de su monedero un espejito y una polvera. Sea como fuere, no iria al suplicio con la nariz brillante.

No obstante, paso mas de un cuarto de hora antes de que la llamaran. Con la vista fija en el calendario, transcurrio el tiempo pensando en Condaford y recordando los dias felices que habia vivido alli. Los dias lejanos en los que Condaford aun no estaba restaurada, cuando ella era muy chiquitina; los dias de la siega y las meriendas en los bosques; la cosecha del espliego, las cabalgadas sobre el perro y el permiso de montar el «pony» cuando Hubert estaba en el colegio; dias de puro gozo en una morada nueva y estable, puesto que, a pesar de haber nacido alli, habia llevado hasta los cuatro anos una vida nomada entre Aldershot y Gibraltar. Recordo con especial agrado la estacion dedos hilos dorados de los capullos de sus gusanos de seda, como la habian hecho pensar en elefantes que se arrastrasen por el suelo y cuan peculiar habia sido su olor.

– ?Elizabeth Charnvell ?

?Que cosa tan pesada era tener un nombre que todos pronunciaban mal! Se levanto murmurando

Un dia paseaba un negrito solo.

Llego el comisario y no hallo a nadie…

En cuanto entro alguien la condujo al extremo opuesto de la sala y le hizo tomar asiento en una especie de banco. Era una suerte que hubiese estado poco tiempo antes en lugares semejantes, porque ahora todo se le antojaba familiar e incluso ligeramente comico. El jurado tenia el aspecto de estar fuera de uso y el juez se daba una importancia ridicula. A su izquierda, mas alejados, estaban los demas extranos personajes tras ellos; apretujadas hasta la desnuda pared, docenas y docenas de caras, todas en hilera, como sardinas erguidas sobre sus colas, en una lata enorme.

Luego, dandose cuenta de que alguien se hallaba a punto de dirigirle la palabra, concentro su atencion en el rostro del juez.

– Su nombre es Elizabeth Cherrell. Creo que es usted hija del teniente general sir Conway Cherrell, K. C. B., C. M. G., y de su esposa, lady Cherrell, ?no es asi?

Dinny se inclino.

«Supongo que esto le agradara», penso.

– ?Y vive usted con ellos en Condaford Grange, en el Oxfordshire?

– - Si.

– Tengo entendido, senorita Cherrell, que se alojo usted en casa de los senores Ferse la manana en que el capitan Ferse abandono su domicilio.

– Si.

– ?Es usted amiga intima de la familia?

– De la senora Ferse. Creo que solo habia visto una vez al capitan antes de su regreso.

– ?Ah! Su regreso. ?Estaba usted con la senora Ferse cuando volvio?

– Habia ido a Londres para quedarme con ella aquel mismo dia.

– ?La tarde de su regreso de la clinica mental?

– Si. Efectivamente, fui a vivir a su casa al dia siguiente. – ?Y permanecio alli hasta el dia en que el capitan abandono la casa?

– Si.

– ?Como se porto durante ese tiempo?

Ante esta pregunta, Dinny comprendio por vez primera la desventaja de no conocer cuanto ya se habia dicho. Sin embargo juzgo poder decir cuanto realmente sentia y sabia.

– A mi me parecio absolutamente normal, salvo que no queria salir ni deseaba ver a nadie. Tenia aspecto saludable, pero mirando sus ojos uno experimentaba una sensacion de desasosiego.

– ?Que quiere usted decir exactamente?

– Se asemejaban a un fuego detras de unos barrotes; parecian oscilar como una llama.

Al pronunciar estas palabras le parecio que el jurado habia salido por un momento de su estado de inercia.

– Y, ?dice usted que no queria salir? ?Y eso durante todo el tiempo que se quedo usted en la casa?

– No. Salio el dia anterior al que abandono su casa. Creo que estuvo fuera todo el dia.

– ?Cree usted? ?No estaba alli?

– No. Aquella manana lleve a los dos ninos a casa de mi madre, en Condaford, y regrese aquella misma tarde, poco antes de la hora de cenar. El capitan Ferse no estaba.

– ?Por que razon llevo usted los ninos al campo?

– La senora Ferse me rogo que lo hiciera. Habia notado algun cambio en el capitan, y penso que los ninos estarian mejor en otra parte.

– ?Podria decir que tambien usted noto un cambio?

– Si. Lo encontre mas intranquilo y quizas algo arisco. Desde luego observe que bebia mas durante las comidas.

– ?No observo algo extremadamente notable?

– No. Yo…

– ?Que, senorita Cherrell?

– Estaba a punto de decir algo que no se a ciencia cierta por no haberlo visto con mis propios ojos.

– ?Algo que le dijo la senora Ferse? – Bueno, no necesita usted decirlo. – Gracias, sir.

– Volvamos al momento de su llegada, despues de haber llevado los ninos a su casa. Creo que ha dicho usted que el capitan no estaba. ?Estaba la senora Ferse?

– Si; se hallaba ataviada para la cena. Yo me cambie de prisa y cenamos las dos solas. Pasamos mucha angustia por el.

– ?Y luego?

– Despues de cenar subimos a la salita y para que la senora se distrajese, la hice cantar. Estaba muy nerviosa y engustiada. Al cabo de un rato oimos abrirse la puerta de la entrada, el capitan Ferse penetro en la salita y se sento.

– ?Dijo algo? – No.

– ?Que aspecto tenia?

– Su aspecto me parecio espantoso, como si estuviera poseido por algun horrible pensamiento.

– ?Si?

– La senora Ferse le pregunto si habia cenado, si queria irse a acostar y si no deseaba que llamase al medico, pero el no contesto. Estaba sentado con los ojos cerrados, como si se hubiera dormido, hasta que finalmente yo murmure: «?Esta realmente dormido?» Entonces el se enderezo de golpe, gritando: ?Dormir! ?Ya vuelve otra vez! ?Y no quiero soportarlo! ?Por Dios! ?No quiero soportarlo!».

Cuando hubo repetido las palabras de Ferse, Dinny comprendio mejor que nunca lo que significaba «causar sensacion en un tribunal». De cierta misteriosa manera, ella habia dicho lo que, en las declaraciones de los testigos anteriores, faltaba para convencer al magistrado. Si habia hecho bien, era algo que no, podia decidir. Sus ojos buscaron el rostro de Adrian y el le hizo un signo de asentimiento casi imperceptible.

- ?Y luego, senorita Cherrell?

– La senora Ferse intento acercarsele, pero el grito «?Dejadme! ? Marchaos!» Me parece que ella dijo: «Ronald, ?no quieres ver a alguien, solo para que te haga dormir?». Pero el dio un brinco, y grito: «?No quiero ver a nadie, a nadie!».

– Si, senorita Cherrell. ?Y que mas?

– Estabamos aterrorizadas. Subimos a mi dormitorio y nos consultamos. Yo dije que era necesario telefonear.

– ?A quien?

– Al medico de la senora Ferse. Queria ir ella, pero yo se lo impedi y corri abajo. El telefono se hallaba en el pequeno despacho de la planta baja. Estaba buscando el numero en el listin, cuando de pronto senti que alguien me agarraba la mano. El capitan Ferse estaba detras de mi y corto el hilo telefonico con un cortaplumas. Luego continuo agarrandome el brazo, y yo le dije: «Capitan Ferse, eso es tonto. Usted sabe que ni Diana ni yo le haremos ningun dano». El me solto, se metio el cortaplumas en un bolsillo y me dijo que me pusiera los zapatos que yo llevaba en la otra mano.

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