Cuando el sacerdote los insto a pronunciar un sentido y melodioso amen con el que poner fin al rito, aprovecho la oportunidad para ocultarse aun mas entre las sombras, a cuatro patas, temblando por el contacto con la tierra fria y humeda.

Mientras permanecia oculta, apoyada en la tosca piedra de un sepulcro, procurando contener la respiracion, los asistentes al funeral fueron saliendo uno a uno del panteon, dejando las velas en el pequeno altar situado bajo los pies del Cristo, e iniciaron el largo y lloroso camino a casa. Pocos habian dormido desde el Palio del dia anterior y, como fray Lorenzo habia previsto, nadie tuvo a bien comprobar que salian del panteon tantas personas como habian entrado en el. Despues de todo, ?que ser humano querria quedarse en una lugubre camara de terrible hedor, atrapado tras una pesada losa que no podia retirarse desde dentro?

Cuando se hubieron marchado todos, la puerta del panteon se cerro con un golpe seco. Titilaban las velitas en el altar de la entrada, pero a Giulietta, agazapada entre las sepulturas de sus antepasados, jadeando, la envolvio una oscuridad absoluta.

Alli sentada, sin nocion del tiempo, Giulietta empezo a comprender que la muerte era, mas que nada, una espera. Alli yacian todos sus ilustres antepasados, esperando pacientemente que una mano divina llamase a su sepultura y despertara su espiritu a una existencia que jamas podrian haber imaginado en vida.

Algunos volverian con su armadura de caballeros, quiza faltos de un ojo o de alguna extremidad, y otros en ropas de dormir, con aspecto enfermizo y llenos de forunculos; otros no serian mas que bebes de llanto inconsolable, y otros sus jovenes madres, empapadas en sangre…

Aunque Giulietta no ponia en duda que, un dia, alguien llamaria a la sepultura de todos los que lo merecieran, el hecho de ver todos aquellos sepulcros antiquisimos y pensar en todos esos siglos pasados la aterraban. Verguenza deberia darle, penso, inquietarse por tener que esperar a Romeo entre las inmoviles sepulturas de piedra; ?que eran unas cuantas horas de angustia en comparacion con semejante eternidad?

Cuando al fin se abrio la puerta del panteon, casi todas las velas del altar se habian consumido y las pocas que quedaban proyectaban sombras aterradoras y distorsionadas, casi peores que la oscuridad. Sin detenerse siquiera a comprobar que era realmente Romeo quien llegaba, Giulietta corrio emocionada hacia su salvador, hambrienta de vitalidad y sedienta de aire fresco.

– ?Romeo! -grito, cediendo por fin a la debilidad-. ?Gracias a Dios…!

Pero no era Romeo quien estaba a la puerta, contemplandola con una criptica sonrisa, sino el senor Salimbeni.

– Por como te has quedado encerrada junto a la sepultura de tu primo, se diria que lamentas en demasia su muerte -dijo en un tono severo nada acorde con su aspecto jovial-. Aunque no veo restos de lagrimas en esas mejillas sonrosadas. Quiza… -bajo unos peldanos pero se detuvo, asqueado por el hedor- mi tierna prometida se ha vuelto loca. Eso debe de ser. Temo tener que ir a buscarte a los cementerios, querida, y encontrarte jugando cual perturbada con huesos y calaveras. Claro que… -anadio con una mueca lasciva- tampoco me desagradan esos juegos. De hecho, creo que nos llevaremos bien, tu y yo.

Paralizada al verlo, Giulietta no supo que responder; ni siquiera entendia que se proponia. No pensaba mas que en Romeo, y en por que no habia ido el sino el odioso Salimbeni a sacarla del panteon. Claro que esa era una pregunta que no se atrevia a formular en voz alta.

– ?Ven aqui! -Salimbeni le hizo un gesto para que saliera de la camara mortuoria y Giulietta no tuvo mas remedio que obedecer. Asi que subio a su lado y se vio en plena noche rodeada por las antorchas de los guardias uniformados de Salimbeni.

Tras examinar los rostros de los hombres, le parecio ver compasion e indiferencia en dosis iguales, pero lo mas inquietante fue la impresion de que sabian algo que ella ignoraba.

– ?No ansias saber como he podido rescatarte de las garras de la muerte? -pregunto Salimbeni disfrutando de su aturdimiento.

Giulietta apenas fue capaz de asentir con la cabeza, innecesariamente, pues el, satisfecho, continuo el monologo sin su consentimiento.

