Tan sigilosamente como pude, volvi a la sala principal de la biblioteca, cerrando casi por completo la puerta metalica al salir. Luego me agazape tras la ultima fila de estanterias para escuchar, pero no pude oir mas que mi propia respiracion entrecortada. Lo unico que tenia que hacer era acercarme a la escalera y salir del edificio con la misma naturalidad con que habia entrado.
No obstante, me equivocaba. En cuanto decidi moverme, oi pasos; no los del bibliotecario que volvia a su puesto tras la siesta, ni los de un alumno que buscaba un libro, sino los pasos inquietantes de alguien que no queria que lo oyera llegar y cuya presencia en el archivo era aun mas sospechosa que la mia. Mirando por entre las estanterias, lo vi acercarse -si, el mismo desgraciado que me habia seguido la noche anterior-, reptando de estanteria en estanteria, sin apartar la vista de la puerta metalica de la camara acorazada. Esta vez, sin embargo, llevaba una arma.
No tardaria en alcanzar mi escondite. Mareada a causa del miedo, avance pegada a la estanteria hasta el final. Alli, un pasillo estrecho corria paralelo a la pared hasta el mostrador del bibliotecario. Camine de puntillas lo que pude, luego me apoye en el fino canto de la estanteria con la esperanza de que el tipo, que en ese momento pasaba por el otro extremo de mi pasillo, no llegara a verme.
Alli de pie, sin atreverme a respirar, tuve que resistir la tentacion de salir disparada. Obligandome a permanecer completamente inmovil, espere unos segundos mas y, cuando al fin me decidi a asomarme y mirar, lo vi colarse sigilosamente en la camara acorazada.
Temblando, me quite los zapatos y eche a correr; al llegar al mostrador del bibliotecario, volvi la esquina y subi la escalera de tres en tres sin pararme siquiera a mirar atras.
Una vez lejos de las instalaciones de la universidad y a salvo en algun callejon oscuro, me atrevi por fin a parar, sintiendome algo aliviada. Sin embargo, la sensacion no duro. Ese debia de ser el tipo que habia puesto patas arriba mi habitacion, y lo unico bueno de todo aquello era que yo no estaba presente en aquel momento.
A Peppo Tolomei le sorprendio tanto verme de nuevo en el museo de la Lechuza como a mi volver alli tan pronto.
– ?Giulietta! -exclamo, dejando trofeo y trapo-. ?Que ocurre? ?Que es eso?
Los dos miramos el fardo que llevaba en los brazos.
– No tengo ni idea -confese-. Pero creo que era de mi padre.
– Trae… -Me hizo un hueco en la mesa y yo deposite en ella el pano de seda azul, dejando al descubierto el cuchillo oculto entre sus pliegues.
– ?Tienes idea de donde ha salido esto? -dije cogiendo el cuchillo.
Pero Peppo no miro el cuchillo. Empezo a desdoblar el pano de seda con sumo cuidado. Cuando lo tuvo completamente extendido, retrocedio un paso, abrumado, y se persigno.
– ?Donde demonios lo has encontrado? -me pregunto con un hilo de voz.
– Eh…, en la coleccion de mi padre, en la universidad. Envolvia el cuchillo. No sabia que fuese algo especial.
Peppo me miro sorprendido.
– ?No sabes lo que es esto?
Mire con mayor detenimiento el pano de seda azul. Era bastante mas ancho que alto, a modo de banderola, y en el habia pintada una figura femenina, con un halo en la cabeza y las manos alzadas en actitud de bendicion. El tiempo lo habia decolorado, pero su embrujo aun perduraba. Hasta una inculta como yo podia ver que se trataba de una imagen de la Virgen Maria.
– ?Es una bandera religiosa?
– Esto -dijo Peppo, irguiendose respetuoso- es un
– ?Cuanto puede valer una cosa asi, en dinero?
– ?En dinero? -El concepto era desconocido para Peppo, que me miro como si le hubiera preguntado cuanto cobraba Jesus por hora-. ?Es el premio! Es muy especial…, un gran honor. Desde la Edad Media, el ganador del Palio recibia una hermosa banderola de seda forrada de pieles carisimas; los romanos lo llamaban
– Entonces, ?no tienes ningun otro
– ?No, no! -Peppo nego energicamente con la cabeza-. Este es muy especial. Antiguamente los hombres que ganaban el Palio se hacian ropa con el
– Siendo asi, valdra
– ?Dinero, dinero, dinero! -se burlo-. El dinero no lo es todo. ?Es que no lo entiendes? ?Esta es la historia de Siena!
El entusiasmo de mi primo contrastaba fuertemente con mi estado de animo. Por lo visto, aquella manana me habia jugado el pellejo por un cuchillo oxidado y una banderola descolorida. Si, era un
– ?Que me dices del cuchillo? -pregunte-. ?Lo habias visto antes?
Peppo se volvio hacia la mesa y cogio el cuchillo.
– Esto es una daga -dijo sacando la hoja oxidada de la vaina y examinandolo a la luz de la lampara de arana-. Una arma muy practica-. Inspecciono detenidamente el grabado, asintiendo para si al comprobar que todo aquello, por lo visto, parecia cuadrar-. Una aguila. Claro. Escondida junto con el
– Peppo -dije, frotandome la frente-, ?que se supone que debo hacer con esto?
Me miro, con la mirada perdida, como si estuviera en 1340 a la vez que en el presente.
– ?Recuerdas que te dije que tus padres creian que Romeo y Julieta vivian en Siena? Pues en 1340 hubo un Palio muy disputado. Dicen que el
Por fin la curiosidad vencio a mi desilusion.
– ?Gano?
– No estoy seguro. Dicen que fue el quien murio. Pero, escuchame bien… -me miro con los ojos fruncidos-, los Marescotti harian lo que fuera por echarle el guante a esto.
– ?Te refieres a los Marescotti que viven actualmente en Siena?
Peppo se encogio de hombros.
– Pienses lo que pienses del
– Imagino que podria devolverselo…
– ?No! -El regocijo de la mirada de mi primo dio paso a emociones menos ligeras-. ?Debes dejarlo aqui! Ahora este tesoro pertenece a toda Siena, no solo a los
– Pero mis padres me lo dejaron a mi… -me atrevi a objetar.
– Si, si, si, pero no es algo que deba pertenecer a alguien. Tranquila, los magistrados sabran que hacer.
– ?Y que pasa con…?
Peppo me miro muy serio.
– Soy tu padrino. ?No confias en mi?
