como un cohete por encima del bosque, alarmado a la vista de uno de los perros. Llegada a la cumbre, salio de entre los arboles y permanecio mirando la casa, larga y de color de piedra, contra la que destacaban las magnolias y los arboles del pequeno prado cercano. El 'humo subia, desde dos chimeneas y sobre un fronton de la casa unos pavones formaban una mancha blanca. Respiro a pleno pulmon y, durante diez minutos largos, se quedo inmovil, como un arbolito recien regado que absorbe la sustancia que volvera a darle vitalidad. El aire 'tenia perfume de hojas, de tierra removida, de lluvia inminente. Dinny estuvo alli por ultima vez a fines de mayo, respirando ese perfume de estio que se convierte al instante en un recuerdo y una promesa, una pena y una fuente de alegria…
Despues del te, tomado mas temprano que de costumbre, partio con Fleur en el automovil cerrado.
– Debo admitir – dijo esta – que Condaford es el lugar mas apacible en que he estado. Si tuviese que quedarme aqui me moriria, Dinny. La rusticidad de Lippinghall no es nada comparada con esto.
– ?La consideras una vieja y enmohecida mansion?
– Desde luego. Siempre le digo a Michael que su familia es uno de los fenomenos menos conocidos y mas interesantes que subsisten en Inglaterra. No sabeis expresaron y vivis constantemente en la sombra. Sois demasiado poco sensacionales para servir de argumento a los novelistas. Sin embargo sois de los que quedan y continuareis quedando, aunque no comprendo exactamente de que manera. Todo esta en contra vuestra, desde los impuestos de sucesion a las gramolas. Pero, por lo general, persistis en hacer cosas de las que nadie esta enterado y de las cuales nadie se ocupa. La mayor parte de los que pertenecen a vuestra clase ni siquiera poseen un lugar como Condaford para regresar y morir en su hogar. No obstante, aun teneis unas raices y un sentido del deber. Yo no tengo ni lo uno ni lo otro; supongo que se debe a mi sangre medio francesa. La familia de mi padre – los Forsyte – puede tener unas raices, pero no tiene el sentido del deber o, por lo menos, no lo tiene del mismo modo. Aunque quizas es el sentido del sevir lo que yo quieto decir. Admiro todo esto, Dinny, pero me aburre mortalmente. Es lo que a ti te induce a malgastar tu juventud con los problemas de los Ferse El deber es una enfermedad, Dinny, una admirable enfermedad.
– ?Que piensas que deberia hacer yo?
– Desahogar tu instinto. No puedo imaginar nada que envejezca mas que lo que tu estas haciendo. En cuanto a Diana, es del mismo genero – los Montjoy tienen una especie de Condaford en el Dumfriesshire -. Yo la admiro porque le es fiel a Ferse, pero encuentro que, por su parte, es realmente una locura. Puede acabar de un solo modo, y este modo resultara tanto mas desagradable cuanto mas intenten mantenerlo alejado.
– Si, comprendo que ella corre hacia el peligro, pero creo que, en sus condiciones, yo haria lo mismo.
– Yo se que no lo haria – repuso Fleur, alegremente.
– No creo que uno sepa que haria en determinadas circunstancias hasta que no se encuentra en ellas.
– Lo cierto es que no se debe dejar que las circunstancias se presenten.
Fleur hablaba con una nota de aspereza en la voz; Dinny vio que sus labios se contraian. Siempre la encontraba atractiva, porque le parecia misteriosa.
– Tu no has visto a Ferse -dijo-, y sin verle no puedes saber lo patetico que resulta.
– Eso es un sentimiento, querida mia, y yo no soy sentimental.
– Estoy segura de que has tenido un pasado, Fleur, y no hubieras podido tenerlo sin ser sentimental.
Fleur le lanzo una rapida mirada y oprimio el acelerador. – Ya es hora de que encienda los faros – pronuncio brevemente.
Durante el resto del viaje hablaron de arte, de literatura y de otras cosas sin importancia. Eran casi las ocho cuando Dinny se apeo en Oakley Street.
Diana estaba en casa, vestida para cenar. – ?Ha salido, Dinny! – dijo.
CAPITULO XXV
?Tres palabras sencillas y portentosas!
– Esta manana, despues de iros, estaba muy excitado parecia pensar que todos conspirabamos para ocultarle algo. -Tenia razon -murmuro Dinny.
– La partida de la institutriz ha vuelto a enfurecerle. Poco despues he oido cerrarse con estrepito la puerta de entrada… y todavia no ha regresado. No te lo dije, pero la otra noche fue espantosa. ?Y si no volviese mas? ?Oh, Dios mio, es terrible!
Dinny la miro con muda angustia.
– Perdoname, Dinny… Debes de estar cansada y hambrienta. Cenaremos en seguida.
Presas de gran ansiedad, cenaron en el comedor de la casa, una linda habitacion tapizada de verde con jaspeados de oro. La luz amortiguada por las pantallas iluminaba graciosamente sus cuellos y sus brazos desnudos, las flores, las frutas y los cubiertos de plata. Mientras la doncella estuvo presente, hablaron de cosas indiferentes.
– ?Tiene la llave? – pregunto Dinny, en cuanto aquella se hubo marchado.
– ?He de telefonearle a tio Adrian?
– ?Que puede hacer? Si Ronald regresa, habra mas peligro si esta presente.
– Alan Tasburgh me dijo que vendria en cualquier momento que necesitaramos de alguien.
– No; por esta noche quedemonos solas. Manana ya veremos.
Dinny asintio. Estaba asustada, pero lo que mas temia era demostrarlo, puesto que estaba alli para infundir valor con su presencia de animo y con su resolucion.
– Vamos arriba. Me cantaras algo – dijo finalmente.
En la salita, Diana canto
– He oido cerrarse la puerta de la casa. Dinny se puso en pie y se acerco al piano.
– Continua y no digas nada. Haz como si tal cosa. Diana se puso a tocar de nuevo y canto la cancion irlandesa
– Sigue cantando – cuchicheo Dinny.
Ferse permanecio inmovil, escuchando. Presentaba el aspecto de un hombre extremadamente fatigado o dominado por los efectos de la bebida; sus cabellos estaban en desorden y sus labios tan estirados, que se le veian los dientes. Luego, se movio. Parecia procurar no hacer ruido. Paso por detras de un divan, al otro extremo de la habitacion, y se desplomo sobre este. Diana dejo de cantar. Dinny, que tenia una mano posada i. ?Debo vivir yo ligado y tu libre?
?Debo amar a una muchacha que no puede amarme? ?Oh!, me fue dado un espiritu tan pobre que el amor de una mujer me destroza el corazon sobre su hombro, la sentia temblar con el esfuerzo de dominar su propia voz.
– ?Has cenado, Ronald?
Verse no contesto. Estaba contemplando la habitacion con una mueca extrana y espectral.
– Sigue tocando – murmuro Dinny.
Diana toco el Red Sarafan. Toco varias veces esa hermosa y sencilla tonada, como si estuviese dirigiendo unos pases hipnoticos hacia aquella muda figura. Cuando finalmente se paro, sobrevino el mas extrano de los silencios. Entonces Dinny perdio la calma y casi bruscamente pregunto
– ?Llueve, capitan Ferse?
Este se paso las manos por los pantalones y asintio con un movimiento de la cabeza.
– En tal caso, Ronald, ?no seria mejor que subieras a cambiarte de traje?
E1 poso los codos sobre las rodillas y apoyo la cabeza en las manos.
– Debes estar fatigado, querido. ?No quieres acostarte? ?He de.subirte algo?
