empeno por arrastrarme consigo. Su potencia era tal que el marco de la puerta empezo a ceder y el suelo crujio bajo mis pies. Decidida a mantener mi integridad fisica, solte el marco de la puerta e intente volver corriendo por donde habia venido al interior del castillo, pero me envolvio un interminable torrente de demonios invisibles - susurrando burlones citas de Shakespeare que yo conocia bien-, ansiosos por escapar al fin del castillo y llevarme consigo.
Cai al suelo y empece a resbalar hacia atras, clavando las unas desesperada en busca de algo solido a lo que agarrarme. Cuando estaba a punto de precipitarme, un individuo enfundado en un traje negro de motorista vino corriendo hacia mi para cogerme por los brazos y levantarme.
– ?Romeo! -grite, tendiendole las manos, pero, al mirarlo, descubri que no habia rostro tras la visera del casco, solo la nada.
Despues cai, cai, cai… al agua. Y de pronto estaba otra vez en el puerto de Alexandria, en Virginia, con diez anos, ahogandome en una sopa de algas e inmundicia mientras, en el muelle, Janice y sus amigos se comian un helado muertos de risa.
Justo cuando emergia para coger aire e intentaba frenetica alcanzar alguna amarra, desperte espantada y me descubri en el sofa del maestro Lippi, con una aspera manta enroscada en las piernas y
– Buenos dias -dijo el maestro, ofreciendome una taza de cafe-. A
Al volver al hotel esa manana, guiada por un sol intenso, lo sucedido la noche anterior parecia de lo mas irreal, como si todo hubiera sido un gigantesco teatro representado para placer de otro. La cena con los Salimbeni, mi agitado periplo por las calles oscuras y mi extrano refugio en el taller del maestro Lippi…, de autentica pesadilla. La unica prueba de que habia sucedido en realidad eran las plantas de mis pies, sucias y llenas de rasgunos.
El caso es que habia sucedido y, cuanto antes dejara de ampararme en esa falsa sensacion de seguridad, mejor. Era la segunda vez que me seguian, y esta vez no habia sido solo un desconocido en chandal, sino tambien un hombre en moto, sabe Dios por que. Para colmo, estaba el acuciante problema de Alessandro, que obviamente conocia mis antecedentes penales y no dudaria en usarlos en mi contra si volvia a acercarme a su queridisima madrina.
Esas eran razones mas que suficientes para salir por patas, pero Juliet Jacobs no era de las que se rajan, y tampoco -lo presentia-Giulietta Tolomei. A fin de cuentas, habia en juego un tesoro sustancioso, siempre que las historias de Lippi fueran ciertas y yo fuera capaz de encontrar la tumba de Julieta y echarle el guante a la legendaria estatua de los ojos de zafiro.
O tal vez lo de la estatua no fuera mas que una leyenda. Quiza la gran recompensa por mis apuros fuera descubrir que un punado de chiflados me creia emparentada con una heroina shakespeariana. Tia Rose siempre se habia quejado de que, aun siendo capaz de memorizar una obra del derecho y del reves, no me importaba realmente la literatura, ni el amor, y sostenia que algun dia el potente foco de la verdad terminaria arrojando luz sobre mi erronea conducta.
Uno de mis primeros recuerdos de tia Rose era el de ella sentada ante el enorme escritorio de caoba, de madrugada, a la luz de una lamparita, examinando algo con una lupa. Aun recuerdo el tacto de la pata de mi oso de peluche y el temor a que me mandaran a la cama. Al principio, no me vio, pero, cuando lo hizo, se sobresalto, como si fuera un pequeno fantasma que hubiera ido a rondarla. Lo siguiente que recuerdo es estar sentada en su regazo, con un vasto oceano de papel delante.
– Mira esto -me habia dicho, sosteniendome la lupa-: este es tu arbol genealogico, y aqui esta tu madre.
Recuerdo una intensa emocion seguida de una amarga decepcion. No era una foto de ella, sino una linea de letras que yo aun no habia aprendido a leer.
– ?Que dice? -debi de preguntar, porque recuerdo muy bien la respuesta de tia Rose.
– Dice -contesto con desacostumbrada teatralidad-: «Querida tia Rose, cuida bien de mi pequena. Es muy especial. La echo mucho de menos.» -Entonces descubri, horrorizada, que estaba llorando. Nunca habia visto llorar a un adulto. Ni se me habia ocurrido que pudieran hacerlo.
