La virtud misma, si mal aplicada, en vicio se convierte y el vicio se ennoblece con acciones.

Desde la torre del Mangia, la media luna del Campo parecia una mano de cartas tapadas. Que propio de una ciudad con tantos secretos, pense. ?Quien podria haber pensado que hombres como el malvado Salimbeni medrarian en un lugar tan hermoso, o que se les permitiria acceder a el siquiera?

No habia indicios en el diario del maestro Ambrogio de que el Salimbeni medieval hubiera tenido alguna virtud -como la generosidad de Eva Maria o el encanto de Alessandro- y, aunque la hubiera tenido, eso no cambiaba el hecho de que habia asesinado brutalmente a todos los seres queridos de Giulietta, con excepcion de fray Lorenzo y su hermana Giannozza.

Habia pasado casi toda la noche angustiada por los brutales sucesos descritos en el diario y, con las pocas paginas que me quedaban por leer, intuia que me esperaba un amargo final. Mucho me temia que no habria final feliz para Romeo y Julieta; no eran las acrobacias literarias sino los hechos puros y duros los que habian convertido sus vidas en una tragedia. Para empezar, Romeo ya estaba muerto, apunalado en el abdomen con su propia daga - lamia, vamos-, y Giulietta era presa de su odiado enemigo. Quedaba por ver si ella moria en esas paginas.

Quiza por eso no estaba de muy buen humor esa manana mientras me encontraba en lo alto de la torre del Mangia, esperando a que apareciera mi Romeo motorizado. O quiza fuera aprension, porque sabia que no deberia haber ido alli. ?Que clase de mujer accede a citarse a ciegas en lo alto de una torre? ?Y que clase de hombre se pasa las noches con el casco puesto y la visera bajada, comunicandose con la gente por medio de pelotas de tenis?

Pero alli estaba yo.

Porque, si de verdad aquel hombre misterioso descendia del Romeo medieval, yo tenia que ver como era. Hacia mas de seiscientos anos que nuestros antepasados se habian visto separados por violentas circunstancias y, desde entonces hasta la fecha, su desastroso romance habia sido una de las mas hermosas historias de amor que el mundo habia conocido jamas.

?Como no iba a estar nerviosa? No podia estar sino histerica de que una de mis figuras historicas -sin duda la mas importante para mi- hubiera cobrado vida al fin. Desde que Lippi me habia puesto al corriente de que habia un Romeo Marescotti contemporaneo, amante del arte y del vino, suelto por Siena de noche, habia sonado con conocerlo. Sin embargo, cuando por fin lo tenia delante -personificado en tinta roja y rubricado con fioritura-, cai en la cuenta de que lo que en realidad sentia eran nauseas, de esas que uno siente cuando cree estar traicionando a alguien cuya confianza no quiere perder.

Ese alguien, me di cuenta, sentada en la tronera que miraba a una ciudad a la vez tremendamente hermosa e irresistiblemente arrogante, era Alessandro. Si, era un Salimbeni, y no, no le gustaba nada mi Romeo, pero su sonrisa -cuando la dejaba emerger- era tan autentica y tan contagiosa que ya me habia enganchado.

Claro que eso era ridiculo. Hacia una semana que nos conociamos y casi todo el tiempo habiamos estado tirandonos los trastos a la cabeza, estimulados por los prejuicios de mi familia. Ni siquiera Romeo y Julieta -los de verdad- podian presumir de esa clase de hostilidad inicial. Resultaba paradojico que la historia de nuestros ancestros se repitiera de una manera tan shakespeariana y que nuestro triangulo amoroso diera semejante vuelta.

Sin embargo, tan pronto como admiti mi interes por Alessandro, empece a sentir lastima por el Romeo que estaba a punto de conocer. Segun mi primo Peppo, habia huido al extranjero para escapar de la brutalidad que los habia sacado a el y a su madre de la ciudad, y fuera cual fuese el verdadero proposito de su regreso a Siena, probablemente lo arriesgara todo quedando conmigo en la torre del Mangia. Solo por eso, debia estarle agradecida.

Ademas, aunque no pudiera igualarse a Alessandro, lo minimo que podia hacer era darle la oportunidad de conquistarme, si eso era lo que queria, y no cerrarle mi corazon a cal y canto como Julieta se lo habia cerrado a Paris tras conocer a Romeo. Tal vez me estuviera precipitando. Quiza solo quisiera hablar conmigo. En ese caso, seria un alivio, la verdad.

Cuando al fin oi pasos en la escalera, me levante de la tronera de piedra y me sacudi nerviosa el vestido, preparandome para el encuentro legendario que estaba a punto de producirse. No obstante, mi heroe tardo un poco en llegar al final de la escalera y, mientras lo esperaba, predispuesta a que me gustara, no pude evitar pensar que -por lo mal que respiraba y lo mucho que arrastraba los pies en el ultimo tramo- yo estaba en mejor forma que el.

Por fin aparecio mi jadeante acosador, con el traje de cuero colgado de un brazo y el casco en el otro, y, de pronto, todo dejo de tener sentido.

Era Janice.

No podria precisar en que instante habia empezado a hacer aguas mi relacion con Janice. Nuestra infancia habia estado plagada de conflictos, si, pero como la de todo el mundo, y media humanidad parece capaz de llegar a la madurez sin haber perdido por completo el afecto de sus hermanos.

Nosotras, no. A mis veinticinco, no recordaba cuando la habia abrazado por ultima vez, ni cuando habia mantenido con ella una conversacion que no hubiese degenerado en disputa juvenil. Siempre que nos veiamos era como si volvieramos a tener ocho anos, y recurriamos a argumentos de lo mas primitivo. «Porque lo digo yo» y «Yo lo he visto primero» son expresiones que suelen dejarse atras como vestigios de una epoca barbara, del mismo modo que se renuncia a mantitas y chupetes; para Janice y para mi, eran la piedra angular de nuestra relacion.

Tia Rose, en general, habia optado por pensar que terminaria arreglandose con el tiempo, siempre que hubiese un reparto equitativo de afecto y caramelos. Si le pediamos que se implicara, en seguida se lavaba las manos-al fin y al cabo, nuestras rinas eran constantes-, y nos respondia con algun argumento trillado como que debiamos aprender a compartir y a tratarnos bien.

– ?Vamos, ninas, sed buenas! -decia, cogiendo un cuenco de cristal lleno de palmeritas de chocolate que tenia en una mesita, muy cerca de su sillon-. Julie, se justa con Janice…, ?dejale tu… -lo que fuera: muneca, libro, cinturon, bolso, gorro, botas…- y tengamos la fiesta en paz, por todos los santos!

Al final, nos ibamos sin resolver el problema, Janice solazandose de mis perdidas y de sus propias ganancias inmerecidas. Por lo general, queria mis cosas porque las suyas se habian roto o estaban «gastadas» y era mas facil quedarse con las mias que ahorrar para comprarse otras nuevas. Asi dejabamos a tia Rose en su sillon despues de otra redistribucion de riquezas merced a la cual se me arrebataba lo mio sin reemplazarlo por nada mas que un dulce seco del cuenco de cristal. Con sus letanias sobre ecuanimidad, tia Rose no hacia sino desencadenar desastres; mi infernal infancia estaba sembrada de sus buenas intenciones.

Cuando empece a ir al instituto, ni me molestaba en pedirle ayuda a tia Rose; me plantaba directamente en la cocina para contarselo a Umberto, que -en mi memoria- siempre andaba afilando cuchillos, con la opera a todo trapo. Cada vez que le salia con el manido «?No es justo!», me respondia:

– ?Quien te ha dicho que la vida es justa? -Una vez me calmaba, me preguntaba-: ?Que quieres que haga yo?

A medida que fui creciendo y madurando, aprendi que la respuesta a aquella pregunta era «Nada. Tengo que hacerlo yo misma». Y era cierto. No acudia a el porque quisiera que le pusiera las pilas a Janice -aunque eso habria estado bien-, sino porque el no temia decirme, a su modo, que yo era mejor que ella y que merecia mas de la vida. Dicho eso, conseguirlo o no era cosa mia. El unico problema era que nunca me habia dicho como.

Al parecer, me habia pasado la vida corriendo con el rabo entre las piernas, esforzandome por descubrir oportunidades que Janice no pudiera robarme o estropearme, pero, por mucho que enterrara mis tesoros, ella siempre los olfateaba y los mordisqueaba hasta dejarlos irreconocibles. Si me guardaba las zapatillas de ballet para el recital de final de temporada, al abrir la caja, me encontraba con que se las habia probado y habia dejado las cintas enmaranadas, y una vez que hice uncollage de patinaje artistico sobre hielo en clase de plastica me colo un recorte de Paco Pico de Barrio Sesamo en cuanto lo lleve a casa.

Por mucho que huyera, por mucho que camuflase mi rastro, siempre venia detras de mi, con la lengua fuera, y correteaba traviesa a mi lado para dejarme en una visible segunda posicion.

Estando alli, en lo alto de la torre del Mangia, las recorde de pronto, mis innumerables razones para odiar a

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