CAPITULO XVII

Voila que j'ai touche Vautomne des idees.

Vivo ahora en aposentos mas modestos. Ya no necesito la gran cantidad de habitaciones de que disponia en la casa de la que ni fui desalojado, ni deje voluntariamente. Han pasado ya varios anos desde que abandone la casa a la amiga de mi juventud -confio haberle hecho tanto bien como ella me ha hecho a mi- para trasladarme a donde vivo desde entonces, llevando la vida que describi al principio de este relato.

Ocasionalmente, recibo la visita de algun amigo. No salgo casi nunca de casa. Sin embargo, no soy ajeno a la vida que me rodea, ni me siento incapaz de aconsejar correctamente a los demas. La siguiente anecdota ilustrara el cambio que se ha producido en mi, mostrando tambien que mi reclusion no es tan completa como el lector podria suponer, y que no he dejado de estar en contacto con los principales acontecimientos de nuestro tiempo.

El jueves pasado sali, como acostumbro, a comprar la cena. Compre un salmon; al regresar a casa abri el diario en que venia envuelto el pescado, y vi en el una fotografia de Jean-Jacques. Mi amigo habia sido elegido para la Academie, nada menos; ?era uno de los inmortales! El articulo que acompanaba a su fotografia hablaba de las controversias que se habian producido en su dificil eleccion para la Academie. Algunos miembros se habian opuesto por su dudoso pasado politico y hasta se insistio acerca de los cargos de colaboracion que le habian sido superficialmente atribuidos despues de la guerra -momentos antes de que el, prudentemente, trasladara su residencia al sur. Pero estas voces fueron acalladas por otras que alababan la austeridad de su vida, la versatilidad de sus multiples facetas y el coraje incomprometido de su arte. ?De tales elementos se compone la inmortalidad literaria en nuestros tiempos!

Pase largo rato mirando su fotografia en el diario. Aparecia con el pelo encanecido, bien vestido y con los ojos saltones. Confieso que apenas pude reconocerlo. Esto no quiere decir que no seamos todavia amigos. Lo habia visto un ano antes, en una fiesta ofrecida por sus editores, a la que me rogo asistiera. Pero se que cuando lo veo personalmente, lo hago con los ojos del pasado. Solo en una fotografia puedo verlo tal como es actualmente. Y mientras observaba su fotografia, me preguntaba a mi mismo, ?donde esta? El gran fanfarron, el encantador embustero, el amigo inconstante, el figuron sin principios que me divertia y me hacia tambalear en los dias de mi juventud, el frivolo Virgilio que me observaba mientras yo descendia al infierno de mis suenos. El se ha marchado; envejecido, transformado por la gran mirada del ojo publico, helado. Ahora es muy famoso. Todo el mundo rie de sus burlas, no puede ofender a nadie. Sus actos se han transformado en posturas, no por su propia voluntad, hasta en la intimidad de su vida privada.

Sospecho que cuando nos volvamos a ver tampoco el me reconocera, porque yo no he cambiado menos. Pero yo y solo yo he producido este cambio en mi, un cambio mucho mas profundo que cualquier otro posible, conseguido a traves de la mera consecucion de la ambicion propia. Los grandes milagros del cambio se alcanzan restringiendo las propias ambiciones, tal como aprendi en la casa de Frau Anders. Hay un metodo mejor para convertir el infierno en paraiso que subir pesadamente la cuesta. Tambien puede descenderse, descenderse hasta la boca del diablo, pasando junto a los lacerados cuerpos de los traidores, a traves de la garganta, y penetrando en los mismos intestinos del demonio. El ano del diablo es la puerta trasera hacia el paraiso, si se me permite esta indelicadeza. En casa de Frau Anders yo me encontraba en el ano del diablo, un estrecho rincon, a pesar de la aparente extension de mi residencia. Pero uno se habitua facilmente a una dieta de excrementos, a no quejarse y a estar quieto. Los resultados fueron considerables, como ya he senalado varias veces en este libro. Abandone aquella casa -aun cuando mi salida me parezca sucesivamente un rescate y una cruel expulsion- siendo un hombre nuevo, limpio y purgado de mis suenos.

Ahora estoy en una posicion que me permite otra vez ayudar a los demas, aunque de una forma completamente diferente a la anterior, pues ya no estoy interesado en la parte interior del hombre, sino, unicamente, en el hombre externo. Dedico dos dias a la semana, como voluntario sin sueldo, a un hospital de pobres, haciendo el trabajo de ordenanza y de enfermero. No me duele no haber adoptado nunca una profesion, sin embargo me reprocho haber seguido un comportamiento tan egoista durante mi juventud. Mi trabajo en el hospital me permite sentir que estoy haciendo algo como compensacion a mi vieja ociosidad. Por supuesto, si lo comparamos con el tipo de trabajo desarrollado normalmente por enfermeras profesionales, el cometido de un enfermero es menos sentimental, mas burocratico y, en algunas ocasiones, equiparable al de un conserje o portero. Es un buen trabajo, que requiere una equilibrada mezcla de imaginacion, cuando se conversa con los enfermos, y una rutina completamente monotona, cuando se debe atender sus cuerpos. Afortunadamente, ha habido pocas quejas de mi conducta, pues los pacientes, por ser pobres, disfrutan realmente su enfermedad, estirados en calidas camas, cuidados, limpios y alimentados.

Una vez hasta tuve el placer de encontrarme, fuera del hospital, a uno de los enfermos, que yo habia atendido durante un ataque pulmonar, mientras se divertia alegremente, por sus propios medios, en una de las piscinas publicas de la ciudad. Tenia aspecto poco comun; era un tullido. Imaginen un banista cuyas piernas son mas delgadas que sus brazos, y cuyo cuello, del que cuelga una delicada cadena de plata con una cruz, es mas grueso que su cabeza. Inserta en esta enorme cabeza, habia una cara de luchador, el pelo muy corto y tupido, frente angosta y carnosa, nariz aplastada, labios gruesos y amplias mandibulas. Del cuello salian grandes alas en forma de hombros; dos conchas convexas marcaban sus pechos y gruesos arboles ocupaban el lugar de los brazos. Su piel era fina, discretamente velluda y muy tostada. Llevaba un breve y ajustado banador sobre sus pequenas caderas, que revelaba el diminuto bulto entre sus muslos, que tendria que ser mucho mayor. Sus piernas parecian finas cuerdas donde apenas se advertian rodillas y tobillos. Podia doblar su pierna izquierda, pero la derecha permanecia completamente inmovil, doblada suavemente hacia adentro, a la altura de la rodilla, y hacia afuera en la proximidad del pie. Sus pies no eran mayores que sus manos, que no eran tampoco excesivamente grandes, y carecia de movimiento en ambos tobillos.

Yo estaba sentado en una silla, junto a la piscina, cuando entro, impulsandose con ayuda de un par de bastones de madera sin pintar, rematados por un trozo de goma negra. Me reconocio, nos saludamos y el se inclino hacia delante para sentarse en una esquina de la piscina. Su expresion era apacible, agradable, y sonreia -pero no era la penosa y desagradable sonrisa del cojo que ha ganado su popularidad por ser mucho mas amable que el resto de la gente-. Habia venido acompanado de otros cuatro hombres jovenes, de buena figura, tambien con sus banadores, que comenzaron a hacer ejercicio, luchando entre si, sumergiendose en el agua, tomandose fotografias y escuchando la radio, que sintonizaron en un programa de la emisora de la Armada Americana.

Entro en el agua con un movimiento rapido y preciso desde su posicion anterior, balanceandose firmemente un momento, propulsandose despues con las manos, para sumergirse en la piscina, con los brazos y la cabeza hacia abajo, las piernas elevadas en el aire. Una vez en el agua, nado veloz y mecanicamente de un lado a otro de la piscina, doce veces consecutivas. Despues, sin descansar, volvio al borde, y salio de la piscina mediante sus poderosos brazos, tomando sus muletas para volver al lugar en que sus companeros estaban echados. Despues de haber nadado se recosto, con los brazos alrededor de su doblada pierna izquierda, mirando sus pies y siguiendo con los dedos el compas de la musica que sonaba en la radio. Observe que el dedo menique de sus dos pies era mayor y mas grueso que el del medio.

Me fascinaba contemplar a mi ex-enfermo, que me causaba admiracion por su buena voluntad y coraje fisico. Fue entonces cuando me di cuenta de un importante principio vital, que puede denominarse principio de distribucion de las desventajas. Lo explico de la siguiente manera: Si eres cojo, precisas dos amigos indispensables. Necesitas alguien que te haga compania y sea mas cojo que tu (para compadecerlo y apenarte) y otro que sea menos cojo que tu (para emularlo y envidiarlo). El cojo realmente desafortunado es el que no tiene un amigo de cada tipo, acompanandolo, protegiendolo en todas partes frente al misterio de la salud.

Hay reflexiones que no creo hubiera sido capaz de hacer cuando era mas joven, mas egoista y mas impaciente con los demas. Pero todo esto ha cambiado, ahora. Ya no es posible sustituir la vocacion de servicio. Descubri con alivio que la bondad descarta mi obcecacion por lo «interesante». Desde que no sueno, es muy poco lo que encuentro interesante de mi mismo. Solo me interesan los demas, y esto me permite el placer de ayudarlos.

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