– Por suerte para ti -prosiguio-, he tenido un guia excelente. Mis hombres lo vieron rondar la zona y, en lugar de darle muerte de inmediato, segun las ordenes, se preguntaron que tesoro podria tentar a un proscrito a volver a la ciudad prohibida y jugarse el arresto y la muerte. Su camino, como ya habras supuesto, nos ha traido hasta este panteon y, dado que es bien sabido que no se puede asesinar dos veces al mismo hombre, he deducido que pretendia bajar a la tumba de tu primo por venganza.

Al ver a Giulietta palidecer con su discurso, Salimbeni indico por fin a sus guardias que trajesen a la persona en cuestion, y estos arrojaron el cuerpo cerca de donde ambos se encontraban como el carnicero echa una res enferma a la picadora.

Giulietta grito al ver a su Romeo alli tirado, ensangrentado y destrozado, y, si Salimbeni no se lo hubiera impedido, tambien ella se habria tirado al suelo para acariciarle el pelo mugriento y besarle la sangre de los labios mientras aun le quedaba resuello en el cuerpo.

– ?Maldito demonio! -le aullo a Salimbeni, forcejeando furiosa para zafarse de el-. ?Dios os castigara por esto! ?Soltadme, diablo, para que pueda morir con mi esposo, porque llevo su anillo en mi dedo y juro por todos los angeles del cielo que jamas sere vuestra!

Eso no agrado a Salimbeni. Cogio a Giulietta por la muneca para poder inspeccionar el anillo y a punto estuvo de romperle el hueso. Cuando hubo visto bastante, la arrojo a los brazos de un guardia y se acerco a Romeo para darle una patada en el estomago.

– ?Gusano rastrero! -espeto, escupiendole asqueado-. No has podido resistirte, ?eh? ?Pues que sepas que tu abrazo es la muerte de tu dama! ?Iba a matarte solo a ti, pero ya veo que ella es tan despreciable como tu!

– ?Os lo ruego! -tosio Romeo, esforzandose por levantar la cabeza del suelo para ver a Giulietta una ultima vez-. ?No la mateis! ?Fue solo una promesa! ?Nunca he yacido con ella! ?Por favor! ?Lo juro por mi alma!

– ?Conmovedor! -observo Salimbeni, mirando a uno y luego al otro, en absoluto convencido-. ?Que dices tu, muchacha?… -Cogio a Giulietta por la barbilla-. ?Dice la verdad?

– ?Maldito seais! -espeto, forcejeando-. ?Somos marido y mujer, asi que mas vale que me mateis, pues como he yacido con el en nuestro lecho nupcial yacere con el en nuestra tumba!

Salimbeni la sujeto con mas fuerza.

– ?Es eso cierto? ?Tambien tu lo juras por tu alma? Mira que, si mientes, ira al infierno esta misma noche.

Giulietta miro a Romeo, tan desdichado, en el suelo, delante de ella, y la desesperacion que le produjo le formo un nudo en la garganta que le impidio hablar -y mentir- mas.

– ?Ja! -Salimbeni se alzo triunfante ante ellos-. Asi que esta flor no la has deshojado, ?eh, perro? -Le propino otra patada, saboreando los gemidos de su victima y los sollozos de la mujer que le suplicaba que parase-. Vamos a asegurarnos… -se hurgo en el jubon, saco la daga de Romeo y la desenvaino- de que no deshojas ninguna mas.

Con un movimiento lento y generoso, Salimbeni hundio la daga del aguila en el abdomen de su propietario, luego la saco, dejando al joven en medio de una insufrible agonia, con el cuerpo entero retorcido alrededor de la espantosa herida.

– ?No! -grito Giulietta, abalanzandose sobre Romeo, presa de un panico tan intenso que los guardias no pudieron con ella. Se tiro a su lado y lo envolvio en sus brazos, desesperada por ir a donde iba el y no quedarse atras.

Pero Salimbeni, harto de su teatro, la levanto agarrandola por los pelos.

– ?Calla! -bramo, dandole una bofetada para que obedeciera-. Esos aullidos no te serviran para nada. Serenate y recuerda que eres una Tolomei. -Luego, antes de que ella entendiera que hacia, le quito el sello del dedo y lo tiro al suelo, donde yacia Romeo-. Ahi van tus votos con el. ?Agradece que sean tan faciles de deshacer!

A traves del velo de su cabello ensangrentado, Giulietta vio a los guardias coger el cuerpo de Romeo y arrojarlo escaleras abajo al panteon de los Tolomei como si fuera un saco de grano. Pero no los vio encajar la puerta despues, ni asegurarse de que estaba bien cerrada. En medio de aquel horror, habia olvidado como respirar; fue entonces cuando un angel misericordioso le cerro al fin los ojos y la dejo desplomarse en los brazos de una serena oscuridad.

V. II

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