IV. II

?Que decis? ?Podeis amar a un caballero asi? Lo vereis esta noche en nuestra fiesta.

Siena, 1340

Para el maestro Ambrogio, la vispera de la Asuncion de la Virgen Maria era tan sagrada como la Nochebuena. En el transcurso de la vigilia, la catedral de Siena, por lo general oscura, se llenaba de cientos de colosales cirios votivos -algunos de mas de veinte kilos-, al tiempo que una larga procesion de representantes de todas las contradas recorria la nave central en direccion al altar dorado para honrar a la protectora de Siena, la Virgen Maria, celebrando su asuncion a los cielos.

Al dia siguiente, el de la fiesta propiamente dicha, cuando los fieles de las poblaciones vecinas fueran a rendirle tributo, un bosque de llamas titilantes iluminaria la majestuosa catedral. Todos los anos para esa fecha, el 15 de agosto, se les exigia por ley la donacion de una cantidad escrupulosamente calculada de cirios a la dama celestial de Siena, y se apostaba en el interior de la catedral a una serie de estrictos funcionarios locales responsables de garantizar que todas y cada una de las poblaciones dependientes de Siena pagaba su tributo. El hecho de que una gran cantidad de cirios santos iluminara ya la catedral venia a confirmar unicamente lo que todos los forasteros sabian bien: que Siena era un lugar glorioso, bendecido por una virgen todopoderosa, y que merecia la pena depender de ella.

Ambrogio preferia la vigilia nocturna a la procesion diurna. Cuando aquellas personas llevaban luz a la oscuridad, algo magico les sucedia: la luz impregnaba sus almas y, si se miraba bien, podia verse el milagro en sus ojos.

No obstante, esa noche no podia participar en la procesion como acostumbraba hacer. Desde que habia iniciado los frescos del Palazzo Pubblico, los magistrados de Siena lo trataban como a uno de ellos -sin duda por asegurarse de que los pintaba favorecidos-, y alli estaba, sentado en una tribuna con los Nueve, los magistrados de la Biccherna, el capitan de la guerra y el capitan del pueblo. Su unico consuelo era que aquella tribuna le ofrecia una vista privilegiada de todo el espectaculo nocturno: los musicos de uniforme purpura, los tamborileros y portaestandartes con su insignia, los curas con sus habitos sueltos y la procesion iluminada por los cirios, que proseguiria hasta que todas las contradas hubieran rendido su tributo a la dama divina que los arropaba con su manto protector.

Imposible pasar por alto a los Tolomei, que encabezaban la procesion desde la contrada de San Cristobal. Vestidos del rojo y oro de su escudo de armas, el senor Tolomei y su esposa avanzaban por la nave central hacia el altar principal con el porte de la realeza rumbo a su trono. Inmediatamente despues llegaba un grupo de miembros de la familia Tolomei, y al maestro Ambrogio no le costo localizar a Giulietta entre ellos. Aunque llevaba el cabello cubierto de seda azul -el azul de la inocencia y la grandeza de la Virgen Maria-, y a pesar de que solo iluminaba su rostro la velita que llevaba entre las manos devotamente cruzadas, su belleza eclipsaba facilmente todo cuanto la rodeaba, hasta los hermosos rasgos de sus primas.

Sin embargo, Giulietta no reparo en los ojos que la seguian con admiracion hasta el altar. Obviamente, sus pensamientos eran solo para la Virgen Maria y, mientras los demas avanzaban hacia el altar con el orgullo del ofrendante, la joven mantuvo la vista fija en el suelo hasta que pudo arrodillarse junto a sus primas y entregarles la vela a los sacerdotes.

Luego se levanto y, con una doble reverencia, se volvio hacia el mundo. Solo entonces parecio percatarse del esplendor que la rodeaba y se bamboleo levemente bajo la inmensidad de la cupula, admirando todo lo humano con huidiza curiosidad. Al maestro nada le habria gustado mas que correr a su lado a ofrecerle su modesta ayuda, pero el decoro lo obligaba a permanecer donde estaba, por lo que se limito a apreciar su belleza desde lejos.

No fue el unico que reparo en ella. Los magistrados, ocupados haciendo tratos y estrechando manos, enmudecieron al ver el rostro radiante de Giulietta. Ademas, bajo la tribuna, lo bastante cerca como para dar a entender que formaba parte de ella, hasta el gran Salimbeni se volvio para ver que los habia acallado de ese modo. Al divisar a la joven, un gesto de agradable sorpresa inundo su rostro, y ese gesto le recordo al maestro un fresco que habia visto una vez en una casa de mala nota, cuando era joven e ingenuo. La escena representaba al anciano dios Dioniso descendiendo sobre la isla de Naxos en busca de la princesa Ariadna, abandonada por su perfido amante Teseo. El mito no dejaba muy claro el resultado del encuentro entre ambos; algunos querian pensar que huian juntos en amorosa armonia, otros sabian que los encuentros entre humanos y dioses afectuosos nunca terminaban bien.

Comparar a Salimbeni con una divinidad podria considerarse un exceso de indulgencia, dada su reputacion. Claro que los dioses paganos de la Antiguedad no eran precisamente clementes y distantes; aunque Dioniso era el dios del vino y de la celebracion, estaba mas que dispuesto a transformarse en el del desenfreno, una terrible fuerza de la naturaleza capaz de seducir a una mujer y convencerla de que corriera alocadamente por el bosque o descuartizara algun animal con sus propias manos.

A ojos de los neofitos, Salimbeni, que miraba a Giulietta desde el otro lado de la catedral, parecia todo benevolencia y prodigalidad, pero el maestro sabia que, bajo el lujoso brocado de aquel hombre, la transformacion ya estaba teniendo lugar.

– Tolomei es una caja de sorpresas -murmuro uno de los Nueve lo bastante alto para que Ambrogio lo oyera-. ?Dondela ha tenido encerrada todo este tiempo?

– No bromeeis -repuso el mayor de los magistrados, Niccolino Patrizi-. He oido decir que una de las bandas de Salimbeni la ha dejado huerfana. Asaltaron su casa mientras se confesaba. Recuerdo bien a su padre. Un hombre excepcional, muy integro, e incorruptible.

– ?Seguro que ella estaba alli? -bufo otro-. Me cuesta creer que Salimbeni dejase escapar una joya asi.

– Al parecer, la salvo un clerigo. Tolomei los ha acogido a los dos. -Patrizi suspiro y tomo un sorbo de vino de su copa de plata-. Solo espero que todo esto no reavive la enemistad entre ambas familias, ahora que por fin la tenemos bajo control.

El senor Tolomei llevaba semanas temiendo ese momento. Sabia que en la vigilia de la Asuncion se encontraria frente a frente con su enemigo, el mas odioso de los hombres, Salimbeni, y que su dignidad le exigia venganza por la muerte de la familia de Giulietta. De modo que, despues de inclinarse ante el altar, se dirigio a la tribuna y busco a Salimbeni entre los nobles reunidos debajo.

– ?Buenas noches, mi querido amigo! -Salimbeni abrio los brazos en un gesto de afecto al ver acercarse a su enemigo-. Vuestra familia disfruta de buena salud, espero.

– Mas o menos -replico Tolomei apretando la mandibula-. Algunos han sido victimas de muertes violentas recientemente, como de seguro ya sabreis.

– He oido rumores, pero no me fio de ellos -dijo Salimbeni, cambiando la cordialidad por el desden.

– Entonces yo soy mas afortunado -replico Tolomei, elevandose por encima del otro tanto en estatura como en modales pero incapaz de dominarlo-, porque tengo testigos oculares dispuestos a jurar sobre la Biblia.

– ?En serio? -Salimbeni aparto la mirada, como si lo aburriera el tema-. ?Que tribunal seria tan estupido de escucharlos?

Un silencio significativo siguio a la pregunta. Tolomei y todos cuanto lo rodeaban sabian que estaba desafiando a alguien tan poderoso que podia aplastarlo y arruinarselo todo -vida, libertad y propiedades- en cuestion de horas. Y los magistrados no harian nada por protegerlo. Habia demasiado oro de Salimbeni en sus arcas privadas -y mas que habria- para que ninguno de ellos deseara la caida del tirano.

– Mi querido amigo -prosiguio Salimbeni, de nuevo benevolente-, espero que no dejeis que esos sucesos lejanos os arruinen la velada. Deberiais alegraros de que nuestras viejas disputas hayan terminado y podamos disfrutar de paz y entendimiento en el futuro.

– ?Llamais a esto paz y entendimiento?

– Quiza podriamos… -Salimbeni miro al otro lado del templo y todos menos Tolomei supieron lo que miraba- sellar nuestra paz con un matrimonio.

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