Cuando le llevaban el yelmo, Romeo vio a Ambrogio y lo sorprendio tanto que se inquieto el caballo que montaba.
– ?Maestro! -exclamo con comprensible amargura-, ?habeis venido a pintar un cuadro de mi ruina? Os garantizo que sera todo un espectaculo para los ojos de un artista.
– Teneis derecho a recriminarme -replico Ambrogio-. Os di un mapa que conducia directamente al desastre. Pero estoy dispuesto a reparar el dano.
– ?Deshaced pues, anciano! -dijo Romeo-. Pero daos prisa, porque veo lista la soga.
– Asi lo hare -repuso el maestro-, si me permitis hablaros con franqueza.
– No tenemos otra cosa -intervino el comandante Marescotti-. ?Hablad!
Ambrogio se aclaro la garganta. El monologo que tanto habia ensayado esa manana se esfumo de su cabeza y ni siquiera pudo recordar como empezaba. No obstante, la necesidad pronto domino a la elocuencia, y el maestro solto la informacion segun se le iba ocurriendo.
– ?Correis gran peligro! -empezo-. Si no me creeis…
– ?Os creemos! -bramo el comandante-. ?Contadnos los detalles!
– Uno de mis pupilos, Hassan-prosiguio Ambrogio-, acerto a oir una conversacion anoche en el palazzo Salimbeni. Trabajaba en el angel del techo, un querubin, creo…
– ?Olvidaos del querubin! -rugio el comandante-, ?contadnos lo que Salimbeni planea hacerle a mi hijo!
El maestro respiro profundamente.
– Creo que se propone lo siguiente: no haran nada en Fontebecci, ante la atenta mirada atenta de tantisimos observadores, pero, a medio camino hacia Porta Camollia, donde el sendero se ensancha, el hijo de Tolomei y alguien mas intentaran cortaros el paso y empujaros a la cuneta. Si el hijo de Salimbeni os lleva ventaja, se contentaran con retrasaros. Eso es solo el comienzo. Cuando entreis en la ciudad, tened cuidado al atravesar la contrada controlada por Salimbeni. Cuando paseis delante de las casas de los barrios de Magione y Santo Stefano, habra personas en las torres que os arrojaran objetos si os encontrais entre los tres primeros jinetes. Una vez llegueis a San Donato y Sant'Egidio, no seran tan descarados, pero si vais adelantado y teneis posibilidades de ganar, se arriesgaran.
Romeo miro a su padre.
– ?Que pensais?
– Lo mismo que tu -contesto Marescotti-. No me sorprende, lo esperaba, pero gracias al maestro ahora lo sabemos con certeza. Tendras que salir en la cabecera y mantener la posicion. No agotes al caballo, manten el ritmo. Cuando llegues a Porta Camollia, deja que te pasen uno a uno hasta quedar en la cuarta posicion.
– Pero…
– ?No me interrumpas! Seguiras en la cuarta posicion hasta que pases Santo Stefano. Luego podras adelantar hasta la tercera o la segunda, pero no hasta la primera. Hasta que hayas pasado el palazzo Salimbeni, ?me has entendido?
– ?Eso es demasiado cerca de la meta! ?No podre adelantar!
– Lo haras.
– ?Esta demasiado cerca! ?Nadie lo ha conseguido jamas!
– ?Cuando ha sido eso un impedimento para ti, hijo mio? -le dijo su padre, mas sereno.
Un toque de trompeta procedente de la salida puso fin a la conversacion. Acto seguido, le encasquetaron a Romeo el yelmo del aguila con la visera bajada. El clerigo de la familia impartio al joven la bendicion -muy probablemente la ultima-, y el maestro se sorprendio extendiendo las bendiciones al inquieto caballo; hecho esto, el campeon quedaba al amparo de la Virgen.
Mientras los quince caballos se alineaban junto a la soga, la multitud empezo a corear los nombres de los favoritos y de sus rivales. Cada familia tenia sus partidarios y sus detractores; a ninguna de ellas se la apoyaba o se la despreciaba de forma incondicional. Incluso los Salimbeni contaban con una multitud de seguidores fieles, y era en esas ocasiones cuando los hombres importantes y ambiciosos esperaban ver recompensada su generosidad con un profuso despliegue de respaldo publico.
