extendiase delante de ellos no habia nadie.
– Nadie en frente – dijo Hilary -. Debemos decidir algo.
– Sigue mi consejo, tio Hilary. Dejame que os vuelva a llevar a casa.
– ?Tu que dices, Adrian? Adrian movio la cabeza.
– Yo continuare – decidio. – Perfectamente. Voy contigo.
– ?Mirad! – exclamo Fleur de repente, indicando con la mano.
A una distancia de cinco metros aproximadamente, en un escarpado sendero que tenia su origen en el lado izquierdo de de la carretera, yacia un objeto oscuro.,
– Me parece que es su abrigo.
Adrian salto del coche y corrio hacia el objeto. Regreso trayendo un abrigo colgado del brazo.
– Ya no cabe duda – dijo -. O bien se ha parado aqui para descansar y lo ha perdido inadvertidamente, o bien se ha cansado de llevarlo. Sea como fuere, es una mala senal. Vamos, Hilary.
Dejo el abrigo en el coche.
– ?Ordenes para mi, tio Hilary?
Has estado magnifica, querida mia. ?Quieres estarlo un poco mas y aguardarnos aqui una hora? Si al cabo de ese tiempo no hubiesemos regresado, baja y bordea lentamente las colinas por la carretera de Sutton Bugnor y West Burton; entonces, si no nos ves por ninguna parte a lo largo de ese camino, pasa por la carretera que atraviesa Pulborough y regresa a Londres. Si te sobra un poco de dinero, nos lo podrias prestar. Fleur saco el portamonedas.
– Llevo tres libras. ?Os bastaran dos?
– Las aceptamos con gratitud – contesto Hilary -. Adrian y yo jamas tenemos dinero. Creo que somos la familia mas pobre de Inglaterra. Adios, querida, y gracias. ?Ahora, a lo nuestro, viejo!
CAPITULO XXVIII
Agitando la mano en senal de saludo hacia Fleur que, de pie cerca de su coche, estaba mordiendo la ultima de las tres manzanas, los hermanos tomaron el sendero que rodeaba la colina.
– Ve delante – dijo Hilary -. Tienes mejor vista y tu traje es menos visible. Si le vieras, nos consultaremos. Llegaron casi en seguida ante una alta alambrada que corria a lo largo de la colina.
– Acaba alla, a la izquierda – indico Adrian -. Demosle la vuelta por el lado de los bosques. Cuanto mas bajo nos mantengamos, mejor sera.
Bordearon la falda de la colina avanzando cerca de la alambrada, sobre un terreno escabroso y desigual. Caminaban con el paso tardo en los escaladores, como si hiciesen de nuevo una larga y dificil ascension. La duda de poder alcanzar a Ferse, de lo que harian en caso de alcanzarle y el saber que la persona con quien tendrian que tratar era un loco, daba a sus rostros la expresion que ofrecen los de los soldados, de los marinos, de los hombres que escalan montanas, es decir, la de mirar de hito en hito las cosas que tienen delante.
Habian atravesado una vieja y poco profunda cantera de greda y subian los pocos metros de desnivel del lado opuesto, cuando Adrian se echo para atras, arrastrando a su hermano.
– Ahi esta – cuchicheo -, a unos setenta metros delante nuestro.
– ?Te ha visto?
– No. Tiene un aspecto terrible. Va sin sombrero y anda gesticulando. ?Que hacemos?
– Asoma la cabeza por esa mata.
Adrian, de rodillas, se puso a mirar. Ferse habia cesado de gesticular y ahora estaba erguido, cruzado de brazos y cabizbajo. Le daba la espalda a Adrian y no hubierase podido juzgar su estado de animo, a no ser por su postura inmovil, rigida y abstraida. Repentinamente alargo los brazos, movio la cabeza de un lado para otro y comenzo a caminar.
Adrian espero hasta que hubo desaparecido entre los matorrales de la pendiente y luego hizo signo a Hilary de seguirle. – No debemos dejar que nos adelante demasiado – murmuro Hilary – o no sabremos si entra en el bosque.
– Continuara al descubierto. El pobre diablo necesita aire. De nuevo hizo agachar a su hermano. El terreno habia empezado repentinamente a formar un declive que descendia directamente hasta una cavidad tapizada de hierba. Veian perfectamente a Ferse en medio de la pendiente. Caminaba despacio, inconsciente de ser perseguido. De vez en cuando se llevaba las manos a la cabeza como para alejar algo que le molestase.
– ?Dios mio! – exclamo Adrian -. ?Detesto este espectaculo!
Hilary asintio.
Permanecieron tendidos, observando. Parte de la altiplanicie era visible, rica en colores en aquella luminosa jornada de octubre. La hierba, despues de la densa escarcha matutina, todavia estaba perfumada; encima de las colinas gredosas el cielo tenia ese azul palido y espiritual que tiende casi al blanco. El dia era silencioso, casi sin halito de vida. Los hermanos esperaban callados.
Ferse habia llegado ya a la llanura; le vieron dirigirse, desconsolado, hacia un bosquecillo de matorrales, a traves de un prado accidentado. Un faisan levanto el vuelo delante de sus pies. Se sobresalto igual que si se hubiera despertado de un ensueno y se quedo mirando su vuelo por el cielo.
– Probablemente conoce estos alrededores metro por metro – comento Adrian -. Era un apasionado cazador.
En ese momento, Ferse levanto los brazos como si asiera una escopeta. Habia algo extranamente tranquilizador en aquel gesto.
– Corramos – dijo Hilary, mientras Ferse desaparecia en el bosquecillo.
Bajaron la pendiente, apresurandose sobre el terreno desigual.
– ?Y si se parase en el bosquecillo? -pregunto Adrian, jadeando.
– ?Arriesguemonos! Vayamos despacio hasta que logremos ver la cuesta.
Unos cien metros mas alla del pequeno bosque, Ferse se encaramaba lenta y fatigosamente por la colina.
– Por ahora todo marcha bien -murmuro Hilary -. Tenemos que esperar hasta que esa subida se allane y dejemos de verle. Este es un asunto bien raro. Y, al final de todo esto, puedes decirme ?que hay? –
– Ahora le perdemos de vista. Concedamosle cinco minutos. Los contare.
Esos cinco minutos parecieron interminables. Una urraca emitio una nota estridente desde la falda boscosa de la colina; un conejo salio de su, madriguera y se acurruco delante de ellos.; ligeros halitos de viento pasaban a traves de la maleza.
– ?Vamos! -dijo Hilary. Se levantaron y subieron a pasos rapidos la cuesta herbosa -. Si vuelve sobre sus pasos… – Cuanto mas pronto nos encontremos frente a frente, mejor sera =repuso Adrian -. Pero si se da cuenta de que le perseguimos echara a correr y le perderemos de vista. Cautelosamente alcanzaron la cumbre. El terreno descendia suavemente hasta llegar a un terreno arcilloso que se deslizaba en la parte superior de un bosque de hayas, a su derecha. No habia ninguna huella de Ferse.
– O bien ha entrado en el bosque, o bien ha atravesado la maleza y esta subiendo de nuevo. Es mejor que nos apresuremos y que nos cercioremos.
Corrieron por el sendero. Estaban a punto de entrar en el bosque, cuando el sonido de una voz a unos veinte metros de distancia les hizo quedarse inmoviles. Ferse hablaba en algun lugar del bosque, murmurando entre dientes. No distinguian las palabras, pero la voz les causo una sensacion de desasosiego.
– ?Pobre muchacho! – cuchicheo Hilary -. ?Debemos alcanzarle e intentar confortarle?
– ?Escucha!
Se produjo un ruido como el de una rama quebrada bajo un pie, una imprecacion mascullada y luego un grito de angustia, tan inesperado que les lleno de terror. Tenia un tono que helaba la sangre. Adrian dijo
– ?Es horroroso! ?Ha salido del bosque!
Entraron cautelosamente en el bosque y observaron que Ferse corria hacia la colina que se levantaba al otro extremo. – No nos ha visto. ?Verdad?
. No, pues en caso contrario se volveria para mirar. Aguardemos hasta que le perdamos nuevamente de
