– Bien – repuso Hilary -, a mi me acuden dos cosas a la mente. Esta claro que debemos preguntar a la Policia si alguien ha sido extraido del rio; la otra hipotesis, y yo creo sera la mas probable, es la bebida.
– Pero tan temprano no podia encontrar donde beber. – En los hoteles. Llevaba dinero.
– De acuerdo. Tenemos que intentarlo, a menos que tu no juzgues inutil mi idea…
– Bien.
– He intentado situarme en el lugar del pobre Ferse. Yo pienso, Hilary, que si una condena estuviese suspendida sobre mi cabeza, correria a Condaford, si no a la misma casa, por lo menos a sus alrededores, a los sitios que solia frecuentar siendo muchacho. Un animal herido vuelve a -su guarida.
Hilary asintio.
– ?Donde estaba su casa?
– En West-Sussex, bajo las colinas del norte. La estacion es Petworth.
– Ah, conozco ese pueblo. Antes de la guerra; May y yo acostumbrabamos a llegamos muchas veces hasta Bignor para hacer excursiones. Podriamos ir a la estacion Victoria para ver si alguien que se le parezca ha cogido el tren. Pero antes interrogare a la policia por lo que atane al rio. Puedo decir que falta uno de mis feligreses. ?Que estatura tiene Ferse?
– Un metro setenta, aproximadamente. Es robusto y tiene pomulos y cabeza anchos, maxilar fuerte, cabello oscuro y ojos azul acero. Lleva traje y abrigo azules.
– Bien – dijo Hilary-, preguntare en cuanto May termine con el telefono.
Al quedarse solo delante del fuego, Adrian comenzo a fantasear lector de novelas policiacas, sabia seguir el metodo frances de la induccion consistente en un golpe psicologico, es decir, disparando a ciegas, mientras que Hilary y May seguian la tactica inglesa consistente en llegar al resultado eliminando posibilidades. Era un excelente sistema, pero, ?habia tiempo para seguirlo? En Londres uno desaparece como una aguja en un pajar y ellos estaban obstaculizados por la necesidad de evitar toda publicidad. Esperaba ansiosamente lo que le referiria Hilary. Era curiosamente ironico el hecho de que el – ?el! – temiese oir que el pobre Ferse habia sido hallado ahogado o atropellado y que Diana era libre.
Cogio un horario de ferrocarriles que estaba sobre el escritorio de Hilary. Salio un tren para Petworih a las 8.5o y otro partia a las 9.56. ?Faltaba poco! Permanecio en espera, con la mirada fija en la puerta. Era inutil apresurar a Hilary, que era maestro en el arte de ahorrar tiempo.
– ?Bien? – pregunto cuando la puerta se abrio. Hilary movio la cabeza.
– Nada. Ni los hospitales, ni la Policia. Nadie ha sido hospitalizado y en parte alguna han oido hablar de el.
– Entonces – dijo Adrian -, intentemos la estacion Victoria. Hay un tren dentro de veinte minutos. ?Puedes venir en seguida?
Hilary lanzo una mirada a su escritorio.
– No puedo, pero ire. Hay algo impuro en el modo en que nos apasiona esta persecucion. Aguarda, viejo. Voy a avisar a May y coger mi sombrero. Entre tanto, podrias buscar un taxi. Dirigete hacia St. Paneras y esperame alli.
Adrian fue a buscar un coche. Encontro uno que salia de la Euston-Road, le hizo dar media vuelta y se quedo esperando. Poco despues aparecio Hilary, muy apresurado.
– No estoy entrenado – comento. Adrian saco la cabeza por la ventanilla. – A la estacion Victoria. Lo mas rapido posible. Hilary le deslizo una mano debajo del brazo.
– No he vuelto a dar un paseo contigo desde el dia que escalamos el Carmarthen Van, el ano despues de la guerra.
?Recuerdas?
Adrian saco su reloj.
– Temo que perdamos el tren. El trafico es terrible.
Se quedaron en silencio, zarandeados de un lado para otro por los espasmodicos esfuerzos del taxi.
– Jamas olvidare – dijo Adrian, repentinamente – que una vez, en Francia, pase delante de una maison d'alienes, como ellos las llaman. Era un gran edificio situado detras de una linea de ferrocarriles, con un largo enrejado de hierro en la parte delantera. Habia un pobre diablo, erguido en pie con los brazos levantados y las piernas separadas, agarrado al- enrejado como un orangutan. ?Que es la muerte comparada con eso? Un poco de buena tierra limpia y el cielo encima nuestro. Quisiera que le hubiesen hallado en el rio.
– Todavia pueden encontrarlo. Esta es una caza inutil.
– Faltan tres minutos – murmuro Adrian -. No llegaremos a tiempo.
Pero, como si estuviera animado por el caracter nacional, el taxi adquirio una velocidad extraordinaria y parecio que el trafico se le desvaneciera delante. Se detuvieron ante la estacion con una sacudida.
– Tu te informaras en las ventanillas de primera, yo en las de tercera clase – dijo Hilary, mientras corrian -. Un pastor se impone mas
– No – replico Adrian -. Si se ha marchado, habra ido en primera clase. Pregunta tu. Si existe alguna duda, recuerdales sus ojos.
Vio el rostro enjuto de Hilary introducirse en la ventanilla y retirarse rapidamente.
– Ha tomado un billete – dijo -. Para este tren. A Petworth. ?De prisa!
Lis dos hermanos echaron a correr de nuevo, pero cuando llegaron al anden el tren comenzaba a moverse. Adrian hubiese querido continuar corriendo, pero Hilary le cogio del brazo.
– Calma, viejo. No podemos subir. Nos veria y eso lo estropearia todo.
Se encaminaron, cabizbajos, hacia la entrada.
– Has adivinado de un modo realmente maravilloso – - repuso Hilary -. ?A que hora llega este tren?
– A las doce veintitres.
– En tal caso podemos ir en coche. ?Llevas dinero? Adrian busco en sus bolsillos.
– Solo ocho chelines y medio – contesto, tristemente.
– Yo no tengo mas que once chelines. ?Que contrariedad!Ya se que podemos hacer. Cojamos un taxi y acerquemonos a casa de Fleur. Si no tiene el coche fuera nos lo cedera y ella misma o Michael nos acompanaran. Pero es necesario que al llegar alli nos libremos del coche.
Adrian asintio, atontado por el exito de su induccion. Llegados a South Square supieron que Michael estaba ausente, pero que Fleur se hallaba en casa. Adrian, que no la conocia tanto como Hilary, quedo sorprendido por la rapidez con que se hizo cargo de la situacion y saco el coche. Diez minutos mas tarde, efectivamente, estaba en ruta, con Fleur al volante.
– Pasare por Dorhing y Pulborough – dijo, volviendose -. A partir de Dorhing, podremos correr a toda velocidad. Pero, tio Hilary, ?que hareis si le encontrais?
Ante esta pregunta sencilla, pero necesaria, los dos hermanos se miraron mutuamente. Parecio que Fleur hubiera sentido penetrar en su nuca esa indecision, porque freno con una fuerte sacudida frente a un perro en peligro y, volviendose, dijo
– ?Quereis pensarlo antes de volver a emprender la marcha?
Mirando su rostro menudo, abierto, como una personificacion de la juventud serena y confiada; mirando luego el de su hermano, largo, perspicaz, rugoso, consumido por su experiencia de los hombres y, sin embargo, no endurecido, Adrian dejo que Hilary diera una respuesta.
– Sigamos – decidio este -. Sera necesario sacar partido de todo lo que suceda.
– Cuando pasemos delante de una oficina de Correos -dijo Adrian -, parate, por favor. Quiero enviarle a Dinny un telegrama.
Fleur asintio.
– En todo caso he de pararme para llenar el deposito de gasolina. Hay una oficina de Correos en King's Road.
Y el, automovil continuo adelante, en medio del trafico.
– ?Que le pondre en el telegrama?… – pregunto Adrian -. ?He hablar de Petworth?
Hilary movio la cabeza.
– Dile tan solo que creemos estar sobre la buena pista. Cuando el telegrama fue expedido, faltaban solo dos horas para que el tren llegara a su destino.
– Hay cincuenta millas de aqui a Pulborough – observo Fleur -. No se si arriesgarme con la gasolina que me
