– Congratulaciones, muchacho; ayer oi hablar de tus aspiraciones.

– Tio – dijo Dinny -, preparate a hacer el papel de Salomon.

– La reputacion y la sabiduria de Salomon, mi irreverente sobrina, son quiza las mas fragiles de toda la historia. Piensa en el numero de sus mujeres. Bueno, ?que sucede?

– Tio Hilary – explico Hubert -, he recibido aviso de que probablemente se extendera contra mi una orden de extradicion a causa del mulero que mate. Jean desea que nos casemos en seguida, a pesar de eso…

– Por eso – lo interrumpio Jean.

– Yo creo que es demasiado arriesgado y que no es justo para con ella. Pero hemos convenido en exponerte la situacion y sometemos a tu juicio.

– Gracias – murmuro Hilary -. Y, ?por que precisamente a mi?

– Porque tu sabes mas que nadie, excepto los funcionarios de policia, tomar rapidamente una decision – tercio Dinny. Hilary hizo una mueca.

– Con tu conocimiento de las Escrituras, Dinny, podias haber recordado el ejemplo de la ultima gota. ?Sin embargo…! Miro a Jean, luego a Hubert, y de nuevo a Jean.

– No ganamos nada aguardando – dijo esta -, porque, en todo caso, si le cogieran a el me iria tambien yo.

– ?Lo haria? – Desde luego. – ?Podrias impedirselo, Hubert?- No, supongo que no.

– Entonces, queridos muchachos, ?me encuentro frente a un caso de amor fulminante?

Ninguno de los dos le contesto, pero Dinny dijo

– ?Oh, sin duda; pude verlo en el campo de croquet, en Lippinghall!

Hilary asintio.

– Bueno, este es un tanto en favor vuestro. A mi me sucedio lo mismo y jamas tuve que arrepentirme de ello. ?Es realmente probable tu extradicion, Hubert

– No – contesto Jean.

– ?Tu que dices, Hubert?

– No lo se. Papa esta preocupado, pero varias personas hacen lo que pueden. Tengo esta cicatriz, ?sabes? – y se subio la manga.

Hilary movio la cabeza – Es una suerte.

Hubert hizo una mueca. Con aquel clima infernal no habia sido precisamente una suerte.

– ?Ya has conseguido el permiso? – Afin no.

– Cuando te lo concedan, os casare. – ?De veras?

– Si. Puede que me equivoque, pero no lo creo.

– No se equivoca usted – aseguro Jean, cogiendole una mano -. ?Le ira bien manana por la tarde, a las dos, senor Cherrell?

– Dejeme mirar mis notas. – Echo un vistazo y asintio. – ?Estupendo! – grito Jean -. Ahora Hubert y yo iremos a recoger el permiso.

– Te estoy sumamente agradecido, tio – repuso Hubert -, si crees realmente que no es hacer las cosas con los pies.

– Querido muchacho – dijo Hilary -, dado que piensas unirte a una muchacha como Jean, debes esperarte cosas de este tipo. Aurevoir. ?Que Dios os bendiga!

Cuando hubieron salido, se volvio hacia Dinny.

– Estoy muy conmovido, Dinny. Ha sido un cumplido encantador. ?Quien ha pensado en ello?

– Jean.

– Entonces o es una buena conocedora de caracteres o no los conoce en absoluto. No se a que atenerme. Pero desde luego el trabajo se ha hecho rapidamente. Eran las diez y cinco cuando habeis entrado y ahora son las diez y catorce. No se si alguna vez he dispuesto de la vida de dos personas en menos tiempo. Los Tasburgh no tienen graves defectos, ?verdad?

– No. Simplemente parecen un poco precipitados.

– En resumidas cuentas, me agrada que sean precipitados. Por lo general eso indica un buen fondo.

– Tienen el sabor de Zeebruggee.

– ?Ah! Jean tiene un hermano marino, ?verdad? Dinny parpadeo.

– ?Y…?

– Yo no soy precipitada, tio. – ?Sostenedora y cargadora? – Sobre todo sostenedora: Hilary miro afectuosamente a su sobrina y sonrio

– Ojos azules, ojos sinceros. Acabare casandote yo, Dinny. Ahora dispensame. He de ver a un hombre que se ha enredado con el sistema de pago a plazos. No puede salirse del lio. Esta nadando como un perro en un lago de riberas demasiado altas. Por lo demas, la muchacha que viste el otro dia en el Tribunal esta aqui con tu tia. ?Quieres interesarte por ella? Me temo que es lo que se llama un problema insoluble, lo que en otras palabras significa un ejemplo de la humana naturaleza. Prueba a resolverlo.

– Me gustaria mucho, pero no estoy segura de que ella piense lo mismo.

– No lo se. De muchacha a muchacha lograrias que te dijera una porcion de cosas y no me extranaria si muchas de ellas fuesen malas. Esto es cinismo – anadio -, pero de vez en cuando el cinismo es un alivio.

– Debe serlo, tio.

– Es en esto donde los catolicos romanos tienen una ventaja sobre nosotros. Bueno, adios, Dinny. Nos veremos manana por la tarde durante la ceremonia.

– Cerro bajo llave sus cuentas y la siguio hasta el vestibulo. Al abrir la puerta del comedor, dijo

– Amor mio, aqui tienes a Dinny. Estare de vuelta a la hora del almuerzo – y se marcho, sin ponerse el sombrero.

CAPITULO XX

Las dos muchachas salieron juntas de la Vicaria, dirigiendose hacia South Square, donde le pedirian a Fleur otra recomendacion.

– Me temo – dijo Dinny, venciendo su timidez – que de estar en su lugar tendria deseos de vengarme de alguien. No comprendo por que tuvo que dejar usted su empleo.

Veia que la joven la miraba de soslayo, como si vacilara en decir o no lo que tenia en la mente.

– Hice hablar de mi – dijo al final.

– Si, por casualidad estuve en el Tribunal el dia que la absolvieron. Pense que era una cosa brutal que la hicieran estar sentada alli.

- Sin embargo, es cierto que hable con un hombre – confeso la muchacha, inesperadamente -. No se lo quise decir al senor Cherrell, pero es verdad. Estaba harta de carecer siempre de dinero. ?Piensa usted que soy mala?

– Bueno, personalmente, yo deberia necesitar algo mas que dinero antes de hacer eso.

– Usted jamas ha tenido necesidad de dinero; verdadera necesidad.

– Quiza tiene usted razon, a pesar de que jamas he tenido mucho.

– Es mejor hacer lo que hice que robar – replico la muchacha, cenuda -. Al fin y al cabo, ?que? Es una cosa que se olvida. Nadie piensa mal de un hombre por una cosa asi y nadie le hace nada. Pero usted no contara a la senora Mont lo que le he dicho, ?verdad?

– ?Claro que no ?? Tan mal iban las cosas?

– Si, muy mal. Mi hermana y yo, cuando trabajamos todo el dia, ganamos apenas lo suficiente. Pero ella estuvo enferma durante cinco semanas y, para colmo de desgracias, un dia perdi mi portamonedas con una libra y media dentro. Al fin y al cabo no fue culpa mia.

– ?Oh, que mala suerte ?

– Ya lo creo. Si hubiese sido una cualquiera, ?cree usted que me habrian pescado? Se lo debo a mi inexperiencia. Apuesto a que las chicas de la alta sociedad no tienen fastidios de esta especie cuando andan

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