A medida que Janice y yo nos haciamos mayores, tia Rose nos iba contando cosas sueltas sobre nuestra madre, pero nunca con detalle. Un buen dia, despues de empezar la universidad, decidimos echarle valor. Hacia un tiempo estupendo, asi que la sacamos al jardin, la acomodamos en una silla -con cafe y magdalenas a mano- y le pedimos que nos lo contara todo. Fue un momento de singular sinergia entre mi hermana y yo. Juntas la acribillamos a preguntas: sabiamos que nuestros padres habian muerto en un accidente, pero ?como eran? ?Por que razon no teniamos contacto con nadie de Italia si nuestros pasaportes decian que habiamos nacido alli?
En silencio, tia Rose nos escucho despotricar sin tocar siquiera las magdalenas y, cuando terminamos, asintio con la cabeza.
– Teneis derecho a preguntar y, algun dia, encontrareis las respuestas. De momento debeis ser pacientes. Os he contado poco de vuestra familia por vuestro propio bien.
Nunca entendi que habia de malo en saberlo todo de la propia familia. O al menos algo. Aun asi, por respeto a tia Rose, a quien parecia incomodar el tema, aplace el inevitable conflicto. Algun dia me sentaria a hablar con ella y le exigiria una explicacion. Algun dia me lo contaria todo. Incluso cuando cumplio los ochenta anos, segui dando por sentado que algun dia responderia al fin a todas nuestras preguntas. Ahora, claro esta, ya no podia hacerlo.
Cuando entre en el hotel, Rossini hablaba por telefono en el cuartito trasero y me detuve a esperar a que saliera. De vuelta del taller del maestro Lippi, habia ido meditando los comentarios del artista sobre su supuesto visitante nocturno, Romeo, y habia llegado a la conclusion de que iba siendo hora de que empezara a investigar a la familia Marescotti y a sus posibles descendientes.
Imagine que lo mas logico seria pedirle el listin telefonico a Rossini, y me propuse hacerlo de inmediato. Sin embargo, despues de esperar al menos diez minutos, me rendi y alargue el brazo para coger la llave de mi habitacion del cajetin de la pared, al otro lado del mostrador.
Frustrada por no haber interrogado a Lippi sobre los Marescotti cuando habia podido hacerlo, subi despacio la escalera, notando el escozor de los cortes de los pies con cada paso. No ayudaba que no acostumbrara a llevar tacones, sobre todo con la cantidad de kilometros que habia recorrido en los ultimos dos dias. Sin embargo, al abrir la puerta de mi habitacion, olvide de golpe todos mis pequenos males: la habian puesto patas arriba, del reves incluso.
Un invasor muy resuelto -o un grupo de ellos- habia arrancado literalmente las puertas del armario y habia sacado el relleno de las almohadas buscando no se que; mi ropa, mis cosas, mis articulos de aseo estaban tirados por todas partes, e incluso una de mis braguitas nuevas colgaba de la lampara de arana.
Nunca habia visto estallar una maleta bomba, pero asi debia de quedar todo tras la explosion, estaba segura.
– ?Senorita Tolomei! -Rossini me dio alcance al fin, jadeando y sin resuello-. La condesa Salimbeni ha llamado para preguntar si se encontraba mejor…, pero… ?santa Catalina! -Al ver el destrozo de mi habitacion, olvido lo que habia venido a decirme y los dos nos quedamos inmoviles un instante, contemplando horrorizados aquel desbarajuste.
– Bueno -dije, consciente de que tenia publico-, ya no tengo que deshacer las maletas.
– ?Esto es terrible! -grito Rossini, menos dispuesto que yo a ver el lado bueno-. ?Fijese! ?Ahora la gente dira que el hotel no es seguro! ?Ay, tenga cuidado, no pise los cristales!
El suelo estaba alfombrado de cristales de la puerta del balcon. Obviamente, el intruso habia venido en busca del cofre de mi madre, que, claro, habia desaparecido, pero la pregunta era por que habia puesto patas arriba la habitacion. ?Queria alguna otra cosa aparte del cofre?
– ?Espere! -dije-. No llame a la policia, no es necesario. Sabemos a por que venian. -Me acerque al escritorio en el que habia dejado el cofre-. No volveran. ?Capullos!
– ?Ah! -Rossini se ilumino de pronto-. ?Habia olvidado decirselo! Anoche, yo mismo le subi las maletas…
– Si, ya lo veo.
– …y vi que tenia una valiosa antiguedad sobre la mesa, asi que me tome la libertad de sacarla de la habitacion y guardarla en la caja fuerte del hotel. Espero que no le importe. Normalmente no me entrometo en…
Me senti tan aliviada que no se me ocurrio protestar por su intromision, ni tampoco maravillarme de su prevision. En cambio, lo cogi por los hombros:
