– ?En serio? Eso es nuevo. ?Desde cuando?
El se encogio de hombros y siguio adelante.
– Cuando te vi en la puerta de mi despacho.
No supe como responder a tan repentina amabilidad, asi que hicimos el resto del camino en silencio, bajamos la escalera y salimos por la puerta principal a esa luz tenue y dorada que marca el final del dia y el comienzo de algo mucho menos predecible.
– Bueno, Giulietta -dijo Alessandro volviendose hacia mi con los brazos en jarras-, ?hay algo mas que deba saber?
– Pues… -dije frunciendo los ojos por la luz-, tambien hay un tio en moto…
– ?Madre de Dios!
– Pero lo de este es distinto. Solo… me sigue. No se que quiere…
Alessandro puso los ojos en blanco.
– ?No sabes lo que quiere! ?Quieres que te lo diga?
– No, gracias. -Me recoloque el vestido-. No me preocupa. Pero el del chandal, si…, ese entro a la fuerza en mi habitacion. Asi que… tal vez deberia cambiar de hotel.
– ?«Tal vez»? -No parecia impresionado-. Te dire que vamos a hacer: antes que nada, iremos a la policia…
– ?No, a la policia, no!
– Solo ellos pueden decirte quien le ha hecho eso a tu primo Peppo. Yo no tengo acceso a los expedientes de Monte dei Paschi. Tranquila, te acompano. Conozco a esos tios.
– ?Si, claro! -le di un codazo en el pecho-. ?Que forma tan astuta de enchironarme!
– Si quisiera enchironarte -dijo desesperado-, tendria que ser astuto de verdad, ?no?
– Mira… -Me ergui todo cuanto pude-. ?Aun no entiendo tus juegos de poder!
Mi postura le hizo sonreir.
– Entonces, ?por que te empenas en jugar a ellos?
La central de policia de Siena era un lugar muy tranquilo. En algun momento del pasado, al reloj de la pared se le habian gastado las pilas a las siete menos diez, y esa tarde, mientras examinaba obediente hojas y hojas de bandidos digitalizados, empece a sentirme asi yo tambien. Cuanto mas miraba los rostros de la pantalla, mas consciente era de que, en el fondo, no sabia que aspecto tenia de cerca mi persecutor. La primera vez que habia visto al tipejo llevaba gafas de sol, la segunda era demasiado de noche, y la tercera -aquella misma tarde- me habia preocupado demasiado la pistola que llevaba en la mano para fijarme en los detalles de su careto.
– Lo siento… -me volvi hacia Alessandro, sentado pacientemente a mi lado, con los codos clavados en las rodillas a la espera de mi momento eureka-, pero no me suena ninguno de estos. -Sonrei como disculpandome a la agente a cargo del ordenador, consciente de que les estaba haciendo perder el tiempo-.
– Tranquila -respondio ella, devolviendome la sonrisa porque era una Tolomei-, no tardaremos en localizar las huellas dactilares.
Lo primero que habia hecho Alessandro nada mas llegar a la comisaria habia sido denunciar el robo del museo de la Lechuza. Dos coches patrulla habian salido inmediatamente para el lugar de los hechos y los cuatro agentes se habian mostrado entusiasmados de tener al fin un verdadero delito entre manos. Si el tipejo habia sido lo bastante torpe como para dejar rastros de su persona en el museo -huellas, sobre todo-, tarde o temprano sabriamos quien era, siempre, claro esta, que estuviese fichado.
– Mientras esperamos -dije-, ?crees que deberiamos buscar a Romeo Marescotti?
Alessandro fruncio el ceno.
– No te habras creido el cuento de tu primo…
– ?Por que no? A lo mejor es el. A lo mejor ha sido siempre el.
– ?De chandal? Lo dudo.
– ?Por que no? ?Acaso lo conoces?
Alessandro inspiro profundamente.
– Si, y no esta en ese ordenador. Ya lo he buscado.
