– Hasta luego -dijo-. Recuerda: no dejes de sonreir. -Y se perdio entre la multitud que me rodeaba.
Intente llegar a las puertas; note que el calor aumentaba bruscamente debido a los focos. Me detuve cuando vi ante mi el primero de varios microfonos. Las preguntas llegaron en oleadas rapidas, incesantes, incoherentes. Apenas alcanzaba a responder una cuando ya me lanzaban otra.
– ?Como hablaba?
– ?Especifico cuando comenzarian los asesinatos?
– ?Por que cree que le llamo a usted?
– ?Cree que esta loco?
– ?Cree que volvera a llamar?
– ?Por que esta haciendo esto?
Finalmente, levante la mano.
– Lo siento -dije-, pero todo lo que se esta en la cronica publicada en el
Entonces me excuse y entre en el edificio. Habia algunas periodistas mas, esperando junto a las puertas. Entre risitas, me hicieron la misma broma que Porter. Sonrei.
– Es solo mi manera de conseguir un aumento de sueldo.
En el fondo, me complacia ser el centro de atencion. Me di cuenta de que me habia gustado verme rodeado de camaras, acribillado a preguntas. Mientras me dirigia a mi escritorio, pase junto al jefe de redaccion.
– Magnifica historia -asevero-. Continue con ella.
– Y me dio una palmadita en la espalda.
Nolan me sonrio desde el otro extremo de la oficina.
– Buen trabajo -dijo en voz alta-. Ahora tal vez quieras un contrato en la television.
El resto de la redaccion rio con el.
Me sente a mi escritorio mientras echaba un vistazo a la primera edicion del
Anderson, de 27 anos, periodista del
Lei el texto una y otra vez.
Sono el telefono.
Por un momento, el tiempo parecio detenerse.
Deje el periodico, sintiendo que se me aceleraba el pulso. Pulse la tecla de grabacion y levante el auricular.
– Anderson,
Con la misma rapidez con que me habia asaltado, la emocion se disipo. Note que mi organismo recuperaba su ritmo normal. Era la operadora de la centralita.
– Senor Anderson -dijo, mientras yo apagaba la grabadora-, ?que debo hacer con todas las llamadas?
– ?Que llamadas?
– Tengo mensajes para usted de periodistas de una docena de periodicos -me informo-. Ademas, la gente no para de llamar a la centralita para preguntar por usted. Creo que quieren hablar del articulo de hoy. -La operadora tenia una voz lastimera y metalica.
Durante la hora siguiente, respondi a preguntas y atendi a lectores furiosos. Hacia el mediodia empezo a amainar el chaparron de llamadas. Cada vez que sonaba el telefono ponia en marcha la grabadora y cada vez tenia que borrar la cinta. Sin embargo, tome notas. Planeaba escribir un breve articulo sobre los que llamaban y su ira.
Nolan queria una cronica sobre el efecto de la noticia en la opinion publica. Envio a unos periodistas a realizar encuestas en la calle. Encargo a otros que telefoneasen a ciudadanos prominentes de Miami para conocer sus impresiones sobre el asunto. Yo debia coordinarlo todo; segun dijo Nolan, era una decision de, arriba. Los articulos llevarian mi nombre, con el proposito de que el asesino pensara que yo seguia cubriendo el caso. Nolan temia que el asesino llamara al otro periodico, a la radio o, peor aun, a las cadenas de television.
– No hay que soltar a este tipo por nada del mundo -dijo Nolan.
El dia transcurrio con increible velocidad.
Concerte una entrevista con el psiquiatra para esa tarde. Por un momento, me inquieto la idea de ausentarme de la oficina. No queria que el asesino llamase y, al no encontrarme, decidiera romper el contacto conmigo. Despues de reflexionar un poco, conclui que nada podia hacer para evitarlo.
Intente llamar a Martinez y a Wilson, pero estaban trabajando fuera.
Mire el telefono sobre mi escritorio. Era un aparato negro, comun, simple. Yo habia repasado algunos de los numeros con un boligrafo. Tenia una grieta a un costado, consecuencia de una airada conversacion con un politico a la que yo habia puesto fin colgando el auricular con tal furia que el aparato habia caido al suelo. Me daba la sensacion de ser una criatura viviente, que respiraba y aguardaba sobre el escritorio con tanta paciencia como yo. Fije en el la vista por unos instantes antes de partir, como para ordenarle que no sonara mientras yo no estuviera alli.
Cuando entre en el despacho del psiquiatra, este estaba comiendose un sandwich.
– No le importa, ?verdad? -pregunto, senalandolo-. Es mi hora del almuerzo.
Negue con la cabeza y mire alrededor. La oficina se encontraba en un centro sanitario del centro, una zona de rascacielos acristalados que reflejaban el sol. Adverti que desde su escritorio se alcanzaba a ver Miami Beach al otro lado de la bahia y, mas alla, el oceano.
Era un despacho pequeno, con una pared cubierta de diplomas y un retrato a plumilla de Freud colocado en un rincon. En otra pared habia unos estantes con varias hileras de libros. Un grabado de Picasso,
Tome asiento frente al escritorio del doctor, que me observo mientras paseaba la mirada en torno a mi.
– ?Lo pone nervioso? -pregunto.
Rei y no respondi.
– La gente tiene ideas extranisimas acerca de como debe ser la decoracion de la consulta de un psiquiatra - aseguro-. Bueno, saben que debe tener un divan en alguna parte, pero en cuanto al resto… -Dejo la frase inconclusa-. Tenia el presentimiento que vendria usted. Supongo que desea averiguar algo acerca del individuo que lo llamo, ?verdad?
– Correcto -conteste.
– Dificil -dijo-. Muy dificil.
Continuo comiendo. Era un hombre bajo y llevaba gafas de montura metalica y un traje azul marino con el que imagine que debia de pasar mucho calor al aire libre.
Tenia el cabello gris, aun abundante, apartado de la frente de modo que daba a su rostro un aspecto infantil, abierto y discreto. Nos habiamos visto antes, habitualmente en los tribunales, donde el emitia su dictamen como perito para varios de los jueces.
– Le serviria de algo escuchar la cinta? -pregunte.
Sonrio.
– ?Que cree usted?
Extraje la cinta y una grabadora. El doctor se saco una pluma del bolsillo y coloco frente a si una hoja en blanco. Asintio y puse en marcha el aparato.
«He aprendido que la certeza es algo que poca gente tiene en el mundo», decia la voz del asesino.
En el despacho sonaba debil pero resuelta; en cambio, la mia sonaba vacilante.
Durante los minutos siguientes, lo unico que oi fue la voz del asesino mezclada con el sonido de la pluma del doctor al desplazarse sobre el papel. No dejaba de tomar notas; solo de cuando en cuando levantaba la vista y la posaba en mi. Una sola vez enarco las cejas, sorprendido ante una declaracion del asesino.
