– ?Que tienes con ese bomboncito? -En su afan por alcanzarme, a punto de tropezar-. ?Intentas darme celos?
Estaba ya tan harta de ella que me detuve en plena piazza Postierla y me volvi a gritarle:
– ?Te lo deletreo? ?Intento librarme de ti!
De las muchas cosas desagradables que le habia dicho a mi hermana en toda nuestra vida, esa no era ni mucho menos la peor. Sin embargo, quiza porque estabamos lejos de casa, acerte de lleno y, por un instante, se mostro aturdida, como si fuese a echarse a llorar.
Di media vuelta, asqueada, y prosegui mi camino, logrando distanciarme un poco de ella antes de que volviera a seguirme, dejandose en el adoquinado los taconazos de sus botas.
– ?Vale! -exclamo, aleteando para mantener el equilibrio-. Siento lo de la moto. Tambien lo de la carta, ?vale? No pense que te lo fueras a tomar asi. -Al ver que ni contestaba ni aminoraba la marcha, gimoteo y siguio avanzando sin lograr darme alcance-. Escucha, Tules, se que estas cabreada, pero tenemos que hablar. ?Recuerdas el testamento de tia Rose? ?Pues era un ca…, aaahhh!
Debia de haberse torcido algo, porque, cuando me volvi, Janice estaba sentada en medio de la calle, masajeandose el tobillo.
– ?Que has dicho? -pregunte con cautela, retrocediendo un poco-. ?Del testamento?
– Ya me has oido -respondio con tristeza, inspeccionando el tacon roto de la bota-, que todo era un camelo. Pense que estabas en el ajo, por eso he actuado en secreto, para averiguar que te traias entre manos, pero… estoy dispuesta a concederte el beneficio de la duda.
Mi malvada gemela habia tenido una mala semana. Primero -me conto mientras avanzaba a la pata coja colgada de mi cuello-, habia descubierto que el abogado de la familia, el senor Gallagher, no era en realidad quien decia ser. ?Como? Porque habia aparecido el verdadero senor Gallagher. Despues, resulto que el testamento que nos habia ensenado era pura invencion. En realidad, tia Rose no tenia nada que dejarle a nadie, salvo deudas. Por ultimo, el dia despues de mi partida, se habian plantado en casa dos agentes de policia que le habian montado un pollo por quitar la cinta amarilla. ?Que cinta? Pues la cinta con la que habian precintado el edificio al descubrir que era la escena de un crimen.
– ?La escena de un crimen? -Aunque calentaba el sol, senti un escalofrio-. ?Insinuas que tia Rose fue
Janice se encogio de hombros como pudo, esforzandose por mantener el equilibrio.
– Sabe Dios. Por lo visto, estaba toda magullada, a pesar de que, en teoria, habia muerto mientras dormia. Vete tu a saber.
– ?Janice! -No sabia que decir, asi que me limite a reprenderla por ser tan frivola.
La inesperada noticia -el hecho de que tia Rose no hubiera muerto tranquila, como me habia dicho Umberto- hizo que se me formara un nudo asfixiante en la garganta.
– ?Que? -espeto ella con voz pastosa-. ?Crees que fue divertido pasar la noche en la sala de interrogatorios, respondiendo a todas esas preguntas sobre si… -le costo decirlo- la queria?
Estudie su perfil, preguntandome cuando la habia visto llorar por ultima vez. Con el rimel corrido y la ropa desalinada de la caida, hasta parecia humana y casi agradable, quiza por el dolor del tobillo, la tristeza y la desilusion. De pronto consciente de que, para variar, tendria que ser yo la fuerte, me arme de valor y procure que se olvidara momentaneamente de la pobre tia Rose. -?No lo entiendo! ?Donde demonios estaba Umberto?
– ?Ja! -La pregunta le permitio recobrar parte de su energia-. ?Te refieres a
Inspire profundamente y trague saliva para no echar el brebaje de Malena, que, supuestamente, iba a ponerme contenta, pero en realidad me sabia a angustia.
– No se llamara… Luciano Salimbeni, ?verdad?
Mi dominio la dejo tan atonita que olvido que no podia apoyar el pie izquierdo.
– ?Vaya! -exclamo retirando el brazo de mi hombro-. ?Ya veo que estas muy metida en esto!
