– ?Amor? No.

– ?Solamente piedad? Diana movio la cabeza.

– No puedo explicarlo. Existe el pasado y, ademas, tengo la impresion de que si le abandono, ayudare al destino a ensanarse con el. Es una idea atroz.

– Te comprendo. ?Me dais tanta pena los dos, y tambien tio Adrian!

Diana se paso las manos por el rostro, como para borrar las huellas del dolor.

– No se lo que sucedera, pero no debemos ir al encuentro del futuro. En cuanto a ti, querida, no dejes que te estropee la existencia.

– Todo marcha bien. Necesito algo que me distraiga. Las Solteras, ?sabes?, han de ser zarandeadas antes de que las atrapen.

– ?Ah! Cuando dejaras que te atrapen, Dinny?

– Acabo de rechazar las grandes extensiones abiertas, y me siento algo aturdida.

– Estas en suspenso entre las grandes extensiones abiertas Y el mar profundo, ?verdad?

– Y probablemente asi me quedare. El amor de un hombre honrado y lo que sigue parecen dejarme de hielo. -?Aguarda! Tus cabellos no tienen el color adecuado al convento.

– Los tenire y me hare a la vela con el color preciso. Los. «iceberg» son de color verde-mar.

– ?Aguarda, Dinny, aguarda! – Asi lo hare.

Dos dias mas tarde Fleur conducia el coche desde South Square hasta la puerta de la casa. Los ninos y un poco de equipaje fueron depositados en el interior sin incidentes. Partieron acto seguido.

La excursion, bastante movida, puesto que los ninos estaban poco acostumbrados a viajar en automovil, resulto para Dinny un verdadero alivio. No se habia dado cuenta de cuanta influencia habia ejercido sobre sus nervios la tragica atmosfera de Oakley Street. Sin embargo, solo habian pasado diez dias desde su llegada a la ciudad. Los tonos del otono habianse oscurecido en los arboles. La jornada tenia el resplandor morbido y sobrio del hermoso mes de octubre; el aire, a medida que la campina se profundizaba y se hacia mas vasta, volvia a tener el olor acre que ella amaba; el humo subia hacia el cielo desde las chimeneas de las casitas de campo; las cornejas levantaban el vuelo desde los campos desnudos.

Llegaron a tiempo para el almuerzo. Confiados los ninos a la institutriz, que habia llegado en tren, Dinny salio con los perros. Se detuvo cerca de una vieja casita construida en lo alto, encima de la carretera hundida. La puerta abriase directamente sobre una habitacion comun, donde una mujer anciana estaba sentada cerca de un pequeno fuego.

– ?Oh, senorita Dinny! – dijo -. No la he visto a usted durante todo este mes.

– No, Betty. He estado fuera. ?Que tal?

La pequena anciana, puesto que era mujer de dimensiones extremadamente reducidas, cruzo solemnemente las manos sobre el vientre.

– Vuelve a dolerme el estomago. No tengo nada mas que me moleste. El doctor dice que soy maravillosa. Es unicamente el estomago. Dice que deberia comer mas. Tengo mucho apetito, senorita Dinny, pero no puedo comer casi nada, pues en seguida me siento mal.

– Querida Betty, lo siento muchisimo. El estomago es una desgracia terrible. El estomago y los dientes. No logro. comprender por que los tenemos. Sin dientes uno no puede digerir, y teniendolos, tampoco puede hacerlo.

La anciana emitio una risita aguda.

– El doctor dice que deberia extraerme las muelas que me quedan, pero yo no quiero perderlas, senorita Dinny. Mi padre no tiene ni un diente, pero puede comer manzanas. Claro que a mi edad no pretendo vivir tanto como para que mis encias se endurezcan.

– Podria ponerselos postizos, Betty.

– Oh, no quiero dientes postizos. Es demasiada pretension. Usted no los llevaria, ?verdad?

– Al contrario -contesto Dinny -. Hoy en dia casi todos los personajes los llevan.

– Usted bromea. No, no me gustaria. Seria como ponerme peluca. Pero tengo los cabellos todavia muy espesos. Estoy estupendamente, dados mis anos. Tengo muchas por las que darle gracias a Dios. Solo me molesta el estomago. A veces me parece que tengo algo dentro.

Dinny vio el dolor que empanaba sus ojos. -Betty, ?que tal esta Benjamin?

Sus ojos asumieron una expresion divertida y al mismo tiempo sentenciosa, como si estuviese considerando a un nino. – Oh, papa esta muy bien, senorita Dinny. Solo padece de reuma. Ahora esta fuera, cavando la tierra.

– Y ?que tal esta Goldie? -pregunto Dinny, mirando lugubremente a un jilguero enjaulado. Detestaba ver a los pajaros enjaulados, pero jamas se atrevio a decirselo a la anciana. Ademas, ?no decian que si se dejaba en libertad a un jilguero domesticado, los demas pajaros lo mataban a picotazos? – Oh – dijo la anciana -, desde que usted le dio esa jaula mayor, cree ser alguien. – Sus ojos brillaron -. Asi que ya tenemos casado a nuestro capitan, ?verdad, senorita Dinny? ?Y que piensan hacer con el proceso y todo lo demas? Jamas en toda mi vida oi cosa semejante. Uno de los Cherrell llevado ante un Tribunal! Es algo inaudito.

– Es verdad, Betty.

– Me han dicho que su esposa es una senora muy hermosa. ?Donde iran a vivir?

– Todavia no lo sabemos. Tenemos que esperar a que el proceso haya concluido. Puede que vengan aqui, aunque tambien es posible que el encuentre un empleo en el extranjero. Naturalmente, seran muy pobres.

– Es terrible. Antano las cosas no iban asi. Ahora tienen un modo deplorable de tratar a la nobleza… ?Oh, Dios mio! Me acuerdo de su bisabuelo, senorita Dinny, que guiaba un tiro de cuatro caballos cuando yo era nina. Era un verdadero caballero. Las alusiones a su bisabuelo nunca dejaban de desasosegar a Dinny, que sabia perfectamente que la anciana era una de los ocho hijos de un campesino que vivia con un, salario de once chelines semanales, y que ella y su marido, despues de haber criado a siete hijos, vivian ahora con la pension que el Gobierno otorgaba a los ancianos.

– Bueno, querida Betty, ?que puede digerir, para decirselo a la cocinera?

– Le doy las gracias de todo corazon, senorita Dinny. Un buen pedazo de carne magra parece sentarme bien, de vez en cuando. – De nuevo sus ojos se hicieron oscuros e intranquilos -. Tengo unos dolores tan terribles, que a veces creo verdaderamente que sere feliz el dia en que me vaya.

– Oh, no, querida Betty. Con una alimentacion un poco mas sana, estoy segura de que se encontrara mejor.

La vieja sonrio solo con la boca.

– Estoy estupenda para mi edad y no tendria que quejarme. Pero, digame, ?cuando tocaran las campanas para usted, senorita Dinny?

– No me lo pregunte, Betty. No tocaran por si solas, desde luego.

– ?Ah ? La gente no se casa joven y no crea familias numerosas, como cuando yo era moza. Mi tia tuvo dieciocho hijos y crio once.

– Parece que ahora no hay ni sitio ni trabajo, ? verdad? – ?Ay ?El pais ha cambiado, efectivamente.

– Aqui menos que en muchos otros lugares, a Dios gracias. Los ojos de Dinny erraron por la habitacion en la que los dos viejos pasaron casi cincuenta anos de vida; desde el pavimento de ladrillos hasta el techo de vigas, todo estaba escrupulosamente limpio y tenia un aspecto de recogida intimidad.

– He de irme, Betty. Ahora vivo en Londres, en casa de una amiga. Tengo que regresar esta misma tarde. Le dire a la cocinera que le envie algo que le sentara aun mejor que la carne magra. ?No se levante!

Pero la viejecita ya se habia puesto en pie, con el alma en los ojos.

– Me alegro de veras de haberla visto a usted, senorita Dinny. ?Que Dios la bendiga! Espero que el capitan no sufra mas molestias a causa de esas malas personas.

– Adios, mi querida Betty. Salude a Benjamin.

Estrecho la mano de la vieja y salio. Los perros la esperaban en el sendero enlosado. Como siempre, despues de semejantes visitas, sentiase humilde y dispuesta al llanto. ? Las raices! Eran las que le faltaban en Londres, las que echaria de menos en las «grandes extensiones abiertas». Se llego hasta un bosquecillo de hayas de forma irregular y penetro en la espesura a traves de una destartalada cancela que ni era necesario abrir. Caminaba sobre las simientes humedas de las hayas que difundian un dulce perfume de vainas; a la izquierda, sobre el cielo gris-azulado, se perfilaban las hayas y a la derecha extendianse los terrenos en barbecho, donde una liebre agazapada se volvio y corrio hasta el matorral; un faisan levanto el vuelo con un grito estridente y se precipito

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