Saboreando el desafio,
Cualquiera que lo viera ese dia pensaria que se proponia lo imposible. Lo que acortaba con el atajo quedaba contrarrestado por los multiples saltos y, cuando regresara al camino, estaria tan lejos de los otros jinetes como antes, por no hablar del dano que habria sufrido el caballo de galopar por monticulos y socavones y saltar como un perro rabioso bajo el sol de agosto.
Por suerte, Romeo desconocia sus probabilidades. Tampoco sabia que saldria al camino delante del grupo por circunstancias extraordinarias. En algun punto del recorrido, un espectador anonimo habia soltado un punado de gansos delante de los jinetes y, aprovechando la confusion, se habian lanzado huevos podridos con asombrosa punteria a un jinete concreto -de una casa especifica- en venganza por un incidente similar el ano anterior. Aquellas bromas formaban parte del Palio, pero rara vez repercutian seriamente en la carrera.
Algunos vieron la mano de la Virgen en todo aquello: los gansos, el retraso y el vuelo magico de Romeo por encima de siete vallas. Pero, para los catorce jinetes que habian seguido sumisos el camino, la repentina aparicion de Romeo delante de ellos no podia ser mas que obra del diablo, por eso lo siguieron con furiosa vehemencia al tiempo que el camino se estrechaba para canalizarlos a todos por el arco de Porta Camollia.
Solo los muchachos que se habian subido a la mamposteria de la puerta habian podido ver con sus propios ojos la ultima parte de la atrevida cabalgada de Romeo, y fueran cuales fuesen sus anteriores lealtades, no pudieron evitar vitorear al intrepido jinete cuando este cruzo la puerta por debajo de ellos, sumamente vulnerable sin yelmo y sin armadura, con un punado de enemigos enloquecidos pisandole los talones.
Muchos Palios se habian decidido en Porta Camollia: el jinete que tuviese la fortuna de cruzar primero la puerta albergaba muchas posibilidades de mantener el liderazgo por las calles estrechas de la ciudad y terminar vencedor en la piazza del Duomo. Desde ese punto, la mayor dificultad eran las casas altas que flanqueaban el camino: aunque, segun la ley, si se arrojaban objetos deliberadamente desde una casa, esta se derribaria, seguian cayendo macetas y ladrillos -de forma milagrosa o diabolica, conforme a las lealtades de cada uno- sobre los rivales que pasaban por debajo. A pesar de la ley, esos actos rara vez se castigaban, porque pocos agentes del orden se molestaban en recabar informes sobrios y unanimes de los hechos causantes de tales accidentes a lo largo del Palio.
Al pasar la fatidica puerta y entrar en Siena el primero, Romeo era perfectamente consciente de que desobedecia a su padre. El comandante le habia dado instrucciones claras de que evitase situarse a la cabeza del grupo, precisamente por el peligro de que le arrojaran proyectiles desde las casas. Aun con el casco puesto, una maceta de barro lanzada con punteria podia derribar a un hombre de su caballo; sin casco, habria muerto antes de llegar al suelo.
Pero Romeo no podia dejar que lo adelantaran. Le habia costado tanto alcanzar al grupo que la idea de situarse en cuarta posicion -aun en pro de la estrategia y de su propia integridad fisica- le repugnaba tanto como la de retirarse y permitir que terminaran la carrera sin el.
De modo que espoleo al caballo y entro como un trueno en la ciudad, confiando solo en que la Virgen le abriera paso por el oceano de curiosos con su baculo celestial y lo protegiese de cualquier proyectil malintencionado que cayese de lo alto.
No vio rostros, ni extremidades, ni cuerpos; el camino de Romeo lo flanqueaban muros tachonados de bocas chillonas y ojos como platos, bocas que no emitian sonidos y ojos que no veian sino blanco y negro, rival y aliado, y que jamas podrian narrar los hechos de la carrera porque para una multitud enfervorizada no los hay. Todo es emocion, esperanza, y los deseos de la multitud invalidan la verdad del individuo.
El primer proyectil lo alcanzo cuando entraba en el barrio de Magione. No vio lo que era, solo sintio un repentino dolor intenso en el hombro cuando el objeto lo ametrallo y cayo al suelo.
