queda. Lo veremos en Dorhing.

Desde ese momento dejo de existir para ellos, a pesar de que el coche era una berlina; toda su atencion estaba concentrada en la tarea de conducir.

Los dos hermanos permanecian silenciosos, con los ojos fijos en el reloj y el marcador de velocidades.

– No doy a menudo paseos de recreo – dijo Hilary suavemente -. ?En que piensas?

– En que diantre haremos.

– Si en mi profesion tuviese que pensar las cosas de antemano, al cabo de un mes me habria muerto. En una parroquia de los barrios pobres, se vive algo asi como rodeado de gatos salvajes, igual que en la selva. De modo que a uno se le desarrolla una especie de instinto y ha de confiar en el. – ?Ah! -exclamo Adrian -. Yo vivo entre muertos y no tengo practica.

– Nuestra sobrina guia bien – manifesto Hilary- Fijate en su cuello. ?No es la personificacion de la habilidad? El cuello, blanco y redondo, se mantenia graciosamente erguido y causaba una extraordinaria impresion de rapido y eficaz dominio del cuerpo, ejercido por el cerebro.

Durante muchas millas corrieron en silencio.

– Box Hill – dijo Hilary -. Un dia me sucedio una cosa que jamas he olvidado y que nunca te he contado. Demuestra lo terriblemente proximos que vivimos al borde del abismo de la locura. – Bajo la voz, y continuo -: ?Recuerdas a Durcott, aquel alegre sacerdote? Cuando yo estaba en Beaker, antes de ir a Harrow, el era maestro alli. Un domingo me llevo a hacer una excursion a Box Hill. Al regresar, estabamos solos en el tren. Habiamos bromeado un poco, cuando repentinamente parecio cogerle una especie de frenesi y sus miradas se volvieron avidas y salvajes. Yo no tenia la mas minima idea de que podia haberle reducido a tal estado y me espante tremendamente. Luego, al cabo de poco, parecio volverse a dominar. ?Un trueno en la bonanza! Sensualidad reprimida, naturalmente – una verdadera demencia momentanea -, bastante horrible, por cierto. Por lo demas, era un joven muy simpatico. Existen unas fuerzas, mi querido Adrian…

– Demoniacas. Y cuando rompen para siempre la cascara…?Pobre Ferse!

Les llego la voz de Fleur.

– El coche comienza a fallar un poco – dijo -. He de poner gasolina, tio Hilary. Hay una estacion de servicio por aqui cerca.

– Esta bien.

El coche se detuvo frente al poste de gasolina.

– Siempre es lento el camino hasta llegar a Dorhing – dijo Fleur, desperezandose -. Ahora podremos correr mas. Hemos hecho solo treinta millas y afin nos queda una hora larga. ?Habeis pensado…?

– No – contesto Hilary, interrumpiendola -. Nos hemos abstenido de ello como de un veneno.

Los ojos de Fleur, con el blanco tan claro, le lanzaron una de aquellas miradas directas que convencian inmediatamente a la gente de que era una mujer con inteligencia.

– ?Le quereis devolver a casa en coche? En vuestro lugar, yo no lo haria.

Y, sacando de su bolso una polvera, comenzo a retocarse los labios y a empolvarse la recta naricita.

Adrian la observaba con una especie de temor respetuoso no habia entrado apenas en contacto con la juventud moderna. No le impresionaron sus pocas palabras, pero si lo que en ellas estaba implicito. Traducidas cruelmente, significaban lo siguiente: «Dejadle abandonado a su destino. Vosotros nada podeis hacer.» ?Llevaba razon? ?Se estaban dejando llevar por el instinto humano que induce a entrometerse en los asuntos de los demas y a posar una sacrilega mano sobre la Natura leza? Sin embargo, debian enterarse de lo que hacia Ferse y de lo que podia hacer, por el bien de Diana. Incluso por su propio bien tenian que cuidar de que no cayese en malas manos. En el rostro de su hermano vagaba una debil sonrisa. El, al fin y al cabo, penso Adrian, conocia a la juventud y estaba en condiciones de decir hasta donde podia llegar la serena y cruel filosofia de los jovenes.

Partieron nuevamente, pasando entre el trafico de las largas calles de Dorhing.

– Al fin libres – dijo Fleur, volviendo la cabeza -. Si quereis cogerle de veras, le cogereis – y se lanzo a toda velocidad.

Durante el siguiente cuarto de hora volaron, pasando por delante de unos bosquecillos de matorrales amarillentos, de campos y de trechos de terrenos publicos cubiertos de retama y punteados de patos y viejos caballos.

Luego el automovil, que hasta entonces habia corrido regularmente, comenzo a rechinar y traquetear.

– ?Un neumatico pinchado! -anuncio Fleur, volviendo otra vez la cabeza. Paro el coche y todos se apearon. Uno de los neumaticos posteriores estaba completamente deshinchado.

– ?A trabajar! – dijo Hilary, quitandose la americana -. Prepara el gato, Adrian; yo bajare el neumatico de recambio.

La cabeza de Fleur habia desaparecido en la caja de los utiles, pero oyeron que decia

– Demasiados ayudantes. Es mejor que me lo dejeis a mi. Adrian, que no entendia nada de coches, y que frente a cualquier mecanismo sentiase impotente, se aparto de buena gana y les observo a los dos con admiracion. Eran frios, veloces y eficientes, pero el gato estaba defectuoso.

– Siempre sucede lo mismo cuando uno lleva prisa – se lamento Fleur.

Pasaron veinte minutos antes de que volviesen a ponerse en marcha.

– No es posible llegar a tiempo – dijo Fleur-, pero, si realmente lo quereis, encontrareis sus huellas. La estacion esta un poco mas alla del pueblo.

Atravesaron a toda velocidad Billingshurst, Pulborough y el puente de Stopham.

– Es mejor que vayamos directamente a Petworth – propuso Hilary -. Si tiene intencion de volver a Londres, le encontraremos.

– ?He de pararme si le vemos?

– No, continua adelante y luego retrocede.

Pero pasaron por Pehvorth y recorrieron, sin encontrarlo; los dos kilometros que habia desde la estacion.

– El tren ha llegado hace mas de veinte minutos – dijo Adrian -. Vamos a informarnos.

El empleado habia recogido el billete de un senor con abrigo azul y bombin. No, no llevaba equipaje y se habia dirigido hacia las colinas. ?Cuanto tiempo hacia? Quiza media hora.

Volvieron rapidamente al coche y se encaminaron hacia las colinas.

– Recuerdo – dijo Hilary -, que un poco mas adelante hay una bifurcacion que conduce a Sutton. Queda por saber si ha ido por ese lado o bien si ha continuado subiendo. Lo preguntaremos. Pueden haberle visto, dado que por ahi hay muchas casas.

Apenas pasada la vuelta habia una pequena oficina de correos y un cartero se acercaba en bicicleta por la carretera de Sutton

Fleur detuvo el coche, rozando la acera.

– ?Ha visto usted dirigirse hacia Sutton a un senor con abrigo azul y bombin?

– No senorita, no he visto ni un alma.

– Gracias. ?He de continuar hacia las colinas, tio? Hilary consulto el reloj.

– Si mal no recuerdo, hay casi dos kilometros de aqui a la cumbre de la colina situada cerca de Duncton Beacon. Hemos recorrido diez kilometros desde la estacion, y el llevaba, digamos, veinticinco minutos de ventaja. Por lo tanto, una vez llegados a la cumbre tendriamos casi que haberle alcanzado. Desde arriba veremos la carretera frente a nosotros y podremos avistarle. Si no lo encontramos, eso significara que ha subido a la colina, pero… ?por que camino?

– Habra ido hacia su casa – dijo Adrian en voz baja. – ?Hacia el este? – pregunto Hilary -. Adelante, pues, Fleur, y no demasiado de prisa.

Fleur dirigio el coche por la carretera que conducia a las colinas.

– Hurgad en mi abrigo y encontrareis tres manzanas. Las he cogido al salir de casa.

– ?Que cabeza! -exclamo Hilary -. Pero las querras para ti.

– No. Yo estoy adelgazando. Puedes dejarme una.

Los dos hermanos, comiendo una manzana cada uno, miraban atentamente los bosques que bordeaban la carretera.

– Demasiado 'espesos – repuso Hilary -. Marchara por donde este mas descubierto. Si le ves, Fleur, parate en seguida.

Pero no le vieron, y subiendo cada vez mas lentamente, llegaron a la cumbre. A la derecha estaba la punta redonda de Duncton Beacon, coronada de hayas, y a la izquierda los Downs abiertos. Por la carretera que

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