Me lo quede mirando estupefacta. Antes de que pudiera hacerle mas preguntas, dos agentes entraron en la sala; uno de ellos llevaba un portatil, que coloco delante de mi. Ninguno de los dos hablaba mi idioma, asi que Alessandro tuvo que traducir lo que me decian.
– Han encontrado una huella en el museo -me explico- y quieren que eches un vistazo a unas fotos, a ver si alguno te resulta familiar.
Me volvi hacia la pantalla y vi cinco rostros de hombre uno al lado del otro; todos ellos me miraban con una mezcla de indiferencia y repugnancia. Al poco, dije:
– No estoy segura al ciento por ciento, pero, si quereis saber cual se parece mas al tipo que me seguia, yo diria que el cuarto.
Tras una breve conversacion con los agentes, Alessandro asintio con la cabeza.
– Ese es el hombre que ha entrado en el museo. Ahora quieren saber por que lo ha hecho, y por que anda siguiendote.
– ?Que tal si me decis quien es? -Observe sus rostros serios-. ?Es algun… asesino?
– Se llama Bruno Carrera. Ha formado parte del crimen organizado y se lo ha vinculado a tipos muy peligrosos. Ha estado desaparecido, pero… -senalo la pantalla con la cabeza-, parece que ha vuelto.
Volvi a mirar la foto. Bruno Carrera ya no era ningun chaval. Me extranaba que hubiera abandonado su retiro para robar una pieza de seda antigua de nulo valor comercial.
– Solo por curiosidad… -dije sin pensar-, ?se lo ha relacionado alguna vez con un tal Luciano Salimbeni?
Los agentes se miraron.
– Que discreta -me susurro Alessandro, queriendo decir justo lo contrario-. Creia que no buscabas respuesta a ninguna pregunta.
Levante la mirada y vi que los agentes me estudiaban con renovado interes. Probablemente se preguntaran que hacia yo en Siena y cuanta informacion vital sobre el asalto no les habia desvelado aun.
– Diles que mi primo me ha hablado del tal Luciano-le pedi-. Al parecer, iba tras algunas de las reliquias de nuestra familia hace veinte anos. Por lo menos eso es cierto.
Alessandro defendio mi caso lo mejor que pudo, pero los agentes no parecian satisfechos y siguieron pidiendo detalles. Fue una extrana lucha de poder, porque era obvio que lo respetaban mucho, pero habia algo en mi y en mi historia que no terminaba de encajar. Justo entonces salieron de la habitacion y yo me volvi hacia Alessandro, desconcertada.
– ?Ya esta? ?Podemos irnos?
– ?De verdad crees que te van a dejar marchar sin que les expliques por que tu familia esta relacionada con uno de los delincuentes mas buscados de Italia? -pregunto desalentado.
– ?«Relacionada»? Lo unico que he dicho es que Peppo sospechaba que…
– Giulietta… -se me acerco para que nadie nos oyera-, ?por que no me habias contado todo eso?
Antes de que pudiera responder, los agentes volvieron con el expediente impreso de Bruno Carrera y le pidieron a Alessandro que me interrogara sobre una parte concreta.
– Parece que tienes razon -dijo repasando el texto-, Bruno solia hacer trabajitos esporadicos para Luciano Salimbeni. Lo arrestaron una vez y les conto una historia de una estatua de ojos dorados… -Me miro, tratando de evaluar mi honradez-. ?Sabes algo sobre eso?
Sorprendida de que la policia supiera de la estatua dorada -aunque su informacion fuese escasa-, consegui negar rotundamente con la cabeza.
– Ni idea.
Nos miramos en silencio unos segundos pero no flaquee. Al final volvio al expediente.
– Parece que Luciano podria haberse visto implicado en la muerte de tus padres, justo antes de desaparecer.
– ?Desaparecer? Pensaba que habia muerto…
Alessandro ni siquiera me miro.
