– ?El cofre sigue aqui?

En efecto, cuando baje al despacho de Rossini, encontre el cofre de mi madre muy bien guardado en la caja fuerte del hotel, entre libros de contabilidad y candelabros de plata.

– ?Bendito sea, Rossini! -dije de corazon-. Este cofre es muy especial.

– Lo se. Mi abuela tenia uno identico. Ya no se fabrican. Es una vieja tradicion sienesa. Cofre de secretos, se llaman. Se emplean para ocultar cosas a tus padres. O a tus hijos. O a quien sea.

– Insinua que… ?tiene algun compartimento secreto?

– ?Si! -Rossini cogio el cofre y empezo a inspeccionarlo-. Espere, se lo mostrare. Hay que ser sienes para saber encontrarlos; son muy enganosos. Nunca estan en el mismo sitio. El de mi abuela estaba en un lateral, aqui…, pero este es distinto. Tiene truco. A ver…, aqui no…, aqui tampoco… -Inspecciono el cofre desde todos los angulos, disfrutando del desafio-. Guardaba solo un mechon de pelo. Lo encontre un dia mientras dormia. No le pregunte…, ?aja!

De algun modo, Rossini habia logrado localizar y accionar el mecanismo de apertura del compartimento secreto. Sonrio orgulloso al ver que una cuarta del fondo caia a la mesa, seguida de una cartulina rectangular. Volvimos el cofre del reves y examinamos el compartimento secreto, pero no contenia nada aparte de la tarjeta.

– ?Entiende usted esto? -Le mostre las letras y los numeros mecanografiados en ella con una maquina de escribir antigua-. Parece algun tipo de codigo.

– Esto -dijo, quitandomela- es una antigua…?como se dice?…, ficha. Las usabamos antes de tener ordenadores. No es de su epoca. ?Ay, como ha cambiado el mundo! Recuerdo…

– ?Tiene idea de cual puede ser su procedencia?

– ?De esto? ?Una biblioteca, quiza? No se. No soy experto. Pero… -me miro de reojo para decidir si era digna de semejante confidencia- conozco a alguien que si lo es.

Me llevo un rato encontrar la diminuta libreria de viejo que me habia descrito Rossini, y cuando lo hice -claro esta- ya habia cerrado para el almuerzo. Me asome al escaparate para ver si habia alguien dentro, pero no vi nada mas que libros y mas libros.

Volvi la esquina de la piazza del Duomo y me sente a matar el tiempo en los escalones de entrada a la catedral de Siena. A pesar de la cantidad de turistas que entraban y salian del templo, habia algo relajante en aquel lugar, algo solido y eterno que me producia la sensacion de que, de no haber tenido algo importante que hacer, podria haberme quedado alli sentada para siempre, como el propio edificio, a contemplar con una mezcla de nostalgia y compasion el perenne renacer de la humanidad.

Lo mas llamativo de la catedral era el campanario. No era tan alto como el de Mangia, el viril lirio de Rossini en pleno Campo, pero su peculiar exterior rayado lo hacia mas interesante. Las franjas alternas de piedra blanca y negra lo recorrian hasta la cuspide, como si se tratara de una escalera de galleta que subiera al cielo, y no pude evitar preguntarme que simbolizaria aquel diseno. Quiza nada. Quiza solo pretendia llamar la atencion. O quiza fuese un reflejo del escudo de Siena, la Balzana-medio blanco, medio negro, como una copa sin pie, llena hasta la mitad del mas oscuro de los tintos-, algo que encontraba igualmente desconcertante.

Rossini me habia hablado de unos gemelos romanos que habian escapado de su malvado tio en sendos caballos, blanco y negro, pero yo no tenia claro que eso explicara los colores de la Balzana. Debia de ser algo sobre contrastes. Algo sobre el peligroso arte de acercar extremos y forzar entendimientos, o quiza sobre la certeza de que la vida constituye un delicado equilibrio de grandes fuerzas, y de que el bien perderia su fuerza si no quedara mal que combatir en el mundo.

Pero filosofar no se me daba bien, y el sol empezaba a recordarme que a esa hora solo los perros rabiosos y los ingleses se exponian a sus rayos. Al volver la esquina de nuevo, descubri que la libreria seguia cerrada; suspire y mire mi reloj, preguntandome donde podria refugiarme hasta que a la madre del amigo de la infancia de Rossini le apeteciera volver del almuerzo.