Entre los propios jinetes, pocos pensaban en otra mas cosa que en el camino que tenian por delante. Abundaban las miradas de soslayo, llegaban santos patrones como langostas a Egipto, y a modo de misiles se lanzaban a las puertas de la ciudad los ultimos insultos mientras estas se cerraban. Habia pasado el momento de los rezos, no se oian consejos y ningun trato podia deshacerse ya. Cobraban vida los espiritus, buenos o malos, conjurados por el alma colectiva del pueblo de Siena, y solo la propia batalla, la carrera, podia hacer justicia. No habia mas ley que el destino, ni mas derecho que el favor de la fortuna; la victoria era la unica verdad digna de saberse.
– Que sea este el dia en que vos, divina Senora, celebreis vuestra ascension a los cielos con misericordia hacia nosotros, pobres pecadores, viejos y jovenes -dijo para si el maestro-. Os ruego que os compadezcais de Romeo Marescotti y lo protejais de las fuerzas del mal que estan a punto de devorar esta ciudad desde sus mismas entranas. Prometo que, si lo dejais vivir, dedicare el resto de mi vida a ensalzar vuestra belleza. Si muere, en cambio, morira por mi mano, y de pena y de verguenza, esta mano jamas volvera a pintar.
Mientras se aproximaba a la salida empunando el estandarte del aguila, Romeo se sintio envuelto en la pegajosa telarana de una conspiracion. Todos sabian de su impetuoso desafio a Salimbeni y que se avecinaba una guerra entre familias. Conociendo a los adversarios, lo que la mayoria se preguntaba no era quien ganaria la carrera, sino quien sobreviviria a ella.
Romeo echo un vistazo a sus rivales e intento juzgar sus posibilidades. El de la contrada de la Luna Creciente -el hijo de Tolomei, Tebaldo- se habia aliado sin duda con el del Diamante -el hijo de Salimbeni, Nino-, y hasta los jinetes del Gallo y del Toro lo miraban con ojos traicioneros. Solo el de la Lechuza lo saludo con la austera simpatia de un amigo, claro que este tenia muchos.
Cuando cayo la soga, Romeo ni siquiera estaba dentro del area oficial de salida. Se habia distraido observando a los otros jinetes, tratando de averiguar su estrategia, y no habia reparado en el magistrado responsable del evento. Ademas, el Palio siempre empezaba con salidas falsas, y normalmente el magistrado no tenia problema en recolocarlos a todos una decena de veces; de hecho, todo aquello formaba parte del juego.
Pero ese dia no. Por primera vez en la historia del Palio, las trompetas no proclamaron la salida falsa: a pesar de la confusion y de que un caballo se habia quedado atras, se permitio que los otros catorce jinetes continuaran la carrera. Demasiado atonito para experimentar algo mas que una punzada de rabia, Romeo inclino la lanza, se la calzo bajo el brazo, le hinco las espuelas al caballo e inicio la persecucion.
El grupo estaba ya tan lejos que era imposible saber quien lo encabezaba; por la visera del yelmo solo veia polvo y rostros de incredulidad, los de los espectadores que habian esperado verlo aventajar a sus rivales. Ignorando sus gritos y sus gestos -algunos, alentadores; otros, no-, apreto el paso, dando rienda suelta al caballo y rezando para que este le devolviera el favor.
El comandante Marescotti habia corrido un riesgo deliberado al darle a su hijo un semental; montando una yegua o un caballo castrado habria tenido posibilidades, pero, cuando uno se jugaba la vida, con eso no bastaba. Al menos con un semental era todo o nada. Si, quiza
Las normas del Palio no obligaban a seguir el camino. Siempre que saliera de Fontebecci y terminara en la catedral de Siena, el jinete podia optar al premio. Nunca habia sido necesario marcar la ruta exacta, porque nadie habia sido nunca lo bastante estupido como para no seguir el camino. Los campos de ambos lados eran desiguales, estaban llenos de ganado o balas de heno y, lo peor, sembrados de vallas y verjas. En resumen, atajar por el campo implicaba hacer frente a un ejercito de obstaculos que quiza divirtieran a un jinete vestido de tunica pero que podian causar la muerte a un caballo cargado con un caballero vestido de armadura con la lanza en ristre.
Romeo no titubeo. Los otros catorce jinetes se dirigian al suroeste por un recodo de unos tres kilometros del camino que los conduciria a Porta Camollia. Era su oportunidad.
Al detectar un claro entre la multitud exaltada, saco a