El siguiente -una maceta de terracota- le acerto en el muslo con un golpe seco y entumecedor y, por un instante, penso que le habia destrozado el hueso, pero, al tocarse la pierna, no sintio nada, ningun dolor. Mientras siguiera ensillado y con el pie bien sujeto al estribo, igual daba si se le habia roto o no.
El tercer objeto que lo golpeo era mas pequeno, por suerte, porque le dio justo en la frente y a punto estuvo de tumbarlo. Tras un par de boqueadas, logro recobrar la vision y recupero al fin el control del caballo; entretanto, a su alrededor, el muro de bocas chillonas se reia de su confusion. Solo entonces entendio lo que su padre habia sabido desde el principio: si continuaba a la cabeza en los barrios controlados por los Salimbeni, jamas terminaria la carrera.
Tomada la decision, no era dificil perder el primer puesto; lo complicado seria impedir que lo adelantaran mas de tres jinetes. Todos lo miraron furiosos al pasarlo -el hijo de Tolomei, el de Salimbeni y otro que le daba igual-, y Romeo les devolvio la mirada, odiandolos por pensar que se rendia y odiandose a si mismo por recurrir a ese truco.
Retomando la persecucion, Romeo se mantuvo lo mas cerca posible de los tres primeros, con la cabeza gacha y con la esperanza de que ninguno de los agresores, partidarios de Salimbeni, se arriesgara a hacer dano al hijo de su patron. Acerto. Al ver los tres diamantes del estandarte de Salimbeni, dejaron de arrojar macetas y ladrillos por un momento y, mientras los cuatro recorrian al galope el barrio de San Donato, no lo golpeo ni un solo objeto.
Al pasar al fin por el palazzo Salimbeni, supo que habia llegado la hora de conseguir lo imposible: adelantar a sus tres rivales, uno por uno, antes de enfilar la empinada via del Capitano rumbo a la piazza del Duomo. Ese era el momento en que precisaba la intervencion divina; solo podria lograrlo y ganar la carrera desde su posicion con el favor celestial.
Espoleando al caballo, Romeo consiguio dar alcance al hijo de Tolomei y al de Salimbeni -el uno junto al otro como aliados de toda la vida-, pero, cuando estaba a punto de hacerlo, Nino Salimbeni retrajo el brazo como un escorpion retrae la cola y le hundio a Tebaldo Tolomei una daga resplandeciente en el cuello, justo por donde le asomaba entre la armadura y el yelmo.
Sucedio tan de prisa que nadie pudo ver quien habia atacado ni como. Un destello dorado, un leve forcejeo, y el joven adolescente cayo sin vida al centro de la plaza, donde los seguidores de su padre lo recogieron entre gritos mientras el asesino proseguia su galopada a toda velocidad sin volverse siquiera.
El unico que reacciono ante tal atrocidad fue el tercer jinete, que, temiendo por su propia vida tras haberse convertido en el unico rival de Salimbeni, empezo a empujarlo con su estandarte para desmontarlo.
Romeo dio entonces rienda suelta a
En la piazza del Duomo, fray Lorenzo lamento por enesima vez aquella manana no haberse quedado rezando en su solitaria celda. En cambio, se habia dejado llevar por la locura del Palio. Alli estaba, atrapado por la multitud, casi incapaz de ver la meta a pesar del pano diabolico que ondeaba en lo alto de un poste, ese nudo de seda al cuello de la inocencia: el
A su lado estaba la tribuna, que albergaba a los representantes de las familias nobles, distinta de la del gobierno, continente de menos lujo y alcurnia, pero -a pesar de su modesta retorica- identica en cantidad de ambicion. En la primera, tanto Tolomei como Salimbeni eran bien visibles, habiendo optado por ver triunfar a sus hijos desde la comodidad de sus asientos acolchados en lugar de tragar polvo a la salida, en Fontebecci, solo para impartir sus consejos paternos a unos jovenes desagradecidos que en cualquier caso desoirian sus palabras.
Alli sentados, saludaban con moderada condescendencia a sus alborozados seguidores, perfectamente conscientes de que ese ano el tono de las masas habia cambiado. El Palio siempre habia sido una cacofonia de
