salvajes un curso de agua informe en medio de la selva intrincada.

Puso el coche en marcha. Ahora tenian el sol a su espalda, y era como si se zambulleran en algo que se hubiera pintado para ellos. Y asi iba corriendo, mientras por el cielo se difundia el carmesi del ocaso del sol, y los campos, desnudos despues de la cosecha, comenzaban a oscurecerse y la soledad parecia intensificarse bajo el vuelo vespertino de los pajaros.

A la puerta de Condaford Grange, Dinny se apeo del coche canturreando: «Ella era una pastorcita, ?oh!, tan bonita», y miro el rostro de su hermano. Pero este se hallaba atareado con el automovil y no parecio darse cuenta de la relacion que eso pudiera tener con el.

CAPITULO XII

El caracter de un joven ingles de la variedad «taciturno» es dificil de entender. La variedad «locuaz» es, desde luego, mas facilmente comprensible. Sus modales y sus costumbres chocan a la vista, pero poco cuentan en la vida nacional. Vociferador, criticon, ingenioso, conociendo y dando a conocer tan solo a los de su propia variedad, forma como una iridiscencia que resplandece sobre la superficie del pantano ocultando el fango que esta debajo. De un modo constante y brillante expresa muy pocas cosas, mientras los que pasan la vida en la aplicacion de una energia disciplinada permanecen invisibles, pero no por esto son menos solidos, puesto que los sentimientos continuamente exhibidos dejan de ser sentimientos, y los sentimientos jamas exhibidos se profundizan en el silencio. Hubert no tenia el aspecto solido, ni era torpe; le faltaban, quizas, esos recursos que son normales en la linea de conducta del silencioso. Disciplinado, sensible y nada tonto, era capaz de formarse tranquilamente un juicio sobre las personas o sobre los sucesos, que hubiera sorprendido al locuaz; pero jamas lo expresaba, salvo a si mismo. Hasta poco antes, efectivamente, le habian faltado tiempo y oportunidad; pero, viendole en una sala de fumar, en una comida o en uno cualquiera de esos lugares donde brillan las personas de facil conversacion, se hubiera comprendido que ni el tiempo ni las ocasiones le harian volverse mas ruidoso. Dado que habia ido a la guerra muy joven como oficial de carrera, le faltaron las influencias de la universidad y de la vida mundana de Londres, que tanto contribuyen a la expansividad de un hombre. Ocho anos en Mesopotamia, en Egipto y en la India, un ano de enfermedad y, finalmente, la expedicion de Hallorsen, le habian dado un aspecto remoto, enjuto, casi amargo. Tenia el temperamento de los que, cuando estan ociosos, se consumen el corazon. Con su perro, su escopeta, o bien montando, encontraba la vida soportable, pera solo esto. Careciendo de esos recursos accidentales, languidecia. Tres dias despues de haber regresado a Condaford salio a la terraza. Donde estaba Dinny, con un numero del Times en la mano.

– ?Mira esto! Dinny leyo

«Sir: Espero tendra usted a bien excusarme por esta intrusion en sus columnas. Ha llegado a mi conocimiento el hecho de que determinados parrafos de mi libro Bolivia y sus secretos, editado el pasado mes de julio, han molestado gravemente a mi colaborador, el capitan Hubert Charwell, D. S. O., que estaba encargado de los transportes de la expedicion. Volviendo a leer esos parrafos, he quedado convencido de que, irritado a causa del fracaso parcial de la expedicion y debido al estado de agotamiento_ en que regrese de aquella aventura, critique de un modo injusto la conducta del capitan Charwell; por lo tanto, mientras aguardo la publicacion de la segunda edicion revisada, que no tardara mucho en aparecer, deseo abroTechar la ocasion piara rectificar publicamente en su importante periodico la acusacion contenida en las palabras que escribi. Es mi deber y mi agrado el presentar al capitan Charueu y al Ejercito britanico, del que es miembro, mis mas sinceras excusas y mi sentimiento por cualquier dolor que haya podido Causarle.

Me considero su humilde servidor,

Profesor Edward Hallorsen. Piedmont Hotel. Londres.»

– ?Muy noble! – exclamo Dinny, temblando ligeramente. – ?Hallorsen en Londres! ?Que diablos pretendera con esta salida tan repentina?

Dinny comenzo a arrancar unas hojas mustias de un agapanthus. En ese momento se le revelaba el peligro de entrometerse en los asuntos de los demas.

– Parece como si estuviera arrepentido, querido. -?Arrepentirse ese individuo! ?No es propio de el! Detras de todo esto hay algo.

– Si, estoy yo. -?Tu!

Dinny temblaba tras su sonrisa.

– Conoci a Hallorsen en Londres, en casa de Diana. Tambien estuvo en Lippinghall. De manera que yo… ejem… le ataque.

El rostro cetrino de Hubert se puso colorado. -?Tu le pediste… tu le rogaste…?

. -?Oh, no! -Entonces, ?que?

– Creo que se prendo de mi. Es extrano, pero no pude impedirlo, Hubert.- ?Ha hecho esto para caerte en gracia?

– Te expresas como hombre y como hermano. – ?Dinny!

Tambien ella se sonrojo. A pesar de que sonreia, estaba enojada..

– Yo no le alente. Se prendo de mi de un modo irrazonable, no obstante las abundantes duchas de agua fria que le eche encima. Pero si te interesa mi opinion, Hubert, he de decirte que tiene muchas buenas cualidades.

– Es natural que pienses asi, Dinny – repuso Hubert con frialdad.

Su rostro habiase vuelto a poner cetrino; incluso estaba ceniciento.

Dinny le cogio el brazo impulsivamente.

– ?No seas tonto! Si por una razon u otra se ha decidido a presentar publicamente sus excusas, aunque esten tan mal expuestas, ?no hay que considerarlo como una ventaja?

– No, cuando en ello esta mezclada mi propia hermana. Me hace el efecto de ser como un… como un… – se llevo las manos a la cabeza -. Todos pueden golpearme y yo no puedo moverme.

Dinny habia recobrado su sangre fria.

– No debes temer que yo te comprometa. Esta carta nos trae buenas noticias: derrumba todo el edificio de la acusacion. Frente a estas excusas, ?quien puede decir nada?

Pero Hubert, dejandole el periodico, volvio a entrar en casa.

Dinny no poseia lo que vulgarmente se llama un «pequeno orgullo». Su sentido del humor le impedia atribuir demasiado valor a sus propias acciones. Se daba cuenta de que hubiese tenido que prevenir esta contingencia, a pesar de que no veia de que manera.

El resentimiento de Hubert era harto natural. De haber sido dictadas por el convencimiento, las excusas de Hallorsen le hubieran calmado, pero, puesto que provenian del deseo de resultar agradable a su hermana, eran unicamente mas dolorosas; bien se veia que detestaba la simpatia que el profesor alimentaba hacia ella. Sin embargo, la carta existia, admitiendo clara y directamente haber hecho una critica injustificada, lo cual cambiaba toda la situacion. Inmediatamente comenzo a tomar en consideracion las ventajas que podria reportar. ?Se la enviaria a lord Saxenden? Habiendo llegado tan lejos en el asunto, decidio hacerlo, y entro en casa para redactar una nota.

«Condaford Grange, 21 de septiembre. Apreciado lord Saxenden:

Me tomo la libertad de enviarle el adjunto recorte del «Times» de hoy, porque siento que, en cierto modo, me excusa de mi desfachatez de la otra noche. No hubiera debido molestarle a usted, al final de un largo dia, con aquellos fragmentos del Diario de mi hermano. Fue imperdonable y no me extrana que buscara usted un refugio. Pero dicho recorte le demostrara que mi hermano sufrio una injusticia. Espero querra usted perdonarme.

Sinceramente suya,

Elisabeth Cherrel.»

Вы читаете Esperanzas juveniles
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату