– Bien. Ahora podemos continuar.
– ?Que es lo que quiere? -pregunte.
El debio de contener el aliento, porque momentos despues solto bruscamente el aire. Otra vez parecia estar poniendo en orden sus pensamientos. Me volvi hacia Nolan, que tenia la vista fija en la grabadora y recorde que el no podia oir al asesino.
– Le necesito a usted -asevero-. Necesito al periodico.
– No le sigo -dije.
– La gente tiene que entender.
– ?Entender que?
– Por que hubo un numero uno. Por que habra un numero dos. Por que habra un numero tres. Cuatro. Cinco. Seis. Podra contarlos usted mismo.
Tome un trozo de papel y escribi: «Habla de mas asesinatos.» Le pase la hoja a Nolan, que la miro por un instante. Luego tomo el lapiz, escribio «?Por que?» y lo subrayo tres veces.
– Digame por que -pedi.
Hizo otra pausa para meditar y, un momento despues, comenzo a hablar en tono bajo y sereno.
– Cuando era nino, viviamos en Ohio, en una zona rural de tonalidades verdes y marrones. Aun recuerdo los campos en primavera, hectareas y hectareas de tierra parda llena de surcos abiertos por los arados de los que tiraban los tractores. A veces, camino de regreso de la escuela, me detenia a observar a los granjeros montados en las maquinas, conduciendolas en interminables lineas rectas por los campos, volviendo de vez en cuando la mirada atras, como si quisieran leer el futuro en las huellas que dejaban.
»Era una epoca repleta de sensaciones, la de la siembra. Los arboles se cubrian de hojas, y el gris y el negro del invierno se desvanecian bajo el verdor. Los dias eran templados, y yo contemplaba a los agricultores, esperando a que terminaran. Recuerdo el estruendo distante de las maquinas que cruzaban los campos de un lado a otro durante todo el dia.
»Viviamos en una casa pequena, contigua a una enorme granja. El autobus escolar me dejaba a mas de un kilometro, y tenia que hacer el resto del camino a pie.
»En casa solo eramos tres: mi madre, mi padre y yo. El era maestro y trabajaba en la escuela a la que yo asistia, pero ensenaba a ninos mayores que yo. Solo habia dos dormitorios en la casa y recuerdo que, por las noches, oia correr el agua del bano e intentaba imaginar si seria mi madre o mi padre quien se habia levantado a orinar. El me pegaba casi siempre, a veces con razon, a veces sin ella. Era un hombre pequeno, fuerte, musculoso. No tenia aspecto de maestro, sino mas bien de peon de granja. Por las noches se sentaba a leer junto a la lampara de la sala. Casi siempre leia grandes obras: Tolstoi, Dostoievski, Dickens, Melville. De cuando en cuando, se detenia y leia algun pasaje en voz alta.
»Entonces me miraba fijamente y me hacia repetir las palabras que habia oido, para poner a prueba mi memoria. Cuando me castigaba, lo hacia en la cocina. Tenia una vara, una vieja palmeta que guardaba de la epoca en que estaba permitido su uso en el distrito escolar. Mi madre se mantenia a un lado, a menudo removiendo la cena lentamente, observando, sin abrir la boca. El me obligaba a confesar mi falta: regresar tarde, irme por ahi con amigos con los que el me prohibia juntarme, alguna travesura, lo que fuese; lo que hacen los ninos pequenos.
»Siempre me avisaba cuantas veces me golpearia. Llegue a conocer bien mi tolerancia, de modo que podia calibrar si valia o no la pena exponerme a un castigo por una travesura determinada. Siempre me propinaba los golpes con la misma fuerza; ninguno dolia mas que el otro. A medida que me los daba, me hacia contarlos en voz alta. Era un hombre muy estricto. Aun hoy, emplea siempre un tono de desaprobacion al hablar. Mientras me pegaba, yo miraba por la ventana de la cocina. Recuerdo que alcanzaba a ver un arbol y, entre sus ramas, el cielo. El dolor me resultaba mas llevadero en esas ocasiones en que dejaba que mi imaginacion se evadiese hacia el cielo azul, gris, negro o del color que fuese.
»Los castigos se endurecieron el verano en que cumpli trece anos. Aumento el numero de palmetazos contra mi espalda, y el tono de mi padre se volvio mas severo. Ese verano creci mucho, demasiado para el. De pronto, era mas alto y mas corpulento, y mi voz se volvio profunda como la de el. Una vez levanto la vara y nuestras miradas se encontraron. Le dije 'Basta'; el dejo la palmeta y asintio. Creo que esa fue la primera vez que me tuvo miedo. Entonces mire a mi madre. Ella sonrio y dijo 'Bien' con su voz debil.
»Esa noche, en la cama, esperaba oir correr el agua del bano, pero eso no sucedio. Me sumi en un sueno inquieto hasta momentos antes del amanecer, cuando desperte sobresaltado por una pesadilla. No la he olvidado: en ella mi padre me castigaba con la vara y, con cada golpe, crecia y se hacia mas fuerte y mas duro. En el sueno, me invadia un terror implacable que me impedia respirar; sentia que los varazos me dejaban sin aire en los pulmones y que me ahogaba mientras mi madre observaba con expresion benigna.
»Esa tarde me entretuve al volver de la escuela en casa de un amigo y llegue tarde para la cena. Mi padre me grito y me insulto y protesto, pero no volvio a empunar la vara. Recuerdo que tuve una sensacion de perdida, como si contara con recibir mi castigo y, curiosamente, lamente el haberme librado de los golpes. En los dias siguientes intente algunas cosas mas, maniobras simples que normalmente habrian provocado la reaccion de el.
»Ninguna tuvo exito. Era como si en esos momentos hubiese dejado atras mi ninez. Despues de eso, jamas volvi a dormir bien. Las noches convertian la oscuridad en pesadilla. Me despertaba sudando, con las sabanas humedas y frias arrebujadas en torno a mi. A veces permanecia despierto, aguzando el oido, con los ojos muy abiertos. Cada sonido se me antojaba un alarido estridente, por debil que fuese. Esa inquietud no me abandono cuando nos mudamos a la ciudad. A veces, por las noches, tenia la impresion de que oia crecer mi cuerpo e intentaba encerrarme en mi mismo, ahuyentar todas las pesadillas.
»Mas tarde, en Vietnam, me dejaban solo en el puesto de escucha del perimetro en las horas mas oscuras de la noche, porque el teniente sabia que, de todos modos, yo apenas podia dormir y que mis oidos eran sensibles al menor ruido. De modo que, en cierta manera, eso contribuia a que los demas descansaran mejor porque sabian que yo los alertaria a tiempo de la proximidad de zapadores enemigos o de cualquier otro peligro.
»Yo me tendia con las piernas extendidas, con la espalda recostada en la pared de tierra de la trinchera y la cabeza echada hacia atras, escuchando. La mayor parte del tiempo miraba hacia el cielo. Recuerdo que me parecia extrano que tuviese el mismo aspecto en ese pais que en Ohio, que estaba a tantos anos y miles de kilometros de distancia. De vez en cuando, me revolvia en la trinchera tal como lo habria hecho en mi cama, en casa, y escrutaba la oscuridad del perimetro. Para algunos, la jungla cobraba vida por la noche y se rebullia, amenazadora. Pero para mi era acogedora. Yo no tenia miedo, a diferencia de los demas. Por alguna razon, a mi me agradaba estar alli y, mientras esperaba, acariciaba la boca de mi fusil.
»Esa fue una epoca tranquila para mi. Supongo que en eso residia la paradoja esencial: en el hecho de que lo que aterrorizaba a los demas me produjese a mi una sensacion de placidez. Eso es lo que siento ahora. Recuerdo que, mas tarde, cuando sobrevino el verdadero horror, pense que me encontraba en medio de una representacion teatral, de un ejercicio dramatico, que el horror que veian mis ojos no era real. Pero ya hablare de eso mas tarde. Fue entonces cuando decidi que habia que hacer algo. ?Quiere saber por que? Todo esto no es mas que teatro. Es una obra. Quiero brindarle a toda la gente de esta ciudad bien iluminada la oportunidad de saber lo que es el vacio de la noche. De conocer la pesadilla.
Entonces se interrumpio.
Yo oia su respiracion regular. Mientras hablaba, su tono apenas habia cambiado. Por un momento intente pensar en algo que decir, en una pregunta. Luego me di por vencido y me quede escuchando el sonido de la grabadora y contemplando las bobinas que giraban lentamente.
– ?Por que ha llamado? -pregunte.
– Usted -dijo con su voz clara, serena, cruel- es mi medio de expresion. Sus articulos, publicados en el periodico de la comunidad, transmiten mi mensaje. Bienvenido -hizo una pausa- a los parametros de la pesadilla.
5
De nuevo se impuso el silencio al otro lado de la linea, salvo por su respiracion. Antes de que yo pudiera abrir