En la catedral de Siena el aire estaba repleto de oro y de sombras. A mi alrededor, por todos lados, inmensos pilares blancos y negros sostenian un vasto firmamento salpicado de estrellitas, y el suelo de mosaicos formaba un puzle gigante de simbolos y leyendas que de algun modo conocia -como se conoce el sonido de una lengua extranjera- pero no entendia.

El lugar era tan distinto de los templos modernos de mi ninez como una religion de otra, y aun asi note que mi corazon respondia a el con un reconocimiento mistico, como si hubiera estado alli antes, buscando el mismo Dios, hacia muchisimo tiempo. De pronto cai en la cuenta de que, por primera vez, me encontraba en un edificio similar al castillo de fantasmas susurrantes de mis suenos. Tal vez, pense, contemplando boquiabierta la cupula estrellada en aquel bosque silencioso de columnas de abedul plateado, alguien me habia llevado a esa misma catedral cuando era un bebe, y lo habia almacenado en mi memoria sin saber lo que era.

La unica vez que habia estado en una iglesia de semejantes dimensiones habia sido cuando habia hecho novillos despues de ir al dentista y Umberto me habia llevado a la Basilica del Santuario Nacional de la Inmaculada Concepcion, en Washington. No debia de tener mas de seis o siete anos, pero recordaba vivamente que Umberto se habia arrodillado junto a mi en medio de aquel inmenso lugar y me habia preguntado:

– ?Lo oyes?

– ?El que? -le habia preguntado yo, sujetando con fuerza la pequena bolsa de plastico que contenia mi nuevo cepillo de dientes rosa.

El habia ladeado la cabeza risueno.

– A los angeles. Si estas muy callada, los oiras reirse.

– ?Y de que se rien? -habia querido saber yo-. ?De nosotros?

– Aprenden a volar. No hay viento, solo el aliento de Dios.

– ?Es eso lo que los hace volar? ?El aliento de Dios?

– Volar tiene truco. Me lo han dicho los angeles. -Sonrio al verme abrir mucho los ojos, admirada-. Debes olvidar todo lo que sabes como ser humano. Cuando eres humano, descubres que odiar la tierra te da un gran poder. Casi puede hacerte volar. Pero nunca lo hara.

Yo habia fruncido el ceno, sin entenderlo muy bien.

– Entonces, ?cual es el truco?

– Amar el cielo.

Mientras estaba alli de pie, absorta en el recuerdo del desacostumbrado derroche de sentimentalismo de Umberto, un grupo de turistas britanicos se me acercaron por la espalda y oi como su guia les hablaba animadamente de los multiples intentos fallidos de localizar y excavar la antigua cripta de la catedral, que supuestamente existia en la Edad Media pero, al parecer, se habia perdido ya para siempre.

Escuche un rato, divertida por el tinte sensacionalista de la explicacion, luego deje la catedral a los turistas, baje paseando por la via del Capitano y termine -para mi sorpresa- en la piazza Postierla, justo enfrente del cafe de Malena.

A diferencia de las otras veces que habia estado alli, no encontre la pequena plaza concurrida, sino agradablemente tranquila, quiza porque era la hora de la siesta y hacia un calor sofocante. Una columna coronada por la figura de una loba amamantando a su dos cachorros se alzaba frente a una pequena fuente rematada por un pajaro metalico de aspecto fiero. Un nino y una nina correteaban alrededor, salpicandose y riendo histericos; no muy lejos habia un grupo de ancianos sentados a la sombra, con la gorra puesta y la chaqueta quitada, contemplando con ligereza su propia inmortalidad.

– ?Hola! -dijo Malena al verme entrar en el bar-. Luigi hizo un buen trabajo, ?eh?

– Es un genio. -Extranamente a gusto, me acerque a ella y me apoye en la fria barra-. No pienso marcharme de Siena mientras el siga aqui.

Solto un carcajada, calida y complice, que me hizo preguntarme una vez mas por el ingrediente secreto de la vida de aquellas mujeres. Fuera lo que fuese, escapaba a mi intelecto. Era algo mas que la simple seguridad en si mismas; parecia mas bien la capacidad de amarse, con entusiasmo y prodigalidad, en cuerpo y alma, seguida logicamente de la suposicion de que todos los hombres del planeta se morian de ganas por participar de aquello.

– Toma… -Malena me puso un expreso delante y, con un guino, anadio unbiscotto-, debes comer mas. Te da…, ya sabes, caracter.

– Una criatura fiera -dije refiriendome a la fuente de fuera-. ?Que clase de pajaro es?

– Es nuestra aguila,aquila en italiano. Esa fuente es nuestra…, ay, ?como se dice? -

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