El asesino de la adolescente Amy Hooks ha llamado al
Una vez escritas las primeras lineas, el resto del texto fluyo con facilidad. Me base principalmente en las palabras del asesino y expuse parte de su propio razonamiento. Solo me referi indirectamente a la larga historia que conto de su pasado. Senti remordimientos al reproducir las frases que describian los ultimos momentos de la muchacha. Me vino a la mente la imagen fugaz de la madre y el padre en medio de la sala de su casa, rodeados de fotografias de su hija muerta. Me pregunte como reaccionarian al leer la cronica. Cerre los ojos por un momento, pensando en ese nuevo dolor que les causaria; luego, con la misma rapidez, deje a un lado este pensamiento y me centre de nuevo en las declaraciones y comentarios del asesino.
Nolan leyo con atencion el articulo en la pantalla que tenia delante.
– Joder -exclamo.
– ?Que?
– Fijate en esto, en su manera de hablar. Sus descripciones, las frases que construye, las ideas que expresa. No hay oraciones incompletas ni vacilaciones. ?Conoces a alguien mas que hable asi?
– Bueno, es inteligente -admiti-. ?Y que?
– No lo se -dijo Nolan, clavando en mi la vista-. Pero ten cuidado, Malcolm, ?eh?
– Claro -respondi, pensando: «?Cuidado con que?»
Nolan se volvio hacia la pantalla.
– Me pregunto como terminara todo esto -murmuro.
6
A la manana siguiente se publico la noticia con grandes titulares:
EL ASESINO ANUNCIA UNA «PESADILLA»;
PROMETE MAS ASESINATOS.
Mi telefono sono a las 5.30 de la manana, la hora en que la edicion principal del periodico, con la cronica impresa justo debajo de la cabecera, pasaba de la imprenta a los camiones de reparto. La primera llamada fue de un periodista de la oficina de Associated Press en Miami. Christine intento explicarle que yo aun dormia, pero me incorpore y respondi sus preguntas medio atontado. Esa noche habia sonado varias veces que perseguia a mi tio por toda la ciudad. En ese sueno, las formas y las sombras aparecian deformes y extranas, como vistas en un espejo curvo. Dalinianas.
Mientras yo hablaba, Christine se sento a beber cafe y a leer el periodico desplegado ante ella sobre la mesa. La luz de las primeras horas de la manana inundaba la habitacion. Cada pocos segundos, Christine me miraba y sacudia la cabeza. Yo sortee las preguntas como buenamente pude. Todos querian una copia de la cinta. Termine con el de AP, y solo un par de minutos despues volvio a sonar el telefono. Era un reportero del
– Esto es apenas el comienzo, ?sabes? -dijo.
Pose las manos sobre sus hombros y se los masajee por un momento; luego las deslice bajo su bata y las coloque sobre sus senos. Senti que los pezones se endurecian al contacto de mis dedos, pero ella me agarro los brazos y los aparto.
– Lo siento -dijo-, pero leer esto me quita las ganas. No se como tu puedes soportado. Creo que a mi me habrian entrado ganas de chillar. -Reflexiono por un instante-. ?Le pediste al tipo que se entregara?
– No. -La idea me pillo por sorpresa-. No se me ocurrio. Hablaba con demasiada serenidad; daba la impresion de haberse preparado muy bien, de estar muy inmerso en lo que hacia y decia. No hablaba como un hombre dispuesto a entregarse.
– Otros lo han hecho. Me refiero a los que se han entregado a algun periodista porque temian que la policia les hiciese dano. O a lo que ocurrio en Attica, donde querian observadores.
– No les sirvio de mucho, ?verdad?
– No -admitio-, pero tu sabes a que me refiero.
– Ojala se me hubiera ocurrido. Me pregunto como habria reaccionado el.
– ?Que crees tu?
– Creo que se habria reido.
Christine guardo silencio por un momento, pensativa. Se puso de pie y se dirigio a la ventana. De pronto, su rostro quedo enmarcado por el resplandor que le iluminaba los pomulos y hacia brillar sus ojos. Trate de pensar en algo que decir para arrancarla del estado de animo en que se estaba sumiendo. No entendia que se sintiese oprimida; esa historia se estaba convirtiendo en la mas importante de mi vida. Yo estaba entusiasmado. Creo que, en el fondo, no queria que atraparan al asesino ni que este se rindiera… Aun no, pense. Christine debia de estar pensando lo mismo, porque pregunto:
– ?Crees que lo hara? ?Cometera mas asesinatos?
– No veo por que no -respondi.
Ella se volvio.
– ?Quieres que lo haga?
Me encogi de hombros.
– Si lo hace, la historia sera mas sensacional, ?verdad? -anadio.
– Si -reconoci. No podia negarlo.
– Tal vez ganarias un premio.
– Es probable.
– Quizas incluso conseguirias el sueno dorado de todo periodista, ?eh? El Pulitzer. ?Has pensado en eso?
– Oh, vamos -la reconvine-, no te entusiasmes tanto.
Pero lo cierto es que lo habia pensado. Christine se rio, pero su risa era amarga. Creo que sabia que estaba mintiendo.
– ?Eso no te molesta?
Volvi a encogerme de hombros, pero ella continuo acosandome a preguntas.
– ?No se te ha pasado por la cabeza que tal vez ese tipo necesita la atencion que le dedican la prensa y la television? ?Que sin ella se sentiria vulgar y olvidado? ?Que el interes que despierta lo incitara a cometer actos mas graves y mas impactantes?
– Si -respondi-, esas ideas me han pasado por la mente. Pero ?que se supone que debo hacer? ?Ignorarlo? Ademas, ?quien sabe?, el podria continuar con los crimenes a pesar de lo que escriba yo o cualquiera.
– ?No te importa? -insistio.
– Aun no.
Me detuve en el aparcamiento del
– Asi que tambien los famosos tienen que venir a trabajar -comento con una carcajada.
– ?De que hablas?
– Ya lo veras.
En la entrada principal habia al menos media docena de camaras de television.
