Mirando atentamente el brazo, repitio esta profunda observacion. Luego hubo un silencio hasta que Jean inquirio repentinamente
– ?Le gustaria a «usted» verse amenazado de extradicion, lord Saxenden?
Este hizo un movimiento de impaciencia.
– Pero se trata de un asunto oficial, senorita. Jean lo miro de nuevo.
– ?Es realmente cierto que jamas se ejerce una influencia desinteresada sobre las personas?
El rio.
– Almuerce conmigo en la Parrilla del Piedmont… pasado manana…, no, el viernes, y le dire si he podido hacer algo. Jean sabia siempre cuando habia llegado el momento de callar. En los comites parroquiales jamas hablaba durante mucho rato.
– Muchisimas gracias, ?A la una y media?
Lord Saxenden, maravillado, afirmo con la cabeza. Aquella joven poseia cierta decision que pasmaba a una persona cuya vida habia transcurrido entre los negocios publicos, los cuales destacan por la falta de esa cualidad.
– ?Hasta la vista! – dijo Jean.
– Adios, senorita Tasburgh. Muchas felicidades.
– Gracias. De su interes dependera el podermelas ofrecer. Antes de que el pudiese contestar, habia desaparecido. Jean volvio a pie y con el animo apaciguado. Pensaba con claridad y viveza, con una natural desconfianza hacia los actos de los demas. Tenia que ver a Hubert esta misma noche.
En cuanto llego a casa, se dirigio inmediatamente al telefono y llamo al Coffee House.
– ?Hubert? Soy Jean. – Dime, querida.
– Ven aqui despues de cenar.. Necesito verte. – ?Hacia las nueve?
– Si. Un beso. Adios. – Y colgo el auricular.
Se detuvo un momento antes de subir a vestirse, como para justificar su sobrenombre de «leoparda». Parecia, efectivamente, la imagen de la juventud que acecha su propio porvenir: esbelta, atenta, inmovil, perfectamente en su lugar en la salita de Fleur, refinada y de buen estilo, y no obstante extrana y en contraste con el ambiente, como hubiera podido estarlo un gato.
Durante la cena, cuando uno de los comensales tiene algun motivo de ansiedad y los demas lo saben, es menester evitar todo asunto que no se preste a un cambio de conversacion a fuego rapido. Nadie hizo alusion al tema Ferse y, despues del cafe, Adrian se marcho. Dinny le acompano hasta la puerta. -Buenas noches, tio. Dormire con mi maletin de socorro al alcance de la mano. Desde aqui se puede llamar un taxi. Prometeme que no estaras preocupado.
Adrian sonrio, pero por su rostro veiase que estaba sufriendo. Jean fue al encuentro de Dinny cuando esta volvia y te comunico las ultimas noticias de Hubert. A su primer sentimiento de consternacion, siguio una indignacion abrasadora. -?Que profundo bandolerismo!
– Si -asintio Jean -. Hubert vendra dentro de unos momentos y quiero hablarle a solas.
– En tal caso, llevalo al despacho de Michael. Se lo ire a decir. El Parlamento deberia saberlo. Lo malo es que estan cerradas las sesiones. Parece que esten abiertas unicamente cuando no hace falta.
Jean aguardo en el vestibulo a que llegara Hubert. Cuando se encontro con el en la sala cuyas paredes estaban cubiertas con grabados humoristicos correspondientes a las tres ultimas generaciones, le hizo arrellanarse en un sillon mas confortable y, acto seguido, se sento sobre sus rodillas. Durante unos minutos permanecio con los brazos alrededor de su cuello y con los labios mas o menos sobre los suyos.
– Basta – dijo levantandose y encendiendo dos cigarrillos -. Este asunto de la extradicion no seguira adelante, Hubert.
– ?Y si siguiese?
– No seguira. Pero si siguiese, seria una razon de mas para que nos casemos inmediatamente.
– Querida mia, no puedo hacerlo de ningun modo.
– Debes. No vayas a creer que si te envian a Bolivia – lo que es un absurdo – yo no iria tambien. Desde luego que iria, y en el mismo barco, casada o no.
Hubert la miro.