Tia Rose solfa decir que habia contratado a Umberto por su tarta de cerezas y, aunque no era del todo falso - los postres se le daban de miedo-, lo cierto era que no sabia prescindir de el. Umberto se ocupaba de la cocina, del jardin, del mantenimiento de la casa, pero lo mas admirable era que lograba que su contribucion pareciese nimia al lado de las inmensas tareas llevadas a cabo por la propia tia Rose, como preparar centros florales para la mesa del comedor o buscar palabras dificiles en el diccionario.
La verdadera habilidad de Umberto era conseguir que nos creyeramos autosuficientes. Casi parecia que considerara fallidos sus empenos si detectabamos su toque en las bendiciones que recibiamos; era una especie de Santa Claus perpetuo que solo gustaba de regalar a quienes dormian profundamente.
Como casi todo en nuestra infancia, la llegada de Umberto a nuestras vidas norteamericanas se hallaba cubierta por un velo de silencio. Ni Janice ni yo recordabamos un momento en que el no hubiera estado presente. Cuando alguna vez, tumbadas en la cama, bajo el escrutinio de la luna llena, competiamos por recordar nuestra exotica infancia en la Toscana, el siempre aparecia en la foto.
En cierto modo, lo queria mas que a tia Rose, porque siempre me defendia y me llamaba «princesita». Aunque nunca fue explicito, se que todas notabamos que detestaba los deplorables modales de Janice, y me apoyaba discretamente cuando decidia no emular sus travesuras.
Cuando Janice le pedia que nos contara un cuento, recurria a alguna fabula en la que alguien terminaba decapitado; en cambio, si yo me acurrucaba en el banco de la cocina, me traia las galletas especiales de la lata azul y me contaba historias interminables de caballeros, doncellas y tesoros enterrados. Cuando creci lo bastante para entenderlo, empezo a prometerme que algun dia Janice recibiria su merecido, que dondequiera que fuese llevaria consigo un ineludible pedazo de infierno, porque ella era el infierno y, con el tiempo, se convertiria en su peor castigo; yo, sin embargo, era una princesa, y un dia -si lograba apartarme de influencias corruptoras y errores irreversibles- conoceria a un principe guapisimo y encontraria mi propio reino magico.
?Como no iba a quererlo?
Era mas de mediodia cuando terminamos de ponernos al corriente. Janice me conto todo cuanto la policia le habia dicho de Umberto -o mas bien de Luciano Salimbeni-, que no era mucho, y yo le conte lo que me habia sucedido en Siena desde mi llegada, que si era mucho.
Acabamos comiendo en la piazza del Mercato, con vistas a la via dei Malcontenti y a un valle de un verde intenso. El camarero nos comento que, al otro lado del valle, corria una lugubre calle de una sola direccion, la via di Porta Giustizia, al final de la cual, antiguamente, se ejecutaba de forma publica a los criminales.
– Genial -solto Janice, sorbiendo la sopa
– Aun no me lo creo -masculle, escarbando en mi comida. Solo de ver comer a Janice se me quitaba el apetito, por no hablar de las sorpresas que habia traido consigo-. Si de verdad mato a papa y a mama, ?por que no nos mato tambien a nosotras?
– ?Sabes? -dijo Janice-, alguna vez me parecio que iba a hacerlo. Lo digo en serio. Tenia esa mirada de asesino en serie…
– Tal vez se sentia culpable por lo que habia hecho… -propuse.
– O tal vez -me interrumpio- sabia que nos necesitaba, por lo menos
– Supongo que pudo ser el quien contrato a Bruno Carrera para que me siguiese -anadi, tratando de aplicar la logica donde la logica no bastaba.
– ?Obviamente! -Janice puso los ojos en blanco-. ?Y puedes estar bien segura de que tambien tiene controlado a tu noviete! Le dirigi una mirada furiosa que ni siquiera parecio notar.
– Espero que no te refieras a Alessandro…
– Mmm…, Alessandro -paladeo su nombre como si de un bombon se tratase-. La espera ha merecido la pena, Tules, eso no te lo voy a negar. Lastima que ya se este acostando con Birdie.
– ?Que asquerosa eres! -le espete, sin dejar que me disgustara-. Ademas, te equivocas.
– ?Ah, si? -No le gustaba equivocarse-. ?Y por que entro a robar en tu habitacion?
– ?Que?
