Introdujo el recorte en el sobre, busco el nombre de lord Saxenden en el anuario y dirigio la carta a su domicilio particular de Londres, anadiendo a las senas la palabra Partitular.

Algo mas tarde, al buscar a Hubert, le dijeron que se habia ido a Londres en el coche.

Hubert corria a toda velocidad. La explicacion de Dinny e proposito de la carta le habia perturbado profundamente. Cubrio las cincuenta millas en menos de dos horas y llego a Piedinont Hotel a la una en punto. Desde que se separara de Hallorsen, seis meses antes, no se habian visto ni comunicado. Le envio su tarjeta de visita y aguardo en el vestibulo, sin saber con precision lo que queria decirle. Cuando la alta figura del americano aparecio detras del botones, una fria inmovilidad se apodero de todos sus miembros.

– Capitan Cherrell – dijo Hallorsen, tendiendole una mano.

El horror que Hubert sentia por las «escenas» era mas fuerte que el y, por lo tanto, le cogio la mano. Pero no la apreto.

– He sabido por el Times que se hallaba usted aqui. ?Hay un sitio adecuado donde podamos hablar unos minutos? Hallorsen se dirigio hacia una mesita apartada.

– Traiga dos combinados -1e encargo a un camarero. – Para mi no, gracias. Pero, ?puedo fumar?

– Espero que esta sea la pipa de la paz, capitan.

– No lo se. Unas excusas que no estan dictadas por el convencimiento, para mi son menos que nada.

– ?Quien le ha dicho a usted que no estan dictadas por el convencimiento?

– Mi hermana.

– Su hermana, capitan Cherrell, es una senorita muy poco comun y encantadora. Quisiera no tener que contradecirla. – ?No le sabe mal si hablo francamente?

– ?Desde luego que no!

– Entonces, preferiria no haber recibido por parte suya excusa ninguna, que deberla al sentimiento que haya podido inspirarle a usted alguien de mi familia.

– Bien -dijo Hallorsen despues de un silencio -, pero no puedo escribir otra carta al Times y decir que me he equivocado al presentarle esas excusas. Me figuro que no la publicarian. Estaba fuera de quicio cuando escribi el libro. Ya se lo dije a su hermana y ahora se lo digo a usted. Habia perdido todo sentimiento generoso y he tenido que arrepentirme de ello.

– No quiero generosidad, sino justicia. ?Deje o no deje de cumplir con mi deber?

– Bueno, no cabe duda de que al no lograr usted sujetar a un punado de hombres me hizo perder toda posibilidad de exito.

– Lo admite. ?No logre hacerlo por culpa mia o bien por culpa de usted, porque me habia confiado una tarea imposible?

Durante un minuto los dos hombres se miraron a los ojos, sin cambiar palabra. Luego Hallorsen volvio a tenderle la mano. – Dejemoslo correr – repuso -. Fue culpa mia.

Hubert tendio impetuosamente la mano, pero se detuvo a medio camino.

– Un momento. ?Dice usted eso por complacer a mi hermana?

– No, sir; lo digo porque lo pienso. Hubert le apreto la mano.

– Perfectamente – dijo Hallorsen -. No ibamos de acuerdo, capitan Cherrell; pero despues de haber sido huesped en una de las antiguas mansiones de su familia, creo haber comprendido el porque. Yo esperaba de usted lo que, segun parece, un ingles de su clase social jamas querra dar, es decir, la franca expresion de sus sentimientos. Me figuro que usted es de los hombres que han de ser interpretados, y esto era precisamente lo que yo no sabia hacer; por lo tanto, ambos quedamos sumidos en la obscuridad el uno con respecto al otro. Y asi es como se producen los roces.

– Yo no se por que razones, pero lo cierto es que los roces se produjeron.

– Pues bien, me gustaria poder volver a vivir el pasado. Hubert se estremecio.

_-?A mi no!

– Y ahora, capitan, ?quiere usted almorzar conmigo y decirme en que puedo servirle? Hare todo cuanto usted desee para reparar mi error.

