por usted. este es su traje. Senorita Pole, vaya a decirle al senor Better que venga, ?quiere?
La joven, que ahora llevaba puesto el modelo blanco y negro, salio.
Dinny, ya ataviada con su propio traje, pregunto
– ?Permanecen mucho tiempo con ustedes sus maniquies?
– Bueno, no. Quitarse y ponerse trajes todo el dia es una ocupacion que impacienta bastante.
– ?Y que es de ellas?
– De un modo u otro, acaban casandose.
?Cuanta discrecion! Algo mas tarde, cuando el senor Better – un hombre flaco, de cabellos grises y modales perfectos – hizo saber que apara la senora» reduciria el precio a de terminada cantidad, que aun asi continuaba siendo espantosa, Dinny dijo que decidiria el dia siguiente y salio bajo el palido sol de noviembre. Le quedaban seis horas. Se encamino en direccion al North-West, hacia los Meads, intentando calmar su ansiedad pensando que todos los que pasaban a su lado, cualquiera que fuese su aspecto, tenian tambien la suya. Siete millones de personas, todas angustiadas de un modo u otro. Algunas demostraban estarlo, otras no. Se contemplo el rostro, reflejado en el cristal de un escaparate y decidio que ella era de las que no lo demostraban; sin embargo, ?que apesadumbrada se sentia! Desde luego, el rostro humano era una mascara.
Llego a Oxford Street y se detuvo al borde de la acera, esperando el momento de cruzar la calle. Muy cerca suyo estaba la cabeza blanca y huesuda de un caballo de tiro. Comenzo a acariciarlo en el cuello, deseando haber tenido un terron de azucar. El caballo no le hizo caso y tampoco se lo hizo su dueno. ?Por que habria debido hacerselo? Desde el primero hasta el ultimo dia del ano pasaban y se paraban, se paraban y pasaban por aquel
Un urbano invirtio la direccion de sus mangas blancas, el cochero sacudio las riendas y el caballo avanzo, seguido de una larga procesion de coches. El urbano invirtio nuevamente la direccion de sus mangas, y Dinny atraveso la calle, se dirigio hacia Totenham Court Road y alli se detuvo de nuevo, aguardando. ?Que intrincado hervidero de criaturas y de coches! ?Hacia que fin se encaminaban y que designio secreto servian? ?A que se reducia todo? Una comida, un cigarrillo, un instante de la asi llamada «vida» en algun cine y una cama al terminar el dia. Un millon de oficios ejercidos con fidelidad e infidelidad para poder comer, sonar un poco, dormir y volver a empezar. Alli parada se sintio invadir tan fuertemente por una sensacion de la inexorabilidad de la vida, que no pudo retener una exclamacion. Un hombre robusto le pregunto
– Usted perdone, ?le he pisado un pie, senorita? Mientras sonriendo decia que no, el urbano invirtio la direccion de sus mangas blancas y ella cruzo la calle. Llego a Gower Street y supero rapidamente su singular desolacion. «Un rio mas, un rio mas que atravesar, y se encontro en los Meads, con su laberinto de callejuelas miserables, de arroyos, de vida infantil. En la Vicaria, su tio y su tia estaban por una vez en casa los dos y se disponian a sentarse a la mesa. Tambien Dinny se sento. No retrocedia ante la idea de discutir con ellos la «inminente operacion». Ellos siempre vivian entre problemas. Hilary dijo
– El viejo Tasburgh y yo convencimos a Bentwarth para que hablase con el Secretario de Estado y, anoche, el «Squire» me envio este billete:
– Es una relacion contra los tiempos antiguos, Dinny, y ha ido demasiado lejos, como sucede con todas las reacciones. Cuando yo era muchacho, aun habia algo de verdad en la acusacion que se formulaba en contra de los privilegios. Ahora es todo lo contrario: una posicion elevada es una desventaja frente a la Ley. Pero no hay nada tan dificil como gobernar entre la corriente: uno quiere ser justo y no lo logra.
– Mientras venia hacia aqui, he estado pensando en varias cosas, tio. ?De que ha servido que tu y Hubert, papa y tio Adrian y millones de otras personas hayais cumplido lealmente con vuestro cometido? Aparte de lograr pan y vino, desde luego.
– Preguntaselo a tu tia.
– Tia May, ?de que sirve?