– Eres una mujer maravillosa. – dijo – pero…
– Si, ya se. Tu padre, y tu valor, y tu deseo de hacerme feliz por mi propio bien, y todo lo demas. He hablado con tu tio Hilary. Esta dispuesto a todo; es sacerdote y hombre de experiencia. Ahora bien, le informaremos del cariz que han tomado las cosas y, si aun esta dispuesto a casamos, lo haremos. Iremos a verle juntos, manana por la manana.
– Pero…
– ?Pero! Puedes fiarte de el. Me parece una persona muy sincera.
– Si – asintio Hubert -, nadie es mas sincero que el. – Perfectamente. En ese caso, no hay que discutir mas. Ahora puedes volverme a besar.
Y se sento de nuevo sobre sus rodillas. Por lo tanto, asi les hubieran sorprendido, de no ser por su agudo oido. Cuando Dinny abrio la puerta, Jean estaba examinando al «Mono Blanco» colgado en la pared y Hubert sacaba un cigarrillo de su pitillera.
– Este mono es extraordinariamente bueno – dijo Jean -. Nos casaremos lo mismo, Dinny, a pesar de esas historias… Es decir, si vuestro tio Hilary todavia esta dispuesto a unirnos. Podras venir con nosotros manana por la manana, si quieres. Dinny miro a Hubert, que se habia puesto en pie.
– Es incorregible – sonrio -. Con ella, no hay nada que hacer.
– Y nada podras hacer sin mi. ?Figurate! Creia que si las cosas llegaban a lo peor y el tenia que partir para que lo procesen, yo me quedaria aqui. Los hombres son realmente como ninos… ?Que dices, Dinny?
– Me alegro.
– Todo dependera de tio Hilary – repuso Hubert -. Esto lo comprendes, ?verdad, Jean?
– Si. Esta en contacto con la vida real y haremos lo que diga. Ven a buscamos manana a las diez. Dinny, vuelvete de espalda. Le dare un beso y luego tendra que marcharse. Dinny se volvio.
– Ahora – dijo Jean.
Un poco mas tarde las dos muchachas subieron a acostarse. Sus habitaciones eran contiguas y estaban amuebladas con el acostumbrado buen gusto de Fleur. Charlaron durante un ratito, luego se abrazaron y se separaron. Dinny empleo bastante tiempo para desvestirse.
El Square tranquilo, habitado principalmente por diputados del Parlamento, actualmente ausentes por vacaciones, tenia pocas luces en las ventanas de las casas; ni un soplo de viento movia las oscuras ramas de los arboles; el aire que entraba por la ventana abierta no conocia la dulzura de la noche y los sordos rumores de la ciudad mantenian vivas en ella las sensaciones palpitantes de aquella larga jornada.
«Yo no podria vivir con Jean», penso Dinny, pero con una justicia aun mayor, anadio: «Pero Hubert si podra. Necesita una mujer asi». Y sonrio con una mueca, burlandose de su propia sensacion de haber sido abandonada. Cuando estuvo acostada, su pensamiento se dirigio hacia el temor y la congoja de Adrian, de Diana, y de su infeliz marido, separado de ella, separado de todos. En la oscuridad de la noche le parecia ver sus ojos vacilantes, ardientes, intensos; los ojos de un ser que suspiraba por hallarse en su casa, por descansar, y que no podia hacerlo. Se subio las mantas hasta los ojos y, para consolarse, repitio incansablemente unos versos infantiles.
CAPITULO XIX
Quien hubiese querido escudrinar en el alma de Hilary Cherrell, Vicario de St. Agustine's-in-the Meads, en esa intimidad que se oculta detras de cada apariencia, de cada palabra pronunciada e incluso de cada gesto humano, habria visto que no creia que su actividad pletorica de fe llevase a parte alguna. Pero tenia el «servir» en la sangre y en los huesos, es decir, el servir como lo hacen los que guian y dirigen. Al igual que un perro «setter» sin amaestrar, que cuando lo llevan de paseo comienza en seguida a seguir el rastro de la caza; al igual que un perro dalmata que, llevado en una cabalgata, sigue inmediatamente las pisadas del caballo; asi era innato en el caracter de Hilary, que descendia de aquellas familias que durante muchas generaciones ofrecieron sus hombres al servicio
