ver quien tenia el valor de replicar. Tras la columna, Giulietta se llevo una mano a la boca; la conmovia tremendamente la determinacion de Romeo, pero la horrorizaba pensar que se hubiera precipitado, hablando en contra del deseo de su padre.
– Como habeis oido -le dijo el comandante con notable calma al perplejo Tolomei-, querria proponeros un matrimonio entre mi hijo mayor, Romeo, y vuestra sobrina Giulietta. Sabeis que somos una familia de posibles, ademas de gozar de una buena reputacion, y, con el debido respeto, creo que vuestra sobrina no sufriria menoscabo alguno de confort o estatus. A mi muerte, cuando mi hijo Romeo me suceda como cabeza de familia, ella sera senora de un gran consorcio formado por numerosas fincas y extensos territorios, cuyos detalles he recogido en un documento. ?Cuando seria un buen momento para visitaros y entregaros el documento en persona?
Tolomei no respondio. Una extrana sombra le recorrio el semblante, como los tiburones rodean a sus victimas bajo el agua, y resulto obvio que buscaba angustiado una salida.
– Si os preocupa su felicidad -prosiguio el comandante Marescotti, no del todo complacido con el titubeo del otro-, puedo aseguraros que mi hijo no se opone al matrimonio.
Cuando Tolomei hablo por fin, su voz apenas albergaba valor.
– Mi generoso comandante -dijo con tristeza-, me honrais con vuestra proposicion. Examinare vuestro
