vista.

– Esta es una tarea sumamente antipatica – dijo Hilary de pronto-, pero estoy de acuerdo contigo en que ha de hacerse hasta el fin. ?Has oido que sonido tan horrible? Debemos saber con exactitud lo que vamos a hacer.

– He pensado – repuso Adrian -, que si podemos convencerle de que regrese a Chelsea, mantendremos alejados a Diana y a los ninos, despediremos a las doncellas y contrataremos a unos camareros especiales. Yo me quedaria con el hasta que todo estuviese arreglado. Me parece que la unica posibilidad de salvacion es su casa.

– No creo que regrese por su propia voluntad.

– En tal caso, solo Dios sabe lo que sucedera. Yo no quiero contribuir a que le encierren.

– ?Y que haremos si intenta matarse? – Eso es cosa tuya, Hilary.

Este permanecio silencioso.

– No te fies demasiado de mi habito – dijo, repentinamente -. Un parroco de una parroquia como la mia es bastante duro de corazon.

Adrian le cogio una mano

– ?Ya esta fuera de nuestra vista! – Adelante, entonces.

Atravesaron el llano rapidamente y emprendieron la subida. Arriba, cambiaba el caracter del terreno; esparcidas por la elevacion habia zarzas de espino blanco, ifos, arbustos espinosos y unas hayas jovenes.

Formaban un buen escondrijo y ellos podian moverse libremente.

– Dentro de poco llegaremos a la encrucijada que hay encima de Bignor – murmuro Hilary -. Desde alli puede coger el sendero que baja. Podriamos perderle de vista facilmente.

Echaron a correr, pero detras de un tejo se pararon de golpe.

– No baja – dijo Hilary – ?Mira!

Ferse corria hacia la parte norte del collado, por una pendiente abierta y herbacea, al otro lado del cruce de senderos donde se erguia un poste indicador.

– Recuerdo que hay un segundo sendero que conduce hasta alla.

– Es una oportunidad, pero ahora no podemos detenemos. Ferse habia dejado de correr y marchaba lentamente cuesta arriba con la cabeza gacha. Quedandose detras del tronco de un tejo le siguieron con la mirada hasta que desaparecio. -?Vamos! -dijo Hilary.

Habia casi un kilometro y ambos estaban en la cincuentena.

– No vayamos demasiado aprisa – jadeo Hilary -. No podemos exponemos a que nos estallen los pulmones. Siguiendo un paso regular, alcanzaron la cumbre tras la cual Ferse habia desaparecido y encontraron un sendero lleno de hierba.

– Despacio ahora – dijo Hilary, resoplando.

Tambien aqui la falda de la colina estaba sembrada de matorrales y arboles jovenes y se ocultaron tras ellos hasta que llegaron a una cantera de greda poco profunda.

– Detengamonos aqui un momento a recobrar aliento… No puede haberse alejado de la colina porque lo hubieramos visto. ?Escucha!

Hasta ellos llegaba desde abajo el son de un canto. Adrian asomo la cabeza y miro. Algo mas lejos, cerca del sendero, Ferse yacia tumbado. Las palabras de la cancion que cantaba les llegaba claramente

Must I go bound, and you go freet Must I love a lass that couldrit love met Oh l was 1 taught so poor a wit

As love a lass, would break my heart.

Callo y permanecio inmovil. Luego, con gran horror por parte de Adrian, su rostro se deformo, levanto los punos al aire y grito

? No quiero… no quiero estar loco! – Y se revolco con el rostro contra el suelo.

Adrian retrocedio.

– Es terrible. ?Debo ir abajo y hablar con el? -Iremos juntos. Caminemos despacio, para no asustarlo. Tomaron el sendero que rodeaba la cantera. Ferse ya no estaba alli.

– Sigamos lentamente, muchacho – dijo Hilary. Avanzaron extranamente tranquilos, como si hubiesen abandonado la partida.

En frente, al otro lado de la depresion de la loma, Ferse caminaba a lo largo de una alambrada de hierro.

Le siguieron con la mirada hasta que desaparecio para volver a aparecer mas tarde en la ladera de la colina, despues de haber dado la vuelta a la esquina de la alambrada.

– ?Que hacemos ahora?

– Desde alli no puede vemos. Si queremos hablarle tenemos que acercamos a el, sea como sea. Tal vez intentara huir.

Atravesaron el declive, subieron a lo largo de la alambrada y dieron la vuelta a la esquina escondidos tras las zarzas de espino blanco. Ferse habia desaparecido nuevamente en la colina escarpada.

– Han puesto esta alambrada para las ovejas – dijo Hilary-. ?Fijate! Estan esparcidas por toda la colina. Son de raza Southdowns.

Alcanzaron otra cumbre. No habia rastro de Ferse. Se mantuvieron cerca de la alambrada y, llegados a la cresta de la cuesta siguiente, se pararon para mirar. A su izquierda, el collado descendia rapidamente formando otra cuenca; frente a ellos un terreno abierto y herbaceo declinaba dulcemente hacia un bosque. A la derecha, seguia la alambrada y un prado irregular. Adrian se agarro repentinamente al brazo de su hermano. Ferse yacia de cara contra la hierba a una distancia de setenta metros y las ovejas parlan a su alrededor. Los hermanos se arrastraron al abrigo de un matorral. Desde alla, podian observarle perfectamente sin ser vistos y lo hicieron en silencio. Yacia tan inmovil que las ovejas lo ignoraban. Con el cuerpo redondo, las patas cortas, el morro romo, el color blanco grasiento y la tranquilidad peculiar de la raza Southdowns, las ovejas pastaban la hierba tranquilamente.

– ?Crees que esta durmiendo?

Adrian movio la cabeza negativamente. – Pero parece sosegado.

Habia algo en su actitud que iba derecho al corazon, algo que recordaba a un nino que oculta la cabeza en el regazo de su madre. Parecia que el contacto de la hierba debajo de su cabeza, de su rostro y de sus brazos tendidos le confortase, como si buscara a tientas el camino de regreso hacia la apacible seguridad de la madre Naturaleza. Mientras yaciera asi, era imposible molestarle.

El sol les daba en la espalda y Adrian volvio la cabeza para recibirlo en el rostro. El amante de la naturaleza y el campesino que abrigaba en su interior, respondieron a ese calor, al perfume de la hierba, al canto de las alondras, al balido de las ovejas y al azul del cielo. Observo que tambien Hilary se habia puesto de cara al sol. Todo estaba tan tranquilo que, de no haber sido por el canto de las alondras y el balido de las ovejas, hubierase podido decir que la naturaleza era muda. Ninguna voz de hombre o de animal, ningun rumor de trafico, subia hasta la altiplanicie.

– Son las tres. Duerme un ratito – le cuchicheo a Hilary -. Yo vigilare.

Ferse parecia dormir. $n ese lugar su cerebro en desorden hallaba seguramente un poco de reposo. Si existe un poder curativo en el aire, en los campos y en los colores, ciertamente lo habia en aquella colina deshabitada desde hacia mas de mil anos y liberada de la inquietud de los hombres. En efecto, hombres de tiempos antiguos vivieron alli arriba; pero desde entonces nadie habiala tocado, salvo el viento y las sombras de las nubes. Ahora no habia viento, ni una nube que echase una sombra ligera sobre la hierba.

Adrian sentiase invadido de profunda lastima para con aquel pobre infeliz tendido en tierra como si no tuviese que volver a moverse nunca mas. No podia pensar en si mismo, ni tampoco compadecer a Diana. Ferse le producia una sensacion absolutamente impersonal, algo asi como el profundo sentido de proteccion que los hombres sienten mutuamente frente a los golpes, que parecen desleales, de la suerte. Dormia apegandose a la tierra como en busca de un refugio, y el apegarse a la tierra como a un refugio eterno era todo cuanto le quedaba.

Durante las dos horas en que estuvo vigilando a la figura postrada en medio de las ovejas, Adrian se sintio invadido, no de amargura o de una futil rebelion, sino de un estupor extrano. Los antiguos dramaturgos griegos comprendieron el tragico juguete en que los dioses convertian al hombre. Ante el destino de Ferse, ?que habria hecho cualquiera? ?Que, mientras todavia quedara un destello de razon? Cuando el hilo de la vida de un hombre

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