Por un momento Hubert no hablo. 5u rostro estaba inmovil, pero sus manos temblaban un poco.

– Esta bien – dijo -. Es poca cosa. Y se encaminaron hacia el grill-room.

CAPITULO XIII

Si existe una cosa mas cierta que otra -lo que es extremadamente dudoso – es que nada que este relacionado con un Departamento Publico seguira el curso que el individuo particular espera.

Una mujer de mas experiencia y menos ingenuamente confiada que Dinny hubiera dejado tranquilo al perro entregado al sueno. Pero ella aun no tenia la suficiente experiencia para saber que el efecto que suelen producir las cartas enviadas a personas de altos cargos es, por lo general, opuesto al que espera quien las mando. El hecho de haber excitado su amor propio – lo que debe evitarse en el caso de un politico – hizo que lord Saxenden dejara de ocuparse de la cuestion. ?Habia supuesto aquella joven, aunque fuera por un solo instante, que el no se habia dado cuenta de que el americano estaba picoteando en su mano como un pajarito domesticado? De hecho, en conformidad con la ironia latente en los asuntos humanos, la renuncia a la acusacion, por parte de Hallorsen, habia provocado en las autoridades una actitud mas suspicaz y severa. Y Hubert, dos dias antes de que finalizase su ano de permiso, recibio el aviso de que este quedaba prorrogado indefinidamente y que debia permanecer a medio sueldo, puesto que estaba pendiente una indagacion sobre la cuestion promovida en la Ca mara de los Comunes por el comandante Montley. Un jurisconsulto militar envio a los periodicos una carta, en contestacion a la de Hallorsen, en la que preguntaba si debia suponer que la muerte del mestizo y la pena de azotes mencionadas en su libro no habian ocurrido efectivamente. En tal caso, ?que explicacion podia presentar ese caballero americano acerca de una discrepancia tan sorprendente? Esta carta a su vez provoco, por parte de Hallorsen, la respuesta de que los sucesos eran los que en su libro expusiera, pero que el habia sacado deducciones erroneas y que las acciones del capitan Cherrell estaban plenamente justificadas.

Cuando recibio la notificacion de que su permiso quedaba prorrogado, Hubert se persono en el Ministerio de la Guerra. No obtuvo ninguna noticia favorable. Por el contrario, recibio una comunicacion extraoficial, por parte de una persona conocida suya, de que las autoridades bolivianas estaban a punto de «meter las narices» en el asunto. Esta noticia produjo en Condaford poco menos que una absoluta consternacion. De todos modos, ninguno de los cuatro jovenes, puesto que los Tasburgh aun estaban alli y Clara se hallaba en Escocia, aprecio la cosa en su justo valor, porque ninguno de ellos tenia idea de los extremos a que puede llegar la autoridad judicial cuando se pone en movimiento para cumplir con su deber. Pero para el general tuvo un significado tan siniestro, que inmediatamente partio hacia Londres y se alojo en su club.

Aquel dia, mientras Jean Tasburgh enyesaba un taco en la sala de billar, pregunto calmosamente

– ?Que significan esas noticias de Bolivia,- Hubert?

– Pueden significar cualquier cosa. Usted sabe que mate a un boliviano.

– Pero antes el intento matarle a usted. – Es cierto.

La joven apoyo el taco en la mesa. Sus manos morenas, delgadas y fuertes se agarraron a la banda. Luego, repentinamente, se acerco a Hubert y le poso una mano sobre un brazo.

– Besame – dijo -. Dentro de poco te pertenecere. – ?Jean!

– No, Hubert; nada de caballerosidad u otras tonterias semejantes. No quiero que soportes solo todos estos percances. Yo los compartire contigo. Besame.

El beso fue largo y les calmo a ambos. Luego el dijo – Jean, es absolutamente imposible hasta que todo se haya solucionado.

– Naturalmente. Se solucionara, pero yo quiero ayudarte a resolverlo. Casemonos pronto, Hubert. Papa puede

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