– No lo se, Dinny. Me han ensenado a creer que sirve de algo, de modo que continuo creyendolo. Si tu te casaras y tuvieras familia, probablemente no harias tales preguntas.
– Ya sabia que tia May evitaria contestarme. Hazlo tu, tio. – Bueno, Dinny, yo tampoco lo se. Como dice tu tia, nosotros hacemos lo que estamos habituados a hacer, y eso es todo.
– Hubert dice en su Diario que una atencion hacia los demas es una atencion hacia consigo mismo. ?Es verdad?
– Es un modo mas bien imperfecto de exponer la cuestion. Yo prefiero decir que dependemos tanto los unos de los otros que, para cuidarnos de nosotros mismos, es necesario no descuidar a los demas.
– Pero, ?vale la pena?
– ?Quieres decir si vale la pena vivir? – Si.
– Despues de cincuenta mil anos (Adrian dice que por lo menos un millon) de vida humana, la poblacion del mundo es, en modo notable, mucho mas abundante de cuanto jamas haya sido. Pues bien, considerando todas las miserias y las luchas del genero humano, la humanidad, tan consciente como esta de si misma, ?habria continuado si no valiese la pena vivir?
– Creo que no – repuso Dinny, pensativa -. Pienso que en Londres uno pierde el sentido de las proporciones.
En ese momento entro la doncella.
– El senor Cameron desearia verle, sir.
– Hagale pasar, Lucy. Te ayudara a volverlo a encontrar, Dinny. Es una prueba ambulante del inextinguible amor a la vida. Ha tenido todas las enfermedades que existen debajo del sol, incluyendo una enfermedad ovejuna, y por si esto fuera poco, ha estado en tres guerras, ha sufrido los efectos de dos terremotos y ha hecho toda clase de trabajos en todas las partes del mundo. Ahora esta sin empleo y sufre una enfermedad del corazon.
El senor Cameron entro. Era un hombre bajo y demacrado, sobre los cincuenta, de ojos celticos, grises y brillantes, cabellos oscuros algo canosos y nariz ligeramente ganchuda.
– Hola, Cameron – dijo Hilary, levantandose -. ?Ha peleado de nuevo?
Una de sus manos estaba vendada, como si tuviera una luxacion en el pulgar.
– Bueno, senor Vicario, el modo como muchos individuos tratan a los caballos es espantoso. Ayer tuve una pelea. Un fulano fustigaba a un caballo lleno de buena voluntad, pero sobrecargado, y yo jamas he podido tolerar una cosa semejante. -?Espero que le diera su merecido!
El senor Cameron guino los ojos.
– Bueno, le hice sangrar un poco la nariz y yo sufri una. luxacion en el pulgar. Pero he venido a decirle, sir, que he encontrado una colocacion en el Ayuntamiento. No es mucho, pero basta para ir tirando.
– ?Estupendo! Oiga, Cameron, lo siento mucho, pero mi esposa y yo hemos de ir a una junta. Quedese aqui, tome una taza de cafe y charle un rato con mi sobrina. Hablele del Brasil.
El senor Cameron miro a Dinny. Tenia una sonrisa encantadora.
La hora siguiente paso muy rapida y entretenida. El senor Cameron tenia una conversacion fluida. Le conto, practicamente, toda la historia de su vida, desde su infancia en Australia y su alistamiento a los dieciseis anos para ir a la guerra de los boers, hasta sus experiencias despues de la gran guerra. Habia hospedado en su cuerpo toda especie de insectos y microbios; habia tratado con caballos, chinos, cafres y brasilenos; se habia F roto la clavicula y una pierna, conocia los gases asfixiantes y la conmocion nerviosa producida por los bombardeos; pero – como explico esmeradamente – ya no le quedaba mal alguno, salvo «aquella miaja de molestias en el corazon». Su rostro tenia una especie de luz interior y sus palabras demostraban que no tenia conciencia de ser un tipo fuera de lo ordinario. En esos momentos, era el mejor antidoto que Dinny hubiese podido tomar y lo retuvo todo lo posible.
Cuando se hubo marchado, salio ella tambien, sumandose E al trafico callejero con ojos nuevos. Eran las tres y media. Aun tenia dos horas y media que matar. Anduvo hacia el Regent's Park. Pocas eran las hojas que habian quedado en los arboles y el aire olia fuertemente a hojarasca quemada. Paso a traves del humo tenue y azulado
