escasas de dinero.
– Bueno -dijo Dinny.~, creo que existen muchachas que no tendrian escrupulos en hacer cualquier cosa para aumentar sus propios recursos. De todos modos, pienso que una cosa de ese tipo deberia ir unicamente acompanada por el carino. Pero quiza soy algo anticuada.
La muchacha la miro de nuevo con una larga mirada, de admiracion esta vez.
– Usted es una verdadera senora. He de confesar que yo quisiera ser como usted. Pero una nace de una manera y asi se queda.
Dinny se agito.
– ?Vaya! ?Que tonteria! Las senoras mas distinguidas que he conocido son mujeres del campo.
– ?Pe veras?
– Si; y me parece que las dependientas de algunas tiendas de Londres estan a la altura de cualquier senora.
– Bueno, debo admitir que hay unas cuantas muchachas muy buenas. Mi hermana es mucho mejor que yo jamas hubiera hecho nada semejante. Su tio me ha dicho una cosa que nunca olvidare, pero no puedo estar segura de mi misma. Soy de las que aman los placeres cuando pueden agarrarlos; y, ?por que no?
– Me parece que la cuestion es mas bien la siguiente ?que son los placeres? Un hombre encontrado casualmente no creo que llegue a ser un placer. Si acaso sera todo lo contrario. – Es verdad. Pero cuando lo que empuja es la falta de dinero, una hace lo que jamas haria si las cosas fueran diferentes…
Ahora le correspondio a Dinny asentir.
– Mi tio es un buen hombre, ?no cree usted?
– Es un verdadero senor, que siempre procura no atormentar a la gente. Y en todo momento esta dispuesto a meter la mano en su bolsillo, cuando hay algo dentro.
– Me parece que eso sucede pocas veces – repuso Dinny -. Mi familia es bastante pobre.
– No es el dinero lo que hace el senorio.
Dinny oyo la observacion sin entusiasmo alguno; le parecia haberla oido otras veces.
– Ahora es mejor que cojamos el autobus – dijo. Era un dia de sol y se encaramaron hasta el imperial. – ?Le gusta la nueva Regent Street? – pregunto Dinny. – ?Oh, si, es magnifica!
– ?No le gustaba mas como estaba antes?
– No. Era muy sombria y amarilla y monotona.
– Pero distinta de todas las demas calles; ademas, su regularidad se adaptaba a su curva.
La joven parecio pensar que era una cuestion de gustos, titubeo, y luego replico con firmeza
– Segun mi modo de ver, ahora esta mucho mas alegre. Las cosas se mueven mas, no parece tan formal.
– ?Ah?
– Me encanta ir en el imperial del autobus – continuo la muchacha -, pues se ven muchas cosas. La vida va marchando, ?verdad?
Pronunciadas con el acento cockney de la muchacha, estas palabras le hicieron a Dinny el efecto de un golpe. ?Que era su propia vida, sino un traje comprado ya confeccionado? ?Que riesgos y que aventuras contenia? La vida era mucho mas aventurada para la gente que vivia trabajando. Su trabajo, hasta entonces, habia sido no tener ninguno. Pensando en Jean, dijo
– Me temo que mi vida sea demasiado monotona. Siempre estoy esperando que suceda algo.
La muchacha volvio a mirarla de reojo.
– Pues con lo hermosa que es, debe tener gran cantidad de diversiones.
– ?Hermosa? Mi nariz es respingona.
– ?Ah! Pero tiene usted estilo. El estilo lo es todo. Siempre he pensado que una puede ser bonita, pero lo que da calidad es el estilo.
– Yo preferiria ser bonita.
– ?Oh, no! Un rostro gracioso puede tenerlo cualquiera. – Pero no muchas lo poseen. – Y echando una mirada al perfil de la joven, anadio: – Usted es afortunada.
La muchacha se enorgullecio.
– Le he dicho al senor Cherrell que queria ser maniqui, pero no ha parecido quedar muy convencido.
– Bueno, yo creo que de todas las ocupaciones futiles esa es la peor. ?Ataviarse para una serie de mujeres pesadas!
– Alguien tiene que hacerlo – replico la muchacha en tono de desafio -. Me gusta ponerme trajes bonitos. Pero para obtener un empleo asi, hace falta una recomendacion. Quiza la senora Mont querra decir una palabra en favor mio. ?Que maniqui resultaria usted, senorita, con su estilo y su esbeltez! Dinny rio. El autobus se habia parado en el cruce entre Westminster y Whitehall.
– Aqui nos apearemos. ?No ha estado nunca en la Abadia de Westminster?
– No.
– A lo mejor le gustaria echarle un vistazo, la derriben para construir casas o bien un cine. – ?Tienen intencion de hacerlo?
– Creo que de momento la idea no esta mas que en el fondo de sus mentes. Por ahora solo hablan de restaurarla. – Es un lugar muy grande – dijo la muchacha.
Cuando hubieron llegado bajo los muros, el silencio las envolvio, un silencio que no fue roto al entrar ellas en el interior. Dinny miraba a su companera mientras esta, con el rostro hacia lo alto, contemplaba la estatua del conde de Chatham y la que estaba mas proxima.
– ?Quien es ese viejo desnudo? antes de que
– ?Oh! – y continuaron caminando hasta que vieron mejor las proporciones del viejo Museo.
– Valgame Dios! ? Esta atestado de cosas!
– Es casi una tienda de curiosidades antiguas. Aqui han reunido toda la historia inglesa, ?sabe?
– Esta terriblemente oscuro. Las columnas parecen sucias, ?verdad?
– ?Vamos a ver el Angulo de los Poetas? -?Que es eso?
– Es donde estan enterrados los grandes escritores.
– ?Porque escribieron versos? – pregunto la muchacha -. ?No es comico?
Dinny no contesto. Conocia algunos de los versos y estaba insegura. Despues de haber escrutado cierto numero de efigies y de nombres que para ella tenian un limitado interes y para la muchacha evidentemente ninguno, pasaron lentamente por las naves, hasta que llegaron al lugar donde, entre dos coronas, estaba la lapida negra y dorada a la memoria del Soldado Desconocido.
– Me pregunto si el lo sabe – dijo la muchacha – pero, de todos modos, pienso que no le debe importar. Nadie conoce su nombre y, por lo tanto, de nada le sirve.
– No. Es a nosotros a quien nos sirve -repuso Dinny, sintiendo oprimida la garganta por esa emocion con la que el mundo recompensa al Soldado Desconocido.
Una vez en la calle, la muchacha le pregunto de repente – ?Es usted religiosa, senorita?
– Creo que si, en cierto sentido – respondio Dinny, dudosa.
– Yo no he recibido ninguna ensenanza religiosa. Papa y mama tenian simpatia al senor Cherrell, pero pensaban que la religion es un error. Mi padre era socialista, ?sabe usted?, y solia decir que la religion forma parte del sistema capitalista Dinny la miro.
Ahora dicen que las mujeres son iguales que los hombres – continuo la joven -, pero no es cierto. No habia ni una chica en mi laboratorio que no estuviese aterrorizada por el jefe. Donde hay dinero, hay poder. Los magistrados, los jueces y los sacerdotes son hombres, asi como los generales. Sin embargo, nada pueden hacer sin nosotras.
Dinny callaba. Esta muchacha estaba amargada por la experiencia, no cabia duda, pero tras de lo que decia escondiase una verdad. En eso estribaba una igualdad primordial de la que jamas habiase dado cuenta. De haber sido de su clase, le hubiera contestado; pero era imposible hablar con ella sin reservas. Dado que se sentia culpable de un poco de esnobismo, recurrio a la ironia.
– Es usted algo rebelde, como dirian los americanos.
– Desde luego que soy una rebelde – admitio la muchacha -. Sobre todo despues de lo que me sucedio.
– Bueno, ya estamos ante la casa de la senora Mont. Tengo que hacer un par de cosas, de